Sábado, mayo 25, 2024

Toros auténticos, afición apasionada

Al final, el tema no eran los taurófobos ni los mascoteros mitoteros ni los jueces vendidos ni los medios omisos ni la señora autoridad. Era el toro. El toro como presencia y no como entelequia. El toro como expresión de peligro inminente y no como partiquino bofo, soso y mocho. El toro entero, en su esencia y potencia de toda la vida, y no el post toro de lidia mexicano. El toro de casta brava que exige ser toreado de verdad y no sostenido con pinzas desde que aparece en la arena hasta que sus despojos son arrastrados.  

El toro y nada más que el toro. 

Historia de una involución. Lo llamaban el enemigo porque era temible, pasó luego a colaborador, ya medio domesticado, y sobre ese camino descendente llegó un día a cuatacho, amigo del alma y, al cabo, a cansino fantasma de sí mismo, muerto en pie sin más que los arpones de unas cuantas banderillas –rara vez seis– para hacerle un poco de sangre… Y todavía querían los autores del estropicio que siguiéramos sacando boleto para ir a los “toros”, ilusionados ante el anuncio de tal o cual cartel de figuras donde con frecuencia se omitía la procedencia del ganado. Valiente pretensión. 

El toro como añoranza, la fiesta vuelta pachanga, su extinción como horizonte… 

¡Vaya sorpresa! Y de repente, de nuevo el toro. Así nada más, en pleno 2024 y en el ruedo de la Plaza México. Qué lástima que no hayan estado ahí muchos de los que habían contribuido a repletar sus tendidos en tardes anteriores. Con entrada mediana, ni buena ni mala, se corrió el encierro de Pozo Hondo del 18 de febrero pasado, una fecha digna de recuerdo. Porque al cabo de un sinfín de avatares, ese día tuvimos de regreso al toro, hollando con pezuña poderosa la arena del coso mayor del mundo. Ya era hora. 

Enhorabuena a la terna de espadas, que sobre dejarse anunciar con semejante ganado no se amilanó en momento alguno. Y otro tanto, pero con mayúsculas, a los señores Alatorre, de alcurnia zacatecana, vergüenza ganadera y cuánto hay que tener para demostrar que sigue habiendo sangre brava y trapío arrogante en un país que parecía haberse olvidado de tales atributos, sin los cuales la fiesta brava carece de sentido y nos ganan la partida los antis, mismos que retrocedieron asustados –aunque no por eso menos violentos y bien subvencionados– ante los tres entradones previos. 

6 Toros 6. Asomaban por la puerta de toriles los ejemplares de Pozo Hondo, cuajados, serios, desafiantes, y surgían aquí y allá murmullos de admiración. Los ponía en suerte ante el caballo el espada en turno y ya estaban empujando, creciéndose al castigo, dejándose hacer sangre sin aflojar. Y la misma emoción, instantáneamente transmitida al corazón de cada aficionada y hasta el último espectador, alcanzaba de lleno al montado, que sentía hervir su vena torera y en vez de simular la suerte de varas la consumaba en toda su verdad –¡Qué puyazos más buenos se vieron! ¡Qué manera, señores picadores, de herir en la cruz, reciamente apoyados en el palo y toreando a caballo de poder a poder! Después, a la incitación de los banderilleros, los de Pozo Hondo acudían prestos con lindo galope, lo que si a ciertos rehileteros los sorprendió y les robó el aliento, a los buenos les permitió lucirse con los palos, aprovechando aquellas embestidas francas y entregadas.  

Último tercio. ¿Qué cómo llegaron a la muleta los hermosos bureles zacatecanos?  Con suficientes bríos la mayoría, y sin regalar embestidas insustanciales ni desmentir su casta. El primero, “Tinterillo” (535 kilos) fue el más noble y sencillo de los seis, y Emilio de Justo, español y debutante, le tomó pronto al distancia para explayar un estilo muletero sabroso y terso, a tono con la extrema docilidad del bovino. Algo menos voluntarioso y repetidor, “Bandoneón”, el segundo (512), exhibió clase en la embestida aunque, con alerta de bravo, esperó a que el espada en turno descubriera su buen fondo. José Mauricio, seguro, templado, elegante, lo fue haciendo poquito a poco y acabó por cortarle la oreja.  

El tercero, “Habano” (511), engatillado, con tendencia a vencerse por el derecho, ofreció las dificultades del toro de casta cuando mide y espera, pero supo seguir la muleta y someterse al mando de Diego San Román en cuanto el queretano aguantó con palpable decisión sus secas acometidas; aunque en una de tantas percibió una rendija de luz, se coló y le pegó la voltereta. Como Diego no se achantó, suya fue la segunda oreja de la tarde. 

