Domingo, febrero 25, 2024

Tiempo de luchas

Destacamos

A la memoria de mi querido maestro y amigo Gabriel Anaya SJ,


para quien el toreo era “una de las bellas artes”

Pregúntele usted a un o una joven, elegida al azar, quién ha sido más popular e importante en este país, si Silverio Pérez o El Santo; Carlos Arruza o Blue Demon, Manolo Martínez o Julio César Chávez… Y no se sorprenda si eligen a los enmascarados y al púgil sinaloense y confiesan ignorarlo todo, hasta el nombre, de los ídolos taurinos mencionados. Ídolos en toda la extensión del vocablo, llenaplazas consuetudinarios dentro y fuera de México, inspiradores de prosa exaltada y poesía hecha canto. Ídolos, objetos de culto en todas las clases sociales. Bastaría una visita a las hemerotecas, bibliotecas y viejos noticiarios para corroborarlo.

Lo que pasa es que, desde hace más o menos dos decenios, México vive una conspiración de silencio, por un lado, y descalificaciones, por otro, en torno a su enorme riqueza taurina. A la tauromaquia a secas. Al “espectáculo más culto del mundo”, en palabras de Federico Garcia Lorca. Y como en estos casos de amnesia colectiva las casualidades no existen, conviene recordar, sobre todo a los aficionados a toros que vamos quedando, la génesis y las causas de este proceso silencioso y perverso. De cómo y dónde se gestó el huevo de la serpiente.

Políticamente incorrectos. Como tantas cosas que están ocurriendo en el mundo y distorsionando el sentido de lo humano, la fiebre de lo políticamente correcto no nació de la nada ni de la ramplona imaginación de algún influencer youtubero o académico ocioso. Se trata de un diseño emanado de la ola neocons de los tempranos 80 (Thatcher-Reagan), instrumentado como dique de contención contra el para ellos peligroso viaje pendular de la década jipi (60´s) y sus vastas consecuencias en todos los ámbitos de la cultura. En todo tiempo y lugar, el exceso de libertad –es decir de democracia, de diversidad, de tolerancia– ha puesto en guardia a las élites, cuya ventaja es saberse dueñas de cuantos medios hagan falta para montar una reacción mientras más desproporcionada mejor cuando se trata de aplastar cualquier asomo de desviación o disidencia.

Si en términos económicos esa reacción quedó expresada en el Consenso de Washington (J. Williamson, 1989), quienes la urdieron sabían perfectamente que, para alcanzar sus metas, era indispensable acompañar su modelo con un cambio cultural que neutralizara la previsible inconformidad de la gente. De esta convicción emana lo que con toda propiedad ha sido denominado pensamiento único, la idea inducida de que las reformas ultraliberales propuestas por ellos representaban un inevitable avance civilizatorio –no en balde su énfasis en lo tecnológico–. Para lograrlo era indispensable la movilización sincronizada de los medios de comunicación y los programas educativos; esto último serviría, además, para abatir cualquier rescoldo de rebeldía estudiantil, residuo de los turbulentos 60´s. La era de los tecnócratas estaba en marcha.

A sabiendas de que quien manipula las emociones lleva las de ganar, y a contrapelo con el incremento brutal de sus elementos de represión, empezando por el desarrollo en cantidad y en letalidad de la producción bélica –cuyos efectos tan a la vista están en este malhadado 2023–, los cerebros contratados por las élites económicas de finales del siglo XX procuraron reencauzar el natural sentimiento compasivo de las personas hacia el reino animal. Pero selectivamente, nada de osos polares o gacelas, ratas, mosquitos o bacterias. Hay que amar a los animales, sí, mas no en abstracto sino en lo cercano y concreto, las mascotas en primer lugar –felices los fabricantes de alimento para perros y gatos, y los prestadores de toda clase de emergentes servicios al respecto, incluidos los funerarios (!)–, y de paso a cuanto animal más o menos doméstico sea susceptible de despertar compasión o ternura. Las producciones cinematográficas de la casa Disney, dirigidas sobre todo al público infantil, no podían quedar fuera del plan maestro, con conmovedoras evidencias que van del Rey León al apacible toro Ferdinando. Y es que, para que los objetivos de acumulación económica de los neocons se potenciaran, había que estructurar un sistema que no descuidara detalle. Y como se lo propusieron lo hicieron, de ahí la fortaleza del modelo neoliberal por más que, a estas alturas, le brote pus por tantos poros.

