Sábado, agosto 13, 2022

Tlaxcaltecas

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No hace mucho, en redes sociales y medios de comunicación se popularizó una chacota en contra del estado de Tlaxcala pues se dio a conocer que un centro comercial había puesto “las primeras” escaleras eléctricas en ese lugar, cosa que denotaba no sólo su “provincianidad” sino también su inferioridad frente a otras ciudades “más importantes”, concretamente Puebla y la Ciudad de México. El pitorreo, que fue evidencia más del clasismo y racismo de quienes se burlaban que de la inferioridad de los sujetos de sus burlas, tiene una raíz mucho más profunda: la extendida idea desde hace muchos años de que los tlaxcaltecas fueron los más grandes traidores a la patria. De inmediato surgen las preguntas ¿traidores de qué patria?, ¿de la mexicana? Claro, si se piensa que Tenochtitlan fue el antecedente de lo que hoy conocemos como México, bueno, se puede entender semejante perogrullada. Empero, ni Tenochtitlan era México, ni su caída marcó la denominada “Conquista de México”. En todo caso sólo significó el derrumbe de esa sociedad y de sus alianzas con otros grupos, nada más. Es decir, después del 13 de agosto de 1521, sólo capituló Tenochtitlan, no México, pues México no existía. Y, como bien ha demostrado Federico Navarrete en su libro “¿Quién Conquistó México?” (2019), la imponente ciudad habría sido conquistada por un ejército indoespañol (constituido en su enorme mayoría por efectivos indígenas) y no el “gran” Conquistador Hernán Cortés y un puñado de españoles “que con astucia y tecnología superior habrían realizado semejante empresa”. ¡Pamplinas! Ojo, lo entrecomillo para que quede claro que no es así. Como afirma Navarrete en el libro antes citado, la “confirmación más directa, e incontrovertible, de la importancia de los indígenas conquistadores es cuantitativa. Según las estimaciones recientes del historiador inglés Matthew Restall, el ejército que sitió, destruyó y tomó México-Tenochtitlan en 1521 estaba compuesto por 200 indígenas por cada español. Aunque las fuentes históricas del siglo XVI no nos proporcionan cifras exactas, su cálculo no parece exagerado. Incluso si adoptamos una estimación más moderada y sugerimos que fueron 100 indígenas por cada español, la conclusión es la misma: el ejército que conquistó a los mexicas era mayoritariamente mesoamericano. Las expediciones que luego partieron a conquistar las diversas regiones de nuestro país tenían una proporción similar o incluso más acentuada a favor de los nativos. Por ello, más que hablar de ejércitos o expediciones españoles, es más exacto y justo hablar de ejércitos y expediciones indoespañolas”. De hecho, después de esta fecha, como ya he comentado en otras entregas de esta columna, se sucedieron muchas otras conquistas en muchos otros territorios y en todas ellas, sobre todo en el siglo XVI, los tlaxcaltecas y sus aliados (sumados ahora los propios mexicas) fueron los protagonistas. Todavía, en las postrimerías del siglo XVII (1697), cayó el “último” gran señorío maya, precisamente el de los itzaes, en el Petén Guatemalteco y Martín de Urzúa, el conquistador, también lo hizo acompañado de mayas de otras latitudes.

