Martes, agosto 9, 2022
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Tomás Mojarro, expresión de vivencias

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Tomás Mojarro fue también un gran narrador.

       Utilizado con intención el adverbio, y es que ahora, en oportunidad de su reciente fallecimiento, mucho se comenta acerca de su presencia en medios, marcadamente en los radiofónicos, donde dejó una impronta de excepción siempre cercana a los reclamos sociales.

      Antes de esto, Mojarro (1932-2022) publicó al menos cuatro títulos de invención literaria, insertos en la corriente realista, donde universos mayoritariamente rurales permiten al narrador la concreción de un lenguaje único.

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        Eran tiempos post-rulfianos, al menos para Mojarro, además de cercano a la extraña personalidad del autor de Pedro Páramo. Seis años en los que publicó Cañón de Juchipila, Bramadero, Malafortuna y una (ahora perdida) autobiografía, a pedido expreso de Emmanuel Carballo, apenas comenzada la década de los 60.

      Pasados los años, puede verse en Carballo al gran impulsor de la obra literaria de Mojarro; como también de Gustavo Sainz, Salvador Elizondo, Juan García Ponce, José Agustín, Carlos Monsiváis, Sergio Pitol, Vicente Leñero, Fernando del Paso y algunos otros. Carballo observó desde entonces en Mojarro un escritor “honrado consigo mismo y con el momento en el que vive y que al ir creciendo amplía su universo y se fija en propósitos cada vez más ambiciosos”.

Edita el FCE

Circula ahora en nueva reimpresión de Cañón de Juchipila (1960). Ocho cuentos en los que el autor vuelca su inventiva a la recuperación de una geografía del pasado, esa experiencia rural en el que transitó su primera infancia, marcada de penurias y situaciones casi mágicas.

      Una magia, independientemente de sus tonalidades, que vuelve una y otra vez a la región de origen. Nacido justo en una localidad de los Cañones zacatecanos, colindantes con Jalisco, Mojarro imprime en sus cuentos las instantáneas donde un sol resbala “desde las torres del templo hasta las bardas del camposanto”.

      Escenarios que huelen a “hueso quemado en las fraguas, a estiércol lo suficientemente seco para que se vuelva olor”, donde personajes de nombre rulfiano (Cobián Estrella, Aristeo Román, Ciro Valdovinos, Sidronio Mojarro, Delfino Guaracha…), tejen sus odios, y hasta sus perdones. Siempre de los siempre en una “tierra recocida de sol”

     (“¿Qué venganza, que sueños de venganza pueden resistir el olor del caldo de res y los chicharrones de puerco?”).

    En “El drama”, cuento que cierra Cañón de Juchipila, el viejo don Florencio confiesa alegrarse por tener sólo un hijo vivo, “los demás me los mató la cristeada”, alusión al conflicto bélico de los años 20 del siglo pasado que enfrentó al gobierno federal y las fuerzas del clero, más cruentamente en aquella región.

     “Un hijo que tiene porque la mamá ya no puede seguir dándole más. ¿Entiende, reverenda? Ciro es el último Valdovinos que le queda a Jalpa, y a todo el Cañón de Juchipila. ¿Me está entendiendo? Y entre quince o veinte salvajes se van a poner de acuerdo algún día para hacerme abuelo de un mártir. ¿No es así? Cómo no me voy a alegrar, y más de lo que usted imagina, reverenda”.

    Renuente a comentar su obra literaria e inmerso en la vorágine de los medios radiofónicos, Mojarro habló pocas veces de ésta.

    Acerca de Cañón de Juchipila dijo haberlo escrito a partir de una necesidad: “expresar vivencias de mi región, de lo que fue mi escenario natural en la niñez, de las consejas; era simplemente volver el estómago después de haberme dado un atracón de tierra, de mi circunstancia, del escenario maravilloso para mí donde transcurrió mi niñez”.

    “Intentaba ser un Faulkner chiquillo”, prosiguió Mojarro, “intentaba ser un Rulfo chiquillo, pero se hizo ese libro de cuentos y ahí está. Yo nunca volví a leer un cuento de los que escribí. Tenía una serie de influencias mal asimiladas y los textos se iban a veces más por la forma que por el contenido. Me impresionaba mucho la forma de los cuentos y novelas de Faulkner o de Rulfo”.

    Reimpreso Cañón de Juchipila (dedicado a Margaret Shedd, capitana del Centro Mexicano de Escritores del que el autor fue becario en 1958) puede ahora el lector descubrir la faceta literaria de Mojarro, ampliamente reconocido como conductor y editorialista radiofónico.

    Queda pendiente el relanzamiento de las novelas Malafortuna (1966) y Bramadero (1962), en la que Alejo Carpentier observó “una obra maestra de la novela latinoamericana contemporánea, no solamente por el tratamiento magistral de los materiales y el ritmo general de una acción que mucho tiene de épica”.

Tomas Mojarro, Cañón de Juchipila, FCE, México, 2021, 288 pp.

@mauflos

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