Miércoles, julio 24, 2024

Sobre advertencia no hay engaño

Destacamos

Andan apuradísimos los analistas –y con ello consternan y contagian a la opinión pública– con el revuelto asunto del Tri, que, como se sabe, hace agua por todos lados en cualquiera de sus múltiples formaciones: la Selección A, que disputa entre tropezones y dudas el premundial, luego del papelón cumplido en la Copa Federaciones; la que fue y vino –fracasada– del mundial Sub 20; y la que actualmente disputa la Copa de Oro con lúgubres exhibiciones y magros resultados. Tema central es la continuidad, o no, del Chepo de la Torre. Vamos por partes.

A José Manuel de la Torre lo conocemos como técnico hace un buen puñado de años. Sabemos –o deberíamos saber, obligación sobre todo de esos “expertos” que tanto abundan y vociferan–, de su dedicación al trabajo, entendido por el tapatío como una disciplina concienzuda y férrea, cuya finalidad consiste en fijar un esquema de juego rígido, y conseguir, mediante repetición mecanizada, que los jugadores a su cargo lo dominen y cumplan a rajatabla. Así consiguió algunos laureles –no muchos– al frente de equipos de Primera División. Y de paso, se compró algunos conflictos con futbolistas demasiado libres o demasiado comodinos para someterse a sus exigencias tácticas, relacionadas con una idea del juego basada en la reiteración y, por eso mismo, bastante previsible y aburrida, para el jugador y para la grada.

Todo eso, como digo, lo sabíamos de sobra cuando la Femexfut designó al Chepo comandante en jefe de las selecciones nacionales. Y conviene recordar lo contentos y aprobatorios que se mostraban el año pasado los mismos feroces críticos que día con día le salen hoy a José Manuel. Él, naturalmente, sigue siendo el mismo. Y sigue poniendo la misma cara inexpresiva y molesta, si acaso un poco más agria cada vez, conforme se suceden contrariedades y resultados insatisfactorios.

 

Raíz del problema

 

Algo que ni el Chepo ni nadie pueden remediar de golpe es el problema de la materia prima disponible. Una selección, de la categoría que sea, está basada en la capacidad de los jugadores que la integren. Y hace ya buen rato que el futbol mexicano perdió de vista axioma tan simple, para depositar toda su fe en el entrenador… y en la publicidad y el griterío mediáticos, particularmente los televisivos. Detrás está un desapego ancestral al cultivo del talento infantil y juvenil, base de cualquier futbol que aspire a alcanzar cotas superiores. Y cuando, a pesar de todo, llegan a surgir valores estimables, opera en automático su abandono y ninguneo, en beneficio de troncos de importación que por docenas y aun centenares han invadido impunemente nuestro futbol, en especial desde que se amplió el cupo de extranjeros. Problema acentuado en años recientes con la moda de los naturalizados, que si humana y diplomáticamente es irreprochable, resulta deplorable futbolísticamente hablando.

Y es que, entendido solo como negocio –mal entendido y mal llevado, por lo demás– el balompié mexicano sujeto a la televisión ha acabado por ponerse en manos de la nube de agentes que embaucan al directivo –ignorante hasta de la redondez del balón pero, eso sí, obligatoriamente enchufado al gobernador estatal en turno– al imponerle su muestrario de medianías, formado por los jugadores que no han logrado colocar en Europa, que es hoy la meta de todo futbolista joven y El dorado de cualquier club sudamericano que se precie.

De más está decir que semejante estructura solamente conviene al bolsillo de los tratantes de piernas y, en menor medida, a los jugadores de medio pelo que saltan de equipo en equipo. Pero por su propia naturaleza es incapaz de generar progreso para el futbol nacional.

 

¿Selección o pepena?

 

Ante la falta de jugadores de calidad, y la multiplicación de los torneos y compromisos internacionales, seleccionar lo mejorcito del medio se vuelve tarea ímproba. En esto sí hay bastante que reprocharle al Chepo de la Torre, y resulta alucinante ver defender la camiseta nacional –ya no verde sino negra, como el presente– a troncazos de la ralea de Joel Huiqui, Chatón Enríquez, el Topo Valenzuela o el inefable Miguel Layún –cuya celebridad viene de haber convertido un gol de penalti en la final de liguilla última, celebrada como gesta mayor sólo porque de pura casualidad la ganó el América–, y no andan lejos de tan pobre nivel futbolístico otros “internacionales” en la disputa de la actual Copa de Oro como el tigre Jiménez o el cementero Alejandro Castro, responsables de cometer, en alardes de torpeza notoria, sendos y decisivos autogoles durante la liguilla más reciente.

No abundaré, por haber sido tema de Semanálisis todavía frescos, en el relativo valor que en sus clubes europeos se otorga a los exportados que el Tri llama usualmente a filas. Ya veremos qué pasa en Portugal con Diego Reyes y Héctor Herrera, pero tampoco espere usted que se hagan de un sitio entre los titulares del Porto así como así.

 

El caos bajo la alfombra

 

Está, pues, suficientemente sentado y argumentado que hablar de clubes en referencia al futbol “profesional” de México es pura ilusión para una inmensa mayoría de casos. Franquicias y nada más, convenientemente sujetas a la ubre fiscal del gobierno en turno.