Es justo que empecemos a cambiar la forma en que, en broma o en serio (nunca se sabe con nuestro siempre racistaclasistamisóginoyhomofóbico humor), vemos a Tlaxcala, su historia e identidad. Por ejemplo, en la ciudad de Tlaxcala existe un museo dedicado a la Memoria de esa región. Hace unas semanas lo visité y pude darme cuenta de aspectos sumamente interesantes. La sala que inicia el recorrido al interior del museo se centra en los esfuerzos realizados por los caciques tlaxcaltecas para conservar sus territorios y poder participar en las nuevas estructuras políticas surgidas de la invasión europea y la conquista de Tenochtitlan. En la entrada nos recibe este texto: “A partir de la llegada de los europeos al continente americano, en Tlaxcala dio inicio un proceso social en el que destacan los mecanismos de sobrevivencia histórica creados por los tlaxcaltecas. Esto les permitió preservar su cultura y sus formas de organización y cohesión social, de origen antiguo, para hacer frente a la nueva realidad surgida del establecimiento de la Nueva España”. En efecto, no se trató de aliarse con el enemigo de “México” sino de unos personajes que podrían poner en marcha los intereses de los propios tlaxcaltecas y cambiar el orden que prevalecía antes de la llegada de su llegada. Navarrete puntualiza: “De todos los pueblos indígenas que se aliaron con los españoles, los más famosos y también los más importantes fueron sin duda los cuatro altépetl de Tlaxcala. Estos señoríos confederados se contaban entre las entidades políticas más poderosas de Mesoamérica y habían logrado mantener su independencia frente a los mexicas y sus aliados, pese a una guerra constante y a un bloqueo comercial que los privaba de importantes bienes de consumo y alimentos. Por eso, a diferencia de los cempoaltecas, los tlaxcaltecas sí consideraron a los recién llegados como una amenaza a su autonomía, aunque también reconocieron que podía significar una oportunidad de romper este asedio asfixiante y de debilitar, o incluso vencer, a sus enemigos de México-Tenochtitlan”. En la batalla que libraron contra los europeos, se percataron no sólo de que no respetaban los protocolos de guerra establecidos en tiempos mesoamericanos, sino también del “carácter impredecible e incontrolable de la violencia que los conquistadores estaban dispuestos a practicar”, como afirma Navarrete. Lo anterior debido a que, como hemos dicho, sin respetar protocolos (que implicaba que los tlaxcaltecas no lucharían de noche, por ejemplo), los europeos decidieron atacar a las y los civiles de las poblaciones aledañas tlaxcaltecas, con lo que exhibieron su salvajismo y violencia sin límite, al menos para los parámetros mesoamericanos. ¿Quiénes eran los civilizados y quiénes los salvajes? Como sea, la alianza estaba hecha y, con mayor o menor tino, los tlaxcaltecas se valieron de ella por interés propio. “Por esta razón -continúa Navarrete-, pese a que el relato de Cortés pretende hacernos creer que todas las decisiones políticas y estratégicas fueron tomadas exclusivamente por el capitán y que él controlaba el flujo de información, lo más probable, como señala Restall, es que fueran los gobernantes indígenas aliados quienes determinaban el rumbo de la expedición y sus alianzas, de acuerdo con sus propios intereses estratégicos, y luego aconsejaban y convencían a los conquistadores de seguir su camino. También podemos imaginar que los nativos comprendieron muy pronto que la mejor manera de conducir a los españoles para que actuaran conforme a su conveniencia era precisamente hacerles creer que ellos tenían el control y que las decisiones eran sólo suyas”. Lo dicho, los indígenas, pero especialmente los tlaxcaltecas, serían los principales conquistadores de la gran mayoría de los territorios anexados a la Corona, desde el norte de Mesoamérica, hasta Guatemala.

