Silvestre II, el Papa que pactó con el diablo

Gerberto de Aurillac fue el papa del año 1000, conocedor de las tradiciones de los druidas fue un enamorado de la cultura árabe, las matemáticas, la astronomía y la filosofía. Como era un adelantado a su tiempo, fue acusado de pactar con el diablo. Corre el rumor de que su tumba suda cuando va a morir un papa.
Gerberto de Aurillac (975-1003) no era un tipo de los que, en el siglo X, se solía llamar corriente. Ya de crío, en su Auvernia natal, tuvo la insolente costumbre de preguntarse qué, por qué y cómo sucedía lo que pasaba cerca suyo. Un ermitaño de su pueblo, Andrade, le inició en las tradiciones druídicas. Poco quedaba de ellas después de la cristianización a espadazos de los ritos paganos que emprendió San Martín de Tours –que era tan burro y criminal que hasta le sacaron el cantar de que a cada cerdo le llega su San Martín– en el siglo IV. La magia celta tenía más de ciencia y filosofía de lo que parecía, pero también de adentrarse en la senda de la heterodoxia.

Con 12 años, unos frailes de Aurillac iniciaron a Gerberto en la ortodoxia, pero pronto se les acabó el qué enseñarle y el niño tuvo que marchar a Reims y a Barcelona. Los últimos años del primer milenio no eran, en lo que tiene que ver con la ciencia y las artes, el punto más álgido de la cultura cristiana. O tal vez sí, porque, al fin y al cabo, ¿no eran las ciencias, tanto las del Trivium como las del Quatrivium, las que tenían que adaptarse a la teología, a la única ciencia relevante? ¿Para qué quiere un buen cristiano investigar, si lo que tiene que saber ya le será revelado?

La soberbia juvenil, la insolente curiosidad, condujo a Gerberto a tierras moras. Quería estudiar las ciencias de los moros, decía. Los infieles, que ignoraban la verdadera fé, sabían más de matemáticas, física, astronomía y geografía que los devotos. Gerberto estudió en Córdoba y Sevilla, se juntó con Lupito de Barcelona, con el astrónomo Ben Lupi y con el matemático Guérin, en un batiburrillo insolente de religiones opuestas.

Volvió a la cristiandad con el cero y el sistema decimal –¡Qué herejía!– en un zurrón lleno de supersticiones árabes. Se instaló en Roma donde enseñaba el Quadrivium, inventaba artilugios y miraba constantemente al cielo. Dicen que construyó una cabeza de oro fundido que le dijo que sería Papa. En eso, la cabeza no era original, el emperador Otón I le dijo lo mismo cuando le nombro tutor de su hijo, el futuro Otón II.


Desconocemos si fue por mediación de la cabeza, del emperador o de alguna otra superchería, pero Gerberto de Aurillac tomó en propiedad la silla de San Pedro y, el 2 de abril del 999, se convirtió en el 139.º Papa de la cristiandad, con el nombre de Silvestre II, y podía atar, desde la Tierra, todo lo que quisiera atar en el cielo. Era un signo inequívoco del fin del mundo. Todos sabían que el nuevo Papa, el que viviría la escatología del fin del mundo, era un hereje, un endemoniado. ¿Para qué miraba, si no, tanto al cielo y las estrellas?

Cuando, entrados en el año mil, los romanos vieron que los jinetes del Apocalipsis se habían olvidado de su cita, echaron a gorrazos a Silvestre II y al emperador Otón I. En 1002, consiguieron retornar, pero Otón confundió la ciudad con la vida eterna y se murió nada más entrar. Silvestre recuperó su papado, pero con la condición de no meterse en política. Dicen las malas lenguas que a él le gustaba más meterse en la cama con un súcubo que le mandó Satanás que se transformó en mujer después de renunciar a la inmortalidad. Silvestre, por su parte, era francés y muy mortal y lo demostró, con creces, el 12 de mayo de 1003.
Escucha la historia completa en el podcast del Gabinete de curiosidades del Doctor Plusvalías.