Martes, julio 5, 2022
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Hablábamos el lunes último de las pruebas por las que ha tenido que pasar la fiesta brava para garantizar su permanencia en México. Y está claro que, cuando confluyen fuerzas internas o externas que la amenazan, no basta una historia de siglos y una tradición identitaria para garantizar su continuidad, por indudables y legítimas que sean aquellas.

Una vez repasados someramente los contratiempos a los que la tauromaquia mexicana sobrevivió cuando se suspendieron las corridas de 1916 a 20 y cuando un sisma sin precedentes dividió a la torería mexicana en 1940, vamos a continuar este somero recorrido por las vicisitudes que ha tenido que superar la fiesta en nuestro país antes de topar con el que ahora mismo la tiene postrada.  Y sin que el optimismo y la esperanza nos abandonen, hay que advertir que ninguno se prolongó tanto, ni el organismo de la fiesta y la fuerza de la afición se encontraban tan bajos de defensas como lo están en la actualidad. Por no hablar de los antis que, como buitres, sobrevuelan su fragilizado territorio.

Vuelven los españoles. Con el boicot de 1936 quedaron rotas las relaciones entre las torerías de México y España, y durante ocho años poco se supo de lo que allá sucedía. Tampoco hacía falta, en México la época de oro se desarrollaba a plenitud, pródiga en tardes y faenas inolvidables. Hasta que la endogamia empezó a cobrar cuota y, con la constante repetición de nombres y carteles, la euforia dio en decrecer. Entonces, como en tiempos de Venustiano Carranza, la política volvió a meter la mano, aunque esta vez en sentido inverso, pues fue Maximino Ávila Camacho, hermano del presidente de la república y, en la práctica, quien manejaba a la sombra los destinos de El Toreo, el que, apercibido de la situación, despachó a España a su personero Antonio Algara con instrucciones de arreglar el pleito. Así, más pronto que tarde, quedó signado el primer Convenio Taurino entre los sindicatos taurinos de ambos países. La reanudación del intercambio traería, entre otras cosas, la presencia gigantesca de Manuel Rodríguez “Manolete”.

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Aunque la fiesta no estaba de capa caída en nuestro país, los efectos del Convenio sirvieron para tonificarla y atraer público nuevo a las taquillas más allá de la inevitable retirada de los ases de la época de oro. Lo que no significa que nuevos problemas e inconvenientes dejaran de afectar la actividad taurina. Pero cuando los españoles volvieron a interrumpir el intercambio (1947), ya la Plaza México estaba funcionando, con un público multitudinario y en los carteles novedades capaces de convocarlo.

Pleitos sindicales. Las agrupaciones taurinas –matadores, subalternos, ganaderos-mantenían un pulso permanente con los empresarios, en especial con quien estuviese al frente de la Monumental de Insurgentes, que era la que mayormente alimentaba la pasión por los toros, también en auge en muchas ciudades del interior. Cuando en 1950 la Unión de Picadores y Banderilleros entró en conflicto con Alfonso Gaona porque éste se negó a firmar un contrato colectivo alegando que el patrón del peonaje no era otro que el matador a cuyas órdenes sirvieran, la dirigencia sindical colocó banderas rojinegras en los accesos al coso. En respuesta, el empresario se las arregló para reanudar su temporada chica con cuadrillas de “esquiroles” –novilleros y matadores en receso-, y apoyado por ganaderos ansiosos de colocar sus astados en la plaza que da y quita. Fue el de Gaona un golpe decisivo de cara a la forzada reconciliación que no tardó en sobrevenir.

Otros paros semejantes –el de 1987, por ejemplo, de nuevo con cuadrillas hechizas como salida de emergencia-, fueron sorteados a brevedad. No así el que mantuvo cerradas a piedra y lodo todas las plazas de la república durante casi dos meses –entre noviembre de 1966 y enero del 67-, dando incluso al traste con una Feria de Otoño en El Toreo que ya tenía sus carteles y boletaje en circulación. La impusieron de nuevo los subalternos, capitaneados por Pancho Balderas, quien tuvo que ser destituido por sus propios colegas para que pudiera llegarse a un entendimiento con los empresarios, que naturalmente no se habían quedado de brazos cruzados y maniobraron hábilmente para quitar de en medio al veterano e intransigente hermano del inolvidable Alberto. Este paro general fue la culminación del enrarecido clima que rodeó a la Fiesta en México a raíz de la pugna entre la vieja Unión de Matadores –capitaneada a la sazón por Luis Procuna- y una escisión de la misma, Asociación le pusieron, hija de un parto de emergencia en el que tuvo que ver hasta Manolo “Chopera”, que apoderaba a El Cordobés.

