TODO PEOR

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Las primeras investigaciones ministeriales sobre el linchamiento perpetrado en Tlacotepec de Benito Juárez el pasado domingo, indican que la de por sí condenable actuación de la gente que asesinó a un supuesto secuestrador de menores, ni si quiera tenía fundamentos para su ira, pues la víctima era trabajador de una empresa de cable, del que hasta ahora no se puede asegurar que hubiera intentado cometer un delito.

 

Es necesario insistir: no se está afirmando en este espacio que si un delincuente es sorprendido y detenido por ciudadanos, éstos tengan la justificación de torturarlo y asesinarlo, en vez de ponerlo a disposición de las autoridades.


 

Lo que se asevera es que estos hechos zafios están mal por donde quiera que se les vea y, por desgracia, no es la primera vez en que una turba, seguramente azuzada por personas sin escrúpulos, descarga su ira en una persona que ni la debía ni la temía.

 

Cierto es que los linchamientos son resultado de varios factores, entre los cuales el que más pesa es la impunidad que las autoridades, por omisión o comisión, brindan a los criminales.

 

Pero también es una realidad que detrás del temor y la furia de personas que en un santiamén se convierten en homicidas tumultuarias, se esconden muchas veces individuos sádicos, de talante criminal, que aprovechan la ocasión para instigar a la turba y participar de los linchamientos cobijados por la impunidad que brinda el anonimato de la masa. Por eso, dichos sujetos deben ser detenidos y castigados con todo el peso de la ley.