Domingo, diciembre 14, 2025

Tlaloc, secuestrado

Hace poco menos de un año visité después de muchos años de no hacerlo, el Museo Nacional de Antropología. En una columna anterior describí las sensaciones que me dio en esa ocasión un recinto tan importante que tuvo mucho más que ver con la construcción de un discurso nacionalista y el diseño de las vías que tendría la investigación científica -desde la arqueología, la historia y la antropología- en torno a las culturas originarias de nuestro país. En ese artículo, escribí lo siguiente: “Enfatizo, más que el tamaño, su arquitectura y la importancia de las colecciones ahí expuestas -que lo son, eso no lo pongo en duda- la idea de que sea un espacio de ‘reflexión sobre la herencia indígena de nuestra nación multicultrual’. ¿En verdad lo es? Es decir, ¿lleva a la reflexión no sólo de la herencia cultural sino de la realidad de las comunidades originarias de nuestro país, su devenir histórico y su destino actual?, o simplemente es un recinto que marca la línea entre aquello que fueron antes de la llegada de los europeos y lo que son el día de hoy, que marca la diferencia entre el ‘ellos’ y el ‘nosotros’ y nos lleva a tener una especie de satisfacción nacionalista por encima del entendimiento de la realidad de estos pueblos y de la nuestra, de paso”. Desde hace ya algo de tiempo, vengo cuestionándome diversidad de aspectos de mi vida en general y de mi vida académica en particular. Como lo he expresado, ya no creo en pensamientos y conocimientos universales, no al menos como verdades absolutas, únicas e incontrovertibles. Por tanto, la existencia de museos como recintos que guardan tales conocimientos y que son los únicos espacios capacitados y con legitimidad para resguardarlos, se me antoja ahora más como una continuidad de esta colonialidad a la que he decidido renunciar y criticar a toda costa: la modernidad, como proceso totalizador y origen de todo lo que occidente considera cardinal. Como afirma el sociólogo Rolando Vázquez  en “El Museo, Decolonialidad y el Fin de la Contemporaneidad” ensayo publicado en Otros Logos, revista de estudios críticos del Centro de Estudios y Actualización en Pensamiento Político, Decolonialidad e Interculturalidad de la Universidad Nacional del Comahue, en Argentina, en “términos materiales la modernidad se ha configurado en base a la apropiación de tierras -primero a la apropiación masiva (posiblemente la más grande en la historia) de lo que más tarde será llamada “América” y, luego, a las masivas apropiaciones coloniales en África, Asia y Oceanía-. La apropiación de los territorios debe ser entendida en relación directa con la dominación y explotación de la Tierra a través de prácticas extractivas y con el sometimiento y la opresión de la vida de seres humanos y no humanos. Junto a este momento de apropiación se desarrolla el de representación. El control material de la modernidad a través de la fuerza de la apropiación está acompañado por el control de la representación, es decir, el control del conocimiento, de las epistemologías, de las narrativas y de la apariencia. Vemos entonces que la apropiación y la representación se complementan, van de la mano. La modernidad controla la presencia a través de formas tangibles de apropiación (como las plantaciones para la extracción de la vida humana y la vida de la Tierra) mientras que, al mismo tiempo, la representa como civilización, progreso y desarrollo”. Los museos son un ejemplo claro de la presentación de dicha presencia. También lo son los programas escultóricos/ visuales/ simbólicos de las ciudades, como lo dejé en claro en el artículo de la semana pasada: “Cháak”.