Y tampoco es que el aficionado ande tan desnortado como algunos suponen. La mejor prueba está en el paulatino abandono de las tribunas –única excepción, los noble o fanatizados o resignados seguidores de los equipos de Monterrey– y, sobre todo, la caída de la teleaudiencia que aún atiende las transmisiones del campeonato de Primera División. Este es, como no nos cansaremos de subrayar, el origen de la mentada Liga MX (muy equis, que dirían el adolescente y el redista social), ese ejercicio engañabobos de maquillaje mediático, tendiente a ocultar la inoperancia de los esquemas en que basan su actividad la mayoría de los mal llamados clubes profesionales. Y, por descontado, los directivos de la Femexfut, en su papel de servidores incondicionales de doña Tele.

Bajo tan tétrico panorama, pedirle peras o duraznos a un olmo tan firmemente sembrado en la entraña del futbol mexicano resulta incluso contraproducente.  Qué mejor demostración de lo dicho en este y anteriores apartados que la fuga hacia el ignoto futbol de Arabia Saudita del tanque ecuatoriano Christian Benítez, último gran goleador de nuestro balompié y figura fundamental para la coronación del América, que fue incapaz de retenerlo argumentando que “pedía mucho dinero” por renovar contrato. O las dudas, idas y venidas en torno a la permanencia de Teófilo Gutiérrez en la nómina del Cruz Azul, y no precisamente debido a su rendimiento de la temporada anterior –que fue de discreto para abajo– sino simplemente porque el River Plate “lo ha tentado”, y el colombiano, con lógica irrefutable, considera mejor vitrina el campeonato argentino –devaluado y todo– que el mexicano. Aunque allá gane menos plata. Ya decíamos, por cierto, que de estar en nuestras manos el destino del plantel y el entrenador celestes los habríamos liquidado a todos –salvo Corona y Flores– luego de su lamentable exhibición de incapacidad o desidia –o ambas cosas a la vez– en la final contra el América.

 

Ronda provinciana

 

Para no insistir en lo obvio –los tres cambios de franquicia y sede para el próximo minitorneo, los inevitables dislates del dueño de las Chivas, las numerosas súplicas para que el Chepo incorpore al Tri a flamantes argentinos naturalizados, el habitual trasiego de planteles y un etcétera todo lo vasto que usted quiera–, la semana anterior tuvimos ocupando primeras planas la insólita manifestación que seguidores del Atlas llevaron a cabo frente a la sede de la histórica institución rojinegra, luego de las declaraciones de su actual presidente que, para justificar la deuda de varios meses que tienen con sus futbolistas –y es de suponer que con los demás empleados del club de Colomos–, habló de la quiebra económica y posible desaparición del equipo. Son la misma gente que, hace par de años, se negó a abrir sus libros contables cuando se los solicitó un grupo de atlistas, encabezados por Rafael Márquez, interesados en adquirir los derechos de propiedad del equipo. Por lo demás, temas como adeudos, dobles contratos y demás delicias ligadas al pacto de gavilleros son en México pan nuestro de cada día desde tiempo inmemorial.

Botón de muestra a la mano, el silencio de la directiva de Lobos BUAP ante acusaciones por alterara actas de nacimiento de algunos de sus futbolistas. Con adosar culpas a los jugadores e invitar a la prensa a brindar por el futuro dieron por saldado el penoso asunto.

 

El caso Wolfson

 

Autor de la mejor y más completa recopilación estadística sobre la historia del futbol mexicano de Primera División, don Isaac Wolfson tuvo la gentileza de atender a un pedido de 100 volúmenes de su libro Los porteros del futbol mexicano –obra de gran valor y originalidad– por parte de la sedicente directiva del “club” Puebla de la franja. Suponiéndoles propósitos de generoso acercamiento de la historia al aficionado, puso un precio especial al lote, que tras serle aceptado en principio, al paso de los días sería objeto de innumerables regateos y amenazas de no pago, hasta que finalmente los presuntos compradores consiguieron nueva rebaja.

La entrega del lote de libros la había materializado Isaac el 11 de marzo pasado en las oficinas del Puebla, y durante los cuatro meses siguientes la directiva del equipo no se dignó honrar su compromiso de saldar la cuenta correspondiente, apelando a evasivas y falsas promesas indignas de una institución medianamente seria –y de personas honradas, por supuesto. Hasta que, sin decir agua va, burlándose de la ética y las formas del respeto más elementales, quienes malamente representan a una institución que lleva más de dos décadas al puro garete hicieron depositar en una estación de radio local el paquete con los 100 ejemplares de la obra de Wolfson para que dicha empresa los hiciera llegar, de regreso, al domicilio del reconocido autor y frustrado vendedor de su valiosa obra.

¿Ver para creer? Nada de eso. Simplemente, cada quien obra según su naturaleza y condición. Que si en Isaac Wolfson ha sido un limpio y desinteresado impulso creativo, en el caso de quienes dirigen los destinos del Puebla no podía ser sino una muestra más de ignorancia futbolística, ineptitud ejecutiva y miseria moral.

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