Si no tengo reino, me hago uno

Orélie Antoine de Tounens medía un metro y sesenta y ocho centímetros, tenía una cara grande, con ojos pardos, cejas negras, nariz afilada, larga melena y, aunque había nacido labriego, muchas ganas de ser rey. Vino al mundo en Aquitania en 1825 y no conocía de nada la Araucanía ni la Patagonia, pero como al mirar el mapa vio que nadie se había pedido esas tierras del sur, se soñó rey de un imperio en ultramar.

Pero Orélie Antoine de Tounens, que había sido procurador ante los tribunales de Périgueux, era un hombre de derecho y no se soñó como tirano a gritos, sino, en silencio, monarca constitucional. Entre libros de exploraciones y libros de viajes trazó la aventura de su regio destino, un delirio que atravesó dos océanos, una franja de tierra y un país, Chile, que le serviría para aclimatarse primero y para despertarse con un cubo de agua fría después.

En 1860 cruzó hacia el sur el río Biobío y, por primera vez sus pies pisaron el territorio en el que hace tiempo habitaba su cabeza. Ya antes de ser rey, Orélie Antoine tenía un séquito para él solo. Le convoyaban un intérprete deslenguado que había olvidado todas las lenguas siendo sargento en el ejército chileno; dos traficantes franceses que nunca se habían imaginado ministros ni de un reino que no existe, y una mochila que contenía los símbolos de sus planes secretos: una bandera, un himno y una constitución.


Los araucanos, que bastante tenían con sobrevivir a los empellones imperialistas chilenos, no se opusieron a sus planes. Si aquel blanco del pelazo que llevaba un poncho sobre el traje y que apenas se sostenía sobre el caballo quería ser rey, que lo fuera. ¿Quiénes eran ellos para oponerse a las ilusiones de un extranjero que les trataba con pompa y circunstancia? Es verdad que los mapuches no sabían que era eso de ser rey. Sería una de esas cosas extrañas de los blancos, esa gente rara que se empeñaba en adaptar la tierra a ellos, en vez de acomodarse a ella.

El 17 de noviembre del año 1860, Orélie Antoine de Tounens emitió un real decreto que le transformaba en Orélie Antoine I, Rey de la Araucanía. Le debió coger el gusto porque tres días después se autonombró también rey de la Patagonia. Había sido una semana productiva, con solo dos decretos se había hecho mandamás del sur del mundo. Sus dominios se extendían entre el Pacífico y el Atlántico, el mar austral y el río Biobío. Con sólo tres funcionarios, un himno, una bandera y una constitución, controlaba, sin necesidad de conocerlos, miles y miles de kilómetros cuadrados. Así se lo hizo saber, por correo ordinario, al presidente chileno Manuel Montt

Sus súbditos salvajes hicieron lo mejor que se puede hacer con quien te quiere mandar: decirle que sí a todo y no hacerle ni puto caso, pero el traductor parlanchín estaba civilizado y le denunció al ejército chileno que le prendió cuando dormía la siesta bajo un sauce de su reino de la Nueva Francia y le acusó de soliviantar a los indios.

La prensa le condenó por farsante,  la psiquiatría por monómano y la medicina por enfermo de disentería, como no podía ser de otra forma, se le cayó el pelo, su pelazo, y el fiscal pidió su cabeza ahora que estaba monda. Al final lo encerraron en la Casa de Orates de Santiago de Chile, de donde solo salió porque el cónsul francés, que creía que «tenía un cerebro enfermo» prometió llevárselo de vuelta a Europa en un barco de bandera francesa que pasaría por las Malvinas.

La vieja Francia no hizo a Orélie Antoine I olvidarse de su reino de la Nueva Francia, del derecho de sus súbditos a ser gobernados y de sus legítimas aspiraciones reales. Acuñó moneda de su imperio del sur y vendió títulos nobiliarios, pero reinar a distancia no era tan divertido y, desafiando el olvido de sus súbditos y violando la prohibición de retorno, decidió volver a sus dominios. Cuatro veces lo hizo y cuatro veces fue expulsado.

El 17 de septiembre de 1878, murió en la miseria y en Tourtoirac, el pueblo que, por compasión, tuvo un viejo rey trabajando de lamparero municipal. Su tumba, en la que se lee Orélie Antoine I, rey de la Araucanía y la Patagonia, fue pagada por la caridad municipal.

En 1882, cuando el legítimo rey de la Araucanía y la Patagonia llevaba años criando malvas, Achile Laviarde se nombró heredero del trono. Desde entonces, y hasta hoy, el reino de la Araucanía y la Patagonia sigue teniendo soberano, himno, bandera y constitución.

Orélie Antoine de Tounens era francés. No tenía que ver con la Araucanía ni con la Patagonia, pero como vio que ninguna potencia se la había apropiado, se la pidió y se autoproclamó rey en 1860. Chile le capturó mientras dormía la siesta y le metió en un manicomio antes de expulsarle a Francia. Orélie Antoine no se desanimó y siguió reivindicando sus legítimos derechos reales. Volvió cuatro veces a su reino del sur y las cuatro fue expulsado. Sus herederon siguen reivindicando sus derechos.