Martes, enero 13, 2026

San Pedro o el Auditorio de la Reforma

El debate no es estético, sino ético. No se trata de dónde lucen mejor los atriles, sino de dónde resuene con dignidad, el trabajo de más de 80 músicos profesionales que en un esfuerzo verdaderamente formidable, cada semana ofrecen un programa distinto.

La forzada reubicación de la Orquesta Sinfónica del Estado de Puebla (OSEP) del histórico Auditorio de la Reforma a las instalaciones del San Pedro Museo de Arte es mucho más que un simple cambio de sede. Es un síntoma claro de una política cultural errática, desarticulada, desencajada y francamente, irrespetuosa con su institución artística de mayor jerarquía.

Mientras los calendarios marcan el cierre de otro mes de actividad cultural y ya casi un año de sorpresas musicales inolvidables, la OSEP se encuentra en un incomprensible contorno acústico y logístico. La decisión de exponer a la Orquesta en el patio del ex-Hospital de San Pedro, por muy noble que sea la historia del recinto virreinal, revela una profunda desconexión entre la gestión administrativa y las necesidades operativas del arte sinfónico. Es, en esencia, la elección de usar a la cultura como un ornamento sobre la obligación de garantizar su óptimo desarrollo profesional.

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Sin embargo, es digno de reconocer que aún así, la orquesta se escucha extraordinariamente bien. Pero la OSEP requiere condiciones específicas para su funcionamiento. Necesita una sala con una acústica diseñada para contener y proyectar el sonido de una masa orquestal completa, un foso adecuado, camerinos funcionales y lo más importante, que es brindar una mayor capacidad para el público que la sustenta, semana con semana, a través de la asistencia a conciertos que han sido memorables.

El museo de San Pedro, aunque es una joya arquitectónica de Puebla, falla en varios rubros. Al ser un patio abierto, la sonoridad es, en el mejor de los casos, un compromiso para los músicos y en el peor, una distorsión. Los metales se dispersan, las cuerdas se pierden y la riqueza tímbrica se diluye, convirtiendo la experiencia sinfónica, que debería ser inmersiva, en una mera audición al aire libre.

Pero más allá del aspecto técnico (yo no soy músico), está la limitación del acceso al público. El Auditorio de la Reforma, con su aforo robusto, estaba diseñado para acoger a las masas. El uso de espacios reducidos en San Pedro restringe el número de asistentes, erigiendo una barrera entre la orquesta y el pueblo que la financia, contradiciendo el espíritu de democratización de la cultura que debería abanderar una institución pública.

El aspecto más irritante de esta polémica reside en la existencia y el reciente historial del Auditorio de la Reforma. Hace poco tiempo, ese recinto fue sometido a una inversión millonaria para su rehabilitación. Un gasto significativo de recursos públicos se destinó a poner a punto esta sala y se declaró, de manera oficial y solemne, como la casa permanente de la OSEP. Entonces como ciudadanos tenemos el derecho a preguntar, por qué invertir cuantiosas sumas de dinero en renovar un espacio, si la decisión final es dejarlo inactivo y trasladar su función a un lugar menos apto. Esta acción tiene dos lecturas, ambas demoledoras. O fue una falta de planeación monumental, gastando recursos sin tener una estrategia de uso clara, o es una muestra de control político que prioriza la activación temporal de un inmueble (San Pedro) sobre la vocación permanente de una institución (la OSEP).

El Auditorio de la Reforma, además de ser funcional para la generación de música, es un ícono de la memoria histórica y la cultura de la ciudad. Su abandono, tras ser rescatado con dinero del erario, se convierte en un símbolo del desperdicio de la inversión pública y la inconstancia administrativa.

​Este traslado forzoso revela una visión distorsionada de lo que es la política cultural en Puebla. ​Cuando se prioriza el uso temporal de un museo -cuya vocación principal es la exhibición y conservación de obras plásticas- por encima de las necesidades técnicas de una orquesta, se envía un mensaje inequívoco, con un menosprecio inmerecido al artista y su trabajo, priorizando la burocracia y la conveniencia política, que para los ciudadanos comunes y corrientes son en muchas ocasiones vistas como ordinarias, vulgares, prosaicas e ignorantes y me refiero específicamente a la burocracia y la política.

La Orquesta Sinfónica de Puebla no está pidiendo un capricho. Exige un derecho operacional básico. Exige que el gobierno la dote de las herramientas mínimas para poder cumplir con su responsabilidad pública, que es llevar música de calidad a la mayor cantidad posible de poblanos. Exige que el erario público, que se invierte en su existencia, no se diluya en mudanzas forzadas y acústicas deficientes.

La indignación ciudadana, que se ha manifestado incluso con el grito de ¡San Pedro no, La Reforma sí! en medio de conciertos, es el eco de una sociedad que entiende que la cultura no es una experiencia reservada a unos cuantos, sino un derecho fundamental que debe ser garantizado con una infraestructura adecuada.

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​El gobierno del estado de Puebla debe rectificar esta decisión. El respeto por el patrimonio histórico (San Pedro) no debe ser el pretexto para el menoscabo de nuestro patrimonio artístico vivo (la OSEP).

​La exigencia es clara y sencilla. La Orquesta Sinfónica de Puebla debe regresar a su sede legítima y funcional, que es el Auditorio de la Reforma. Se deben garantizar las condiciones óptimas de ensayos, se debe dotar de un presupuesto digno y, sobre todo, se debe escuchar a los músicos y al público.

​La política cultural de Puebla tiene la oportunidad de demostrar que valora a sus artistas no solo en el discurso, sino en el espacio donde realmente su arte cobra vida. Que el sonido de la Orquesta Sinfónica no se ahogue en los límites de una acústica inapropiada. Que el arte se escuche con la dignidad que merece.

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​Y esta es la hora. Es hora de que la música vuelva a casa. Es hora de que se valore a los extraordinarios músicos que la recrean semana con semana. Es hora de que son respete a quienes apreciamos el arte. Y definitivamente, es hora de que se deje de silenciar a nuestra sobresaliente institución que es la Orquesta Sinfónica del Estado de Puebla.

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