¿Los toros? ¿La tauromaquia? Para los dueños del mundo nunca significaron gran cosa. Para nosotros sí, puesto que forman parte de nuestra cultura, incluida la formación sentimental, la tradición como identidad y lección de vida, la memoria feliz de tantas y tantos mexicanos. Sentimientos, identidad, memoria, tres elementos fuera de control que había que combatir y, a ser posible, extirpar. En nuestro norteamericanizado país, el pensamiento único también consiste en desmontar la milenaria y riquísima cultura mexicana para poner en su lugar la de ellos (¡Ya viene el Super Bowl!). De ahí la campaña de diatriba-silencio contra la tauromaquia, ingenuamente adoptada por tantos paisanos, entre desinformados, sensibleros y contratados. A la fecha, sus avances son innegables.

¡Viva Blue Demon! Recientemente se instaló en un céntrico museo de la ciudad de México una exposición íntegramente dedicada a Blue Demon, famoso luchador enmascarado de mediados del siglo pasado. Los promotores de la muestra han enfatizado la penetración popular del antiguo ídolo del pancracio y, por extensión, de la lucha libre como, desde su perspectiva, un elemento fundamental de nuestra moderna cultura vernácula.

Cuando la naciente televisión eligió ese espectáculo como vehículo de difusión para promover la venta de aparatos –a principios de los años 50 sólo en pocos hogares había una tele–, tuvo que suspender las transmisiones ante las múltiples protestas de padres de familia, espantados por los pleitos y lesiones que la euforia por las luchas estaba provocando entre sus hijos pequeños, desconocedores de los trucos que dominaban los profesionales de dicho ejercicio fársico. Al que se consideró, en ese entonces y por tales razones, brutal, mentiroso y primitivo. Propio para públicos analfabetas e ingenuos.


Hoy, en cambio, lo vemos elevado a la categoría de patrimonio cultural intangible de la ciudad de México (desde 2018). Y si aún no se extiende el nombramiento al resto del país, a eso tienden los esfuerzos de una “intelectualidad” que ya nada tiene que ver con la de los Carlos Fuentes, Octavio Paz, Martín Luis Guzmán o Carlos Pellicer, la de Alfonso Reyes, Xavier Villaurrutia, Alí Chumacero, Diego Rivera, Carlos Chávez o José Luis Cuevas, todos ellos afectos en mayor o menor medida a la tauromaquia, como puede comprobar quien revise sus dichos y sus obras. Ellos, intelectuales y autores de una categoría y un nivel irrepetibles, jamás se interesaron por la lucha libre.

Entorno cultural. Recientemente, y a propósito de la exposición citada y esa otra, sobre fotografía taurina, que la Ibero suspendió, me di a la tarea de buscar referencias sobre la lucha libre mexicana, que sin duda alumbró en el pasado fenómenos tan interesantes como el legendario Santo o el referido Blue Demon. Sobre el enmascarado de plata existe, como es sabido, abundante producción cinematográfica, muy festejada como ejemplo de cine kirsch, pródigo en humorismo involuntario, que algunos han pretendido elevar, sin éxito, al rango de arte mayor. Hay también, como es natural, abundancia de crónicas y fotografías, así como historietas ilustradas que colocaban al Santo en un rol semejante al de los superhéroes gringos (cosa que celebro y batalla que ya también se perdió).

Pues bien, en esta pesquisa no conseguí encontrar nada que no fueran textos de notable pobreza literaria y contenidos repetitivos e intrascendentes –a salvo alguna crónica sociológica de Carlos Monsiváis, estupenda como suya–. Y algo muy semejante ocurre con el material fotográfico alusivo, quizá más variado que el escrito pero con escasas piezas de cierta valía. Hasta ahí llegan las aportaciones de la lucha libre como patrimonio cultural.


Qué contraste con el caudal y la variedad de crónicas, obra plástica, filmaciones, enciclopedias, museografía, libros, dedicados a la tauromaquia y sus cultores, a gestas que sabían sacudir multitudes y ganar la opinión pública. Y que, si tenemos suficiente interés por averiguar nuestro pasado como país, han quedado plasmadas en su historia y su cultura a lo largo de cinco siglos, desde la colonia hasta la alborada del nuevo milenio.

Evidencias, razones fuera de los limitados alcances –o la complicidad velada– del obsecuente, pedestre y desnacionalizado juez de distrito que, a imitación de sus colegas capitalinos, acaba de ordenar la supresión de las corridas de toros en Guadalajara.

Botero dixit. Recordaré, finalmente, unas palabras del finado Fernando Botero, uno de los últimos exponentes con reconocimiento universal del arte pictórico de nuestra América: “Me parece absurdo y doloroso que priven a tanta gente de una pasión como esta gran tradición cultural: pintaron la corrida Manet, Goya, Picasso, Bacon… No hay un gran arte inspirado en el fútbol. Se vive un mal momento para la tauromaquia, para el arte… para todo.”

Donde el maestro colombiano puso futbol ponga usted lucha libre. O el entretenimiento o diversión de moda que haga falta para confirmar el triunfo de lo políticamente correcto.

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