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En efecto, elegir una deidad del panteón griego, por sobre una del maya, habla precisamente de esa presencia. Y como suele suceder con el laberinto de los algoritmos en la red, hace unos días me apareció un video muy interesante mientras navegaba por el Cara Libro: un metraje que daba cuenta del traslado de un enorme monolito que se piensa es Tláloc, la deidad de la lluvia para muchas culturas del Altiplano Central mexicano desde épocas muy remotas, desde el lugar donde lo encontraron en San Miguel Coatlinchan en el Estado de México para colocarlo como una pieza central, justo en la entrada del Museo de Antropología y que coincidiera con la inauguración del importante recinto en 1964. De acuerdo con el reportaje “El rapto de Tláloc: la historia de cómo el monolito del Museo Nacional de Antropología llegó a la CDMX”, publicado en el portal de la revista National Geographic en enero de 2023, el “monolito de Tláloc venía del pueblo de San Miguel Coatlinchán, en el Estado de México. Originalmente, aquel fue ‘el lugar de las serpientes‘, por su traducción del náhuatl. Aunque la pieza fue trasladada ‘con el fin de conjuntar una de las colecciones arqueológicas más impresionantes y ricas del continente americano’, según la versión oficial. Los habitantes de la localidad, sin embargo, se lamentaban por la pérdida del dios del agua: sin su presencia, ya no habría quién condujera las corrientes de la Sierra de Texcoco”. Claro, puedo imaginar clarito a funcionarios y académicos burlándose del “absurdo” de semejante afirmación de los habitantes de la zona: “¡Pero si Tláloc ni existe! Además, esta es una pieza fundamental de la expresión de los pueblos prehispánicos y en qué mejor lugar puede estar que en el Museo más importante de nuestra historia, no un pueblo perdido donde nadie puede admirarlo”.  El reportaje continúa: “Llovió toda la madrugada. Sucedió el 16 de abril de 1964: mientras el monolito de Tláloc fue transportado al recién inaugurado Museo Nacional de Antropología, los capitalinos vieron una de las precipitaciones más fuertes de todo el año. Amarrado por cuerdas, la pieza de 168 toneladas fue transportada alrededor del Zócalo de la Ciudad de México en un carro que parecía de carnaval. Desde las banquetas empapadas, la gente se paró a verlo en un silencio húmedo, como si siguieran con la mirada una carroza funeraria”. ¿Tal lluvia inusitada vino por el traslado del monolito? ¿En verdad resultaba primordial para la comunidad donde se encontraba? ¿En verdad era tan importante para la nación tenerlo en ese museo? Tales preguntas tienen respuestas diversas y dependen de quien las responda. Pero, como sea, no se trata más que de un rapto del monolito de su lugar de origen.

Citaré otro caso que considero emblemático de este “secuestro” de una pieza arqueológica de su comunidad de origen para ser exhibida en el “craso recinto”. Perdido en una esquina de la sala del museo correspondiente a las culturas del Golfo se encuentra un monolito de unos dos metros de altura que representa un falo y que, según la descripción en la cédula, hasta no hace mucho tiempo (justo antes de que lo llevaran a ese museo, imagino) tal pieza era el centro de rituales en honor a la fertilidad en su comunidad de origen. Sin saber más de la pieza o de su comunidad, estoy seguro de que ellos están convencidos de que buena parte de sus desgracias (en especial, agrícolas) han llegado desde el momento en que fueron despojados de un monolito tan importante. Todo esto es hipotético, pero como dice Vicky Wolf, la tiktokera que habló del “affaire” Cháak/ Poseidón, “el que es yucateco de verdad, sabe que en el fondo con Cháak no se juega”. Y claro, si se tratara de un cristo, una virgen o un santo, bueno, ahí seguro brincaban todos los ciudadanos del lugar, acompañados de las elites eclesiales y hasta las civiles. Como afirma el reportaje de NatGeo, en “aras de legitimar un discurso de un ‘México modernizado’, este tipo de raptos se practicaron en diversas partes del país. El caso del monolito de Tláloc es quizá el más icónico, porque vino a coronar uno de los frentes más impresionantes del Museo Nacional de Antropología. Incluso a 57 años del rapto de la pieza, arqueólogos, historiadores y autoridades culturales en México se cuestionan si realmente se trata del dios de la lluvia”. En efecto, se piensa que podría ser Chalchiuhtlicue, deidad vinculada a las corrientes pluviales y otras fuentes de agua, una especie de versión femenina de Tláloc. Sea lo que sea, se trata de un monolito que representa a una deidad telúrica vinculada a la lluvia y que fue importante para la comunidad. Es necesario que caminemos hacia una relación diferente entre nuestros museos, las piezas que resguardan y las comunidades de origen. Así como exigimos que otros gobiernos retornen piezas arqueológicas robadas durante siglos de expolio disfrazado de exploración científica, es fundamental que ahora nosotros hagamos lo mismo frente a nuestras comunidades originarias. Nos guste o no, lo de Tláloc sí fue un secuestro.

También puedes leer: Rupestre ¿universal?

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