Lunes, abril 12, 2021

¿Tienes cara de what?

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En las últimas décadas la llamada globalización, que no es más que un proceso económico, político y social que ha venido ocurriendo a escala planetaria por el que cada vez existe una mayor interrelación de todos los países, bajo el control de las grandes corporaciones multinacionales[1] está plenamente instalada. De manera que las personas que tienen mayor capacidad económica compran herramientas alemanas, ropa estadunidense, quesos franceses, vinos españoles y chilenos, mantequilla neozelandesa, aceite de oliva italiano, electrodomésticos japoneses y otros —de menores ingresos— adquieren un sinnúmero de baratijas chinas. Este “fenómeno”, corresponde a la expansión de las grandes empresas multinacionales y trae consigo —entre muchas otras cosas negativas— “formas culturales” que son inducidas y adoptadas por todos los pueblos, siempre en aras del consumo. Esta es la razón por la que algunos ingenuos celebran alegremente que nos hemos convertido en “ciudadanos del mundo”.

Nada más engañoso. Este sunami neoliberal que creció a partir de la década de los 70 del siglo pasado está acabando con todo aquello que se le pone enfrente. El equilibrio ecológico está vulnerado cada vez más por las emisiones contaminantes, el espionaje cibernético a los ciudadanos es cada vez más sofisticado y controlador, las empresas supranacionales determinan ahora las políticas públicas de muchos países y el “estado de bienestar” se va desdibujando cada vez más. A guisa de ejemplo recordemos que recientemente, en época de Narro como Secretario de Salud, se dejaron a medio construir más de 300 hospitales, sigue habiendo un déficit importante de equipo médico y una disminución significativa en la contratación de médicos, enfermeras, laboratoristas y demás personal del sector de la salud pública.

En estos tiempos que corren hay algunos mexicanos de clase media a quienes les ha dado por imitar los estereotipos culturales procedentes principalmente de Estados Unidos, porque para ellos esta nación es el modelo a seguir, de mayor prestigio en el mundo. La ventolera de los imitamonos procede en su mayor parte de los contenidos de las películas, series televisivas gringas y de los tiernos recuerdos, con todo y orejas del antiguo Ratón Miguelito o Mickey mouse, a Disneylandia. Todo esto es suficiente para que estas cándidas personas se formen una imagen esquemática e idealizada de la sociedad estadunidense y la imiten dócilmente.

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El jueves pasado recibí un “meme” de un buen amigo mío con la imagen de fondo de un guajolote y un texto en inglés, en primer plano: Happy thanksgiving! Usted pensará que mi cuate, el que me envió esto, es un gringo típico anglosajón, güero y pata grande. No, el autor del envío es chaparrito, prieto, trompudo, timbón y pelos necios. Un auténtico ejemplar de nuestra querida raza de bronce y que además vive en Acajete. Es más, este prójimo ni siquiera posee el menor rudimento del tatacha gringo; pero él, muy ufano, quiso hacerme partícipe de la celebración de una tradición que desconoce por completo, que no ha practicado nunca y que le es tan ajena —al igual que para usted o para mi—como el culto a los leones de algunos grupos bosquimanos del sur de África.

Eso sí, mi cuate también celebra los días nacionales y su patriotismo se amplifica los días 15 y 16 de septiembre. Saca sus banderitas mexicanas, sus serpentinas tricolores, pone música vernácula en su hogar, su señora peina con trenzas que adorna con moños tricolores y usa una blusa étnica, viste a sus criaturas con manta y portan un “huacalito” como complemento; la familia come platillos mexicanos tradicionales y el míster “empina el codo”, muy contentito, con una buena dosis de la “mexicana alegría” que remata “empujándose” unos “pegues” de tequila o de mezcal. Al cabo de un rato, ya bien “alumbrado”, grita a todo pulmón ¡Viva México! Ya lo dijo don Vicente Guerrero con esta frase, de profundo significado, que se encuentra inscrita con letras de oro en el Salón de Plenos de la Cámara de Diputados de México: “la patria es primero”.

Si viviera en Gringolandia lo más seguro es que habitaría en el gueto que les corresponde a los mexicanos en las grandes ciudades de Estados Unidos; eso sí, su casa —de cartón y madera— estaría equipada con hartos electrodomésticos, pero seguramente estaría endeudado hasta la coronilla; sus hijos jóvenes, con seguridad obesos, estarían obligados a participar en alguna de las muchas guerras que les da por organizar a los empresarios y si estos muchachos regresaran con vida de la “aventura”, sin alguna mutilación, se encontrarían sin trabajo y a lo mejor medio “chimpletos” por lo que tendrían que mendigar atención psiquiátrica, porque los “veteranos” de guerra sólo sirven para retratarse con los “políticos patriotas”; si vivieran en la calle, en cajas de cartón (homeless), “tostándole las uñas a Pacheco” todos los días llegaría el momento en el que los recogería una ambulancia, bien “embolsados”, por sobredosis.

Está canija la cosa, allá “del otro lado” ¿verdad? Mejor busquemos aquí el bien común, cada uno por su lado si así lo deciden, porque de nada sirve estar “jorobando la borrega”, fomentando la confrontación y echando culpas a otros de nuestra indecisión y falta de participación social. Sabemos perfectamente que bastante fregados nos dejaron los politicastros que se avorazaron sobre el dinero público y hoy son millonetas. Yo seguiré engordando con el molito de chicharrón, las patitas a la vinagreta, las memelas y los tamalitos en lugar de únicamente entrarle a las pitzas, helados artificiales, hamburguesas y jot dogs, por eso yo pinto mi raya, pa´que no me vean cara de what

[1] https://www.alainet.org/es/articulo/208922 [Consultado: 7 octubre 2020]

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