Dos veces cerró la México. Previo al receso actual, la Monumental se mantuvo cerrada durante dos lapsos que se le antojaron eternos a su fiel afición. El primero, a principios de 1957, duró año y medio, reabriéndose para la temporada chica del 58; el segundo fue de abril de 1988 a mayo del año siguiente. En ambos, el empresario, tras sus clásicas idas y vueltas, era Alfonso Gaona, quien decidió interrumpir sendas temporadas grandes, mal armadas y de escaso interés, aduciendo desavenencias con los propietarios del coso; en el segundo caso era evidente el interés del regente de la ciudad, Ramón Aguirre, por hacerle la tambora de lado, interesado como estaba en entregar el control de la plaza a su hijo Rodrigo, que hacía pininos como ganadero. El cual nunca llegó a regentar la Monumental pero se dio al menos el gusto de organizar una gélida serie de corridas en el Palacio de los Deportes.

La primera vez –1957-58- el ayuno por rumbos de Insurgentes fue neutralizado por El Toreo de Cuatro Caminos, que lo aprovechó para organizar dos temporadas a todo lujo –Calesero, Procuna, Capetillo, Huerta, El Ranchero e incluso Carlos Arruza, a caballo y a pie-, así como la de novilladas de la que surgió la pareja Raúl García-Gabriel España.

Treinta años después, la Plaza México pudo quitar de sus puertas los candados oxidados porque el gobierno entrante -Manuel Camacho Solís como regente capitalino- estaba ansioso por congraciarse con el pópulo a raíz de la dudosa elección presidencial que encumbró a Carlos Salinas de Gortari. Camacho Solís movió cielo y tierra para que la Monumental pudiera reabrir, fundó un patronato que la manejara, promovió exposiciones sobre temas taurinos y tanto se preocupó porque el DF tuviera espectáculos de primera que utilizó un ruidoso helicóptero para estar, con pocas horas de diferencia, en el autódromo Hermanos Rodríguez, abanderando el único GP de México que ganó Airton Senna, y en una barrera de sombra de la Monumental para recibir los brindis de Manolo Martínez, David Silveti y Miguel Espinosa, integrantes, con toros de Tequisquiapan, del cartel de reinauguración, como pomposamente se le llamó (29.05.89).

No hace falta reiterar que, como en todos los sórdidos episodios anteriores, la potencia intrínseca a la Fiesta y la pasión multitudinaria que suscitaba sobraron y bastaron para superar las crisis y terminar recomponiendo el panorama.

Ante el Covid 19. Tras casi dos años a salto de mata, el medio taurino mexicano empieza a desperezarse. Nos llevan ventaja el futbol y otros espectáculos, que reaccionaron con más presteza y, lo mismo que el GP de México próximo, ya tienen autorizado aforo completo en sus graderíos, en tanto el público de toros enfrenta restricciones que oscilan entre 75 por ciento para los festejos anunciados en la Plaza México y 30 por ciento al que tendrá que atenerse el Nuevo Progreso de Guadalajara.  Inexplicable discriminación, aunque tampoco se esperan entradas que rebasen tan módicas providencias, propias de tiempos en que el prohibicionismo pende sobre la fiesta como su pandemia particular.

Con todo, y así sea de manera desigual, se palpa el deseo de sacar la fiesta adelante. No contamos ya con figuras señeras que antaño movían multitudes. Tampoco con el respaldo de los medios, fundamental para ubicar cualquier espectáculo o temática en la escena pública. Y el post toro de lidia mexicano lleva tiempo entronizado como otro poderoso disuasivo contra el gusto de los mexicanos por las emociones dramáticas y estéticas del toreo.

¿Y los movimientos antitaurinos, tan activos en todos los países donde la tauromaquia mantiene su vigencia? Pues está visto no le hacen mayor mella allí donde sus actores la mantienen viva, y los acompaña el interés del público, su antigua pasión por las corridas, como factor determinante. En todas las crisis anteriores por los que la Fiesta mexicana pasó, esta certeza funcionó como una premisa esencial para superarlas.

Nos preguntamos qué ocurrirá, a la corta y a la larga, bajo las circunstancias actuales.

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