El sábado anterior, el estadio Cuauhtémoc fue escenario de una escena particularmente dolorosa al par que reprobable. Adalberto Carrasquilla, jugador panameño de los Pumas de la UNAM, sin ninguna razón futbolísticamente válida le aplicó alevoso planchazo al portero del Cruz Azul Kevin Mier provocándole una fractura tibial que lo mantendrá durante varios meses alejado de su actividad profesional. La tal jugada, prácticamente sin balón de por medio, fue tema obligado de la comentocracia en plataformas y cadenas televisivas especializadas durante toda la semana. Asombrosamente, lo que debió ser una condena unánime del escandaloso proceder del agresor se transformó en improcedente controversia, dominada por el propósito de atenuar la responsabilidad del panameño y, en el colmo, hasta de convertir a la víctima en blanco de críticas “por no seguir las disposiciones de la FIFA en lo tocante a instrumentos de protección”, en este caso el supuesto blindaje que brindan al futbolista unas espinilleras del peso y materiales adecuados.
En una de las cadenas de paga, al ser interrogado a botepronto acerca de si procedía mostrarle tarjeta roja al agresor, un árbitro profesional en retiro, Eduardo Brizio Carter, respondió que lo de Carrasquilla, más que de tarjeta roja, era de ministerio público. Ante lo cual la grey de los ex se le fue encima encabezada por el Tuca Ferretti, que consideró incluso excesivo el cartón amarillo, mientras su colega de al lado ilustraba al teleauditorio recordando que “el futbol es un deporte de contacto”.
De contacto, sí, pero no de alevosía, premeditación y ventaja en perjuicio del contendiente. Contaba César Luis Menotti que, contratado por el Atlético de Madrid, se encontró con que uno de sus pupilos sería el vasco Aitor Goicochea, el mismo que años atrás, en un Athletic de Bilbao-Barcelona, a la sazón entrenado por Menotti, le había causado una grave fractura a Maradona en agresión brutalmente parecida a la Carasquilla sobre Mier. Ante la natural inhibición de su nuevo pupilo, Menotti lo tranquilizó empleando un símil vial: “Reconozco y aplaudo tu pundonor y bravura profesionales, y doy por descontado que disputas los balones sin ninguna mala intención; solamente te pido que no seas como el que conduce su auto a 200 kilómetros por hora en el centro de la ciudad, y si provoca un accidente, alega arrepentido que no era ésa su intención”.
En síntesis, la cuestión no es si Carrasquilla fracturó a Mier intencionalmente o todo se debió a que su desmedido amor a la camiseta Puma lo impulsó a buscar “a 200 kilómetros por hora” un balón que ya no estaba ahí, puesto que Mier acababa de despejarlo. Tampoco debe situarse en el centro de la discusión eso de que “el futbol es un deporte de contacto”. El verdadero problema, la causa de fondo de que Kevin Mier sea en estos momentos un damnificado y el Cruz Azul se haya quedado sin portero titular de cara a la definición del campeonato, está en otro lado. Y tiene que ver con la reconversión de un deporte más cercano a una esgrima, que se basaba en la gramática del cuerpo y premiaba el talento, en una disputa fundamentalmente física, impulsada por el dóping invisible del dinero y las exigencias de un medio insaciable, que condiciona a los directores técnicos –y estos, en consecuencia, a sus jugadores– a seguir sus impulsos más agresivos como requisito indispensable para su continuidad profesional. De ahí la ya normalizada costumbre con que la publicrónica justifica las “faltas tácticas” o acepta como válidos los zafarranchos en el área al cobrarse un córner y los agarrones, codazos y caballazos en cualquier zona del campo cuando dos o más jugadores buscan sacar alguna ventaja, esté o no de por medio el balón, ya que “el futbol es un deporte de contacto”.
De contacto sí, pero siempre dentro del reglamento, antes de que nuestro deporte favorito tenga más parecido al rugby blindado a la gringa –el sedicente futbol americano–, que a esa fiesta de la habilidad y la imaginación que tanto nos hicieran gozar los Pelé, Garrincha, Best, Maradona, Sócrates, Beckenbauer, Zindane o Messi. O, para el caso, los Chava Reyes, Claudio Lostanau, Manuel Manzo, Antonio Carlos Santos, Fernando Bustos, Manuel Lapuente, René Paul Moreno, Jorge Aravena, Ramón Ramírez, Alex Aguinaga y tantos más.
La psicosis mundialista. A medida que se aproxima la Copa del Mundo de 2026, la mecha del entusiasmo está convirtiendo el preámbulo en obsesión. El pasado lunes, la presidenta Sheinbaum trasladó su conferencia mañanera a Los Pinos para recibir de manera festiva a una representación de la FIFA y los organizadores locales, enfatizando el apoyo de su gobierno al inminente Mundial EU-México-Canadá, donde la parte del león se disputará en estadios de la Unión Americana pero nuestro país acogerá, a falta de partidos estelares, el que el 11 de junio venidero servirá para inaugurar el torneo, por supuesto con el Tri sobre el campo y algún tierno e innominado pichón como probable contendiente. Pero tenemos derecho a ilusionarnos, lo mismo que la federación y las subsedes nacionales –CDMX, Guadalajara y Monterrey–, al incurrir en importantes gastos para mejorar sus respectivas infraestructuras urbanas y acoger a los millones de visitantes –¿será verdad tanta belleza?– ansiosos por llenar los estadios y rugir al son de las hazañas de sus favoritos.