El cuarto, “Compae” (529) y el quinto, “Palmero” (525) fueron los mejor presentados –edad, trapío, pitones, ímpetu–, y su presencia despertó ya no murmullos aprobatorios sino ovaciones en toda forma en cuanto asomaron. Y como señores toros se comportaron, por más que sus condiciones fueran divergentes, más pegado al piso el primero de ellos, al que Mauricio tuvo que cercar muy en corto durante la segunda parte del muleteo, lo más interesante del mismo; y codicioso, volviéndose con sobrado celo y tendencia a calamochear el corrido en el lugar de honor –tal vez le faltó un puyazo–, que no por ello arredró a un Emilio de Justo resuelto: sin posibilidad de dibujar ese toreo de salón por el que suspiran los cursis, supo llegar al tendido y ganar reconocimiento, pero su espadazo, a volapié neto, tardó tanto en surtir efecto que terminó trocándole ovaciones por avisos. 

Hasta aquí, sin ningún astado excepcional ni mucho menos, habíamos disfrutado de una auténtica corrida de toros, de ésas que eran frecuentes en otro tiempo. 

El toro de la temporada. Por último apareció “Cenizo” (537), precioso berrendo en cárdeno, caribello y cornidelantero. Un dije.  Pudo ser toro de vuelta al ruedo si hubiera tenido delante quien lo comprendiera, le concediera espacio y tiempo a su noble bravura, correspondiera con temple lento y pases largos y sentidos a su mucha fijeza, clase, humillación. Ante ese ejemplar para consagrarse, Diego San Román ofreció lucidísimo primer tercio pero no llegó a entenderlo ni aprovecharlo cabalmente en el último, pagando quizás la falta de costumbre de nuestros toreros de hoy, hechos no a la emoción connatural a la bravura enrazada sino al monótono libreto que manda acosar y agobiar a una especie de mesa de billar con cuernos para forzar sus desganadas e insustanciales medias embestidas. Fue precisamente esto lo que Diego intentó, rebosante de enjundia, sobrado de valor, pero sin advertir que aquella lotería de toro pedía otra cosa, ni más ni menos que parar, templar, mandar y ligar, valores cuasi desconocidos en el reino del post toro de lidia mexicano. 

”Cenizo” de Pozo Hondo ha sido, ni más ni menos, el toro de la temporada de reapertura. Y Gilberto Ruiz Torres, al ordenar su arrastre lento y resistirse cuanto pudo a mostrar el pañuelo blanco que le otorgaba la oreja y la salida en hombros a San Román, demostró ser, además de juez de plaza en funciones, un excelente aficionado.    

Y esa afición. La gente que acudió en masa hasta repletar los tendidos de la México en las corridas de reapertura y aniversario puede no estar a la altura de los prestigios que la vieja afición capitalina supo conquistar, pero debemos agradecerle que haya acudido en esa cantidad y con esa pasión al rescate de su plaza y de una fiesta que ha vivido incrustada en el alma y las emociones del México plural durante siglos, desde tiempos de la Colonia hasta finales del XX, pasando por la celebrada época de oro y subyugando con sus valores éticos y estéticos, y a impulsos del talento, el valor y la genialidad de sucesivos cultores en traje de luces, a generaciones enteras de mexicanos de todos los estratos sociales.    

Fue ese público –multitudinario, entusiasta, consciente de que defendía una tradición valiosa y un legado histórico–, lo que les bajó momentáneamente los humos a los enfermos de taurofobia, tributarios de nuevo orden colonial conocido como globalización. Esta renacida y masiva afición, y con ella los hermosos ejemplares de Pozo Hondo, demuestran que la decadencia de nuestra tauromaquia no es irreversible. Que con unos toros y un público así conserva fuerza suficiente para domeñar las broncas embestidas tanto de los antis como del torcido poder judicial. Pero solamente a condición de que el medio taurino cobre consciencia de su propio poder y se unifique para ejercerlo. 

No será misión sencilla, habrá que vencer escollos externos e internos destructivos y autodestructivos muy considerables. Y un historial que no abona el optimismo. Pero la posibilidad de salvar a nuestra fiesta existe y los elementos necesarios para aplicarla están ahí.  Durante el último mes los hemos visto cobrar forma y tomar fuerza. Tanto que sería un lamentable desperdicio dejar que se diluyan en la mediocridad de los actores y factores que en las últimas décadas han actuado con tanta mezquindad como desamor hacia la tauromaquia, que es expresión del sentir y de la genuina identidad de nuestro pueblo. 

Posdata. Puebla vive un nuevo episodio abolicionista. Un juez sin nombre –por pereza de los reporteros u ocultamiento oficial– atendió solícito la renovación del consabido amparo, iniciativa esta vez de un grupúsculo de Zacatlán orgulloso de confundir peras con manzanas. A la ignorancia del juececillo de marras de la tradición y significado de la tauromaquia se alió esta vez su desprecio de lo dispuesto por la Suprema Corte de Justicia de la Nación en diciembre último. Uno ya no sabe si reír, llorar o pedir un Martini seco.   

Por lo demás, en Puebla no hay empresa de toros estable desde hace una pila de años. 

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