La extracción intensiva y prolongada de agua subterránea en la zona Puebla–Tlaxcala está empujando a la región hacia un “pico del agua” con efectos ya visibles, entre ellos el colapso del socavón de Santa María Zacatepec, en el municipio de Juan C. Bonilla, aseveró el doctor Pedro Francisco Rodríguez Espinosa, director del Centro Interdisciplinario de Investigaciones y Estudios sobre Medio Ambiente y Desarrollo (CIIEMAD) del Instituto Politécnico Nacional (IPN).
En una conferencia impartida en el Centro Universitario para la Prevención de Desastres Regionales (Cupreder) de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (BUAP) y reseñada por la revista Matria, el investigador subrayó que el recurso extraído corresponde en buena medida a agua fósil —con dataciones superiores a 35 mil años mediante radiocarbono—, es decir, reservas no renovables a escala de tiempo humana.
Mencionó que en muestreos de 100 pozos del Valle de Puebla se halló, por ejemplo, una muestra en San Andrés Cholula con radioedad de 35 mil 830 años, lo que confirma que se está consumiendo “aguas viejas de deshielo” atrapadas desde episodios glaciares del Pleistoceno.
De acuerdo con los hallazgos del equipo del CIIEMAD, el fenómeno de Juan C. Bonilla no obedece a hundimientos kársticos clásicos, sino a una “nueva generación de socavones en ambientes terrígenos”: el arrastre de sedimentos por la explotación del nivel freático habría generado oquedades en depósitos de cenizas volcánicas jóvenes. Estudios de Tomografía Eléctrica Resistiva y pruebas de penetración estándar registraron “cero golpes” a 10, 15 y 20–21 metros de profundidad, evidencia de vacíos que perdieron el soporte del agua. Entre 2005 y 2020, el nivel estático habría descendido de 11–12 m a 18–19 m, un diferencial crítico.
Rodríguez Espinosa vinculó esta dinámica local con una tendencia global: el “Peak Groundwater” —análogo al pico petrolero—, que diversos modelos ubican hacia mediados del siglo XXI, pero que ya se alcanzó en 21 cuencas con altas tasas de extracción. El resultado práctico es una disminución irreversible de la disponibilidad en numerosas regiones si no cambian las políticas de uso.
La investigación también detectó señales de estrés hidrogeoquímico: en perforaciones de 180–250 metros se identificó un hotspot de boro en la ciudad de Puebla (cerca de la 23), indicador de aportes geotermales desde compartimentos profundos que “compensan” artificialmente la extracción y modifican la química del sistema.
En paralelo, el equipo del IPN documentó un patrón “armónico” y nocturno de contaminación industrial en el río Atoyac, con picos alrededor de las 23:00 horas. Mediante una red de estaciones en tiempo real y barrido espectral (200–750 nm) —tecnología reconocida por la ONU—, identificaron tintes (anilina) y compuestos de la actividad textil, y desarrollan trazadores con tierras raras para asociar científicamente descargas y afectaciones a biota, pues se han detectado REE en sangre de aves y en plantas acuáticas.
El académico llamó a asumir que la sustentabilidad hídrica rebasa los ciclos políticos y exige gobernanza: datos abiertos, control social y reingeniería de procesos en industria bajo un esquema pigouviano (multas reinvertidas en reconversión limpia).
Recalcó que la regeneración del agua “al 100 por ciento” es posible, pero depende de voluntad pública y reglas que ordenen la extracción del acuífero poblano, considerado la “última reserva de agua potable” de la región.
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