Gracias a lo anterior, como nos informa otra cédula del museo, “Tlaxcala permaneció durante la época novohispana, como provincia india autónoma con privilegios y distinciones que le permitieron preservar su unidad política y territorial. Esto posibilitó, además, paliar la explotación de la población indígena macehual y defender el orden antiguo, creando así las condiciones para el establecimiento de un mestizaje con hegemonía indígena”. Con independencia de si tal condición duró los tres siglos de la dominación europea de estas tierras, lo cierto es que aun cuando tuvieron mejores condiciones que otras comunidades en la misma región o en la vastedad de la zona maya, lo cierto es que, finalmente, el modelo europeo fue el que terminó imponiéndose, incluso después de la revolución de independencia. Es decir, los gobiernos independientes continuaron buena parte de las políticas heredadas de la Colonia, aunque en no pocos casos se incrementaron la segregación y subordinación de las poblaciones indígenas. Más adelante, cuando se empezaron a desarrollar los contenidos del nacionalismo mexicano, sustentado en buena parte de los ideales del patriotismo criollo, se vio que los pueblos indígenas en general eran un “obstáculo” para el progreso y desarrollo nacionales; y, por su parte, los tlaxcaltecas quedaron despojados de cualquier pasado glorioso y quedaron tildados por el oficialismo como traidores a la patria. Todo ello siguió y se reforzó en los gobiernos posteriores a la Revolución Mexicana de manera que, hasta el día de hoy, es moneda corriente en conversaciones familiares, de amigos y hasta en las aulas, la idea de que los tlaxcaltecas traicionaron a México. No en balde, la senadora Ana Lilia Rivera propuso en 2021 un punto de acuerdo para “Reivindicar al pueblo de Tlaxcala y terminar con “mitos” sobre la Conquista”. Ella afirma, como consta en el portal de Comunicación Social del Senado, que particularmente “hay tres mitos dañinos para la consciencia cultural nacional que carecen de sustento histórico y que rebaten estudios nacionales y extranjeros, como la traición del pueblo tlaxcalteca, la traición de la Malinche y la imagen de Cristóbal Colón como gran ‘descubridor’ de América”.

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La reivindicación de los tlaxcaltecas, de la Malinche y del papel que jugaron muchas comunidades indígenas en ese momento liminar, va también para la reivindicación de nuestra propia historia. Como dice Navarrete, existe una visión colonialista de la historia, lo mismo esgrimida por autoridades que por académicos, que está obsesionada en mostrar a nuestras comunidades originarias como vencidas. “Pero lo que mantiene viva la guerra atroz de hace 500 años -dice Navarrete- y sus brutales vuelcos de fortuna no es el imaginario ‘trauma’ de las mayorías ‘vencidas’, sino la insistencia de nuestros gobernantes, de nuestros historiadores y de nuestros intelectuales de colocarse siempre en el papel de los ‘vencedores’ y de relegar al papel de los vencidos a los demás mexicanos, aquellos que tienen la piel más oscura que ellos, que son menos ‘educados’ y menos ‘modernos, menos ‘cosmopolitas’ y menos ‘sofisticados’”. Por supuesto, reconocerles un rol en la definición de su propio destino -sea colaborar con las conquistas, rebelarse ante el dominio colonial o simplemente negarse a aceptar una obra pública como el Tren Maya- implica tratarlos a ellos como iguales, como sujetos dueños de su mente y de su cuerpo. Claro, eso no podría suceder ni en el pasado colonial ni en el México mestizo, especialmente cuando los seguimos viendo -en el mejor de los casos- como adolescentes que no saben lo que quieren y que no comprenden nada de la vida moderna, incluido el desarrollo y el progreso. Como lo he dicho en numerosas entregas ya, es necesario torpedear el colonialismo en que vivimos de manera cotidiana; pero también hay que hacerlo con las Academias, en especial las de Historia, Antropología y Arqueología que, aun teniendo nuevas evidencias, se niegan a dejar de enseñar los mismos tópicos y con las mismas premisas colonialistas. Aprendamos a visualizar nuestra historia -y a nosotros mismos- con la complejidad necesaria. Abandonemos por fin los estereotipos como el que tratamos, que no hacen más que esclavizarnos en un discurso falaz y abiertamente discriminatorio. Finalmente, como dice Navarrete, la “supuesta ‘derrota’ definitiva de todos los indígenas no aconteció en 1521 entre las ruinas humeantes y ensangrentadas de México-Tenochtitlan, sino que se ha convertido en una empresa de la historia nacional y de los gobiernos y las élites mexicanas que pretenden vencer a los indios en el pasado para apropiarse de su herencia gloriosa, en forma de ruinas y monumentos arqueológicos, al mismo tiempo que los agreden y discriminan en el presente y les niegan un futuro dentro de la nación”.

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