Jueves, julio 18, 2024

Soberanía y energía

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En México, el concepto de soberanía había caído en desuso durante la prolongada noche neoliberal que, referida a la energética, implicaba no alcanzar la posesión y control de ingredientes, indispensables para la generación de electricidad, fuerza motriz que permite mover los resortes industriales, la investigación, los usos tecnológicos o el confort humano.

Comandar la propia fuente continua, confiable y asequible de energía, es objetivo estratégico. Durante los últimos 40 años, oímos hablar del poco valor de ser soberanos y también independientes, con sus inapelables palabras lanzadas desde altos púlpitos ideológicos llenos de sofismas y verdades a medias. En el fondo, sostenían la idea de comprar en el exterior todo aquello que podía hallarse más barato y adecuado. Al seguir esta conseja, se fueron depreciando las capacidades internas para contar con lo necesario para el proceso integrado de producción, trasmisión y distribución. 

De esta perversa manera se desmembró a la compañía eléctrica nacional (CFE), y también a la petrolera, que se encargaba de los combustibles (Pemex). Ambas, pilares de apoyo para el desarrollo. Descuartizarlas era el propósito contenido en las reformas de Peña Nieto llevadas a cabo. Así, la producción nacional fue perdiendo la capacidad para generar y poner al alcance del consumidor la energía necesaria para mejorar su nivel de vida. Se abandonaba, por varias rutas y medios, lo que el país ya había logrado obtener en tiempos idos: la generación eléctrica junto con su transmisión y distribución a quienes lo requirieran. 

Ahora, con la política de soberanía energética, vemos como Pemex recupera su habilidad de producir lo que la industria y el consumo requieren. No será necesario importar petrolíferos. La factura por las importaciones era insostenible. Hay que alimentar con lo indispensable para el consumo propio. La CFE, por su parte, podrá impulsar la generación que asegure el abasto eléctrico de la nación en los años por venir. Pasará de ser una pequeña empresa eléctrica, que abastecía sólo 35 por ciento de las necesidades internas para adquirir una aceptable dosis de mando de, cuando menos, 65 por ciento al final de este sexenio. El resto lo proveerá el sector privado, que no será ya el motor eléctrico del país. Será subsidiario. Eso es, lo que se implica en el concepto nacionalización que difundió el Presidente López Obrador. Con la compra de las plantas generadoras de Iberdrola, la CFE liberará al erario de los enormes subsidios que transmitía a muchos industriales y comerciantes. La figura usada ilegalmente, el llamado auto abasto, irá desapareciendo. El ahorro así logrado con esta compra, adicionado por los contratos en poder de Iberdrola, implica cantidades mucho mayores a 6 mil millones de dólares. Se elimina así ese mercado paralelo y dañino para el país. 

La reacción conservadora asegura que se compró chatarra a precios elevados. Una solemne mentira interesada, basada en supuestos miopes. Los beneficios de instalaciones eficientes y utilidades futuras para México, son mayúsculos. Iberdrola fue una empresa por demás dañina en muchos sentidos, no sólo ayudó a formular la reforma peñista, sino que se aprovechó de ella de manera ilegal. Las inversiones externas en el sector energético, aún mantienen un amplísimo margen de operación. Con todo y ello, el incremento de la CFE en el mercado no se limitará contribuyendo, así, a fincar la soberana independencia energética. 

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