Es un tanto lamentable que tan buena disposición del ánimo popular –y del recurso público–, no cuente con la garantía de espectáculos acordes, dado que un Mundial con 48 equipos podrá obtener beneficios económicos nunca vistos, por vía sobre todo de la televisión y para las arcas sobre todo de doña FIFA, pero en realidad, esa programación tributaria del gigantismo banaliza al torneo y lo convierte, a escala internacional, en un desfile de escuadras de primera, segunda y tercera división, donde las que alcancen las instancias definitorias lo harán en plena curva de rendimiento descendente, dado el desgaste del esfuerzo sostenido y los incesantes recorridos a través del inmenso territorio de los tres países designados.
Y eso sin contar que en el nuestro solamente se jugarán 13 de los 104 encuentros previstos, todos de la primera fase. Y a que el torneo no pagará impuestos al fisco, de acuerdo con lo pactado, firmado y asegurado por la FIFA con el gobierno inmediato anterior a los de la 4T.
Abandonado a su suerte. En la presentación oficial del Mundial 2026 en la mañanera del pasado lunes 10, en Los Pinos, la doctora Sheinbaum respondió a la pregunta de si tenía algún mensaje para la Selección Nacional que será anfitriona del torneo respondió con un enfático deseo de “mucha suerte” para los jugadores por lo mucho que sentimentalmente representan para la gente. Eso, muchísima suerte es lo más que puede esperarse que acompañe al Tri durante su campaña mundialista, dado que esperar gran cosa de su capacidad futbolística nos está vedado.
El sábado, en Torreón, el equipo de Javier Aguirre cubrió uno más de sus encuentros de “preparación” –palabra mágica que sirve para ahuyentar cualquier asomo de decepción–, empatando sin goles con su similar uruguaya. No puede decirse que los charrúas hayan tomado el partido a la ligera, de hecho estuvo a punto de desatarse un zafarrancho entre los jugadores, nacido del ardor con que se repartió caña en los últimos minutos de un choque que concluyó en medio de tupida rechifla, manifestación inequívoca del estado de ánimo prevaleciente entre el público ante la exhibición de impotencia futbolística que acababan de ofrecerle ambos conjuntos.
Los Verdes –que no serán ya ratones pero nunca acaban de convertirse en felinos–, presentaron un cuadro más coherente en alineación, estructura y orden. Firmes atrás –excelentes Montes y Vásquez como mancuerna central y bien los laterales Reyes y Gallardo–, con la confianza que da tener un guardameta firme y seguro como el Tala Rangel, sería eso lo mejor del equipo. Porque la media trabajó a destajo, Edson con su eterno problema de coleccionar amarillas por entradas a destiempo o francamente violentas, Chiquito Sánchez y Marcel Ruiz trajinando sin parar. Pero nadie para organizar verdaderas ofensivas capaces de amenazar a un rival demasiado cómodo en su papel de parapetarse atrás para absorber sin mayores problemas los muy esporádicos ataques del once local. Donde Alvarado, el más en forma, anduvo poco inspirado, Raúl Jiménez se vio desencanchado y sin toque, y el Chuky Lozano fue la sombra de otros tiempos antes de que una aparente lesión apurara su cambio. Su reemplazante, el chamaco Gilberto Mora se movió con sentido sin encontrar eco en sus compañeros y fue, en realidad, el único en salvarse de la quema –ni siquiera el gol que tuvo y no entró lo condena, hizo lo que correspondía dado lo atrás que tomó ese balón. En el carrusel de cambios del segundo tiempo fueron ingresando Pineda, Lira, Berterame, Obed Vargas y Diego Láinez y tampoco pasó nada con ellos.
Podrá argumentarse que hubo bajas notorias en el grupo de Aguirre, pero éstas (Giménez, Huerta, Quiñonez…), no son nada frente al cúmulo de ausentes que presentó la celeste de Bielsa, que puso sobre el campo a, por lo menos, medio equipo B, echando mano de elementos que juegan en equipos mexicanos como el portero Mene (Monterrey) y los americanistas Aguirre y Rodríguez. Aún así, a Uruguay le bastó con el magistral manejo de los tiempos y movimientos de Bentancur, el centro medio –no siempre titular– del Tottenham.
En el rifirrafe de los últimos minutos mucho tuvo que ver el pésimo arbitraje de un tal Morón, que entre otras lindezas se comió tranquilamente dos penaltis clarísimos, uno de cada lado.
México-Paraguay. Jugarán mañana en Dallas a partir de las 7 y media de la noche. No se esperan grandes cambios en relación con pasados enfrentamientos, pero ojalá nos llevemos una buena sorpresa. Con un poco –o un mucho– de la buena suerte que le deseó al Tri la presidenta Sheinbaum.
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