Sábado, noviembre 27, 2021

San Pedro Cuaco de Benito Juárez

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No es extraña, por recurrente, aunque es absolutamente reprobable, la conducta del sacerdote Humberto Victoria Martínez en el pequeño pueblo de San Pedro Benito Juárez, antes conocido como San Pedro Cuaco, localidad de unos 5 mil habitantes en las laderas meridionales del volcán Popocatépetl, perteneciente al municipio de Atlixco.

Desde que fue asignado a esta región por la arquidiócesis de Puebla, hace seis años, este personaje dio muestras de un pleno desconocimiento de los usos y costumbres comunitarios de una población de origen nahua y hablantes del idioma náhuatl en su mayoría. La impresión que me quedó, después de escuchar las quejas de algunos habitantes de San Pedro y de haber leído un informe sobre la situación que actualmente se vive en el pueblo, escrito por la antropóloga Cecilia Vázquez Ahumada, es que este sacerdote, mentalmente, está desembarcando de una de las naves que llegaron a las costas de Veracruz en el siglo XVI.

Ignoro cuáles sean las materias que se cursan en el Seminario para preparar a los jóvenes como sacerdotes, pero salta a la vista que tienen una formación exclusivamente teológica y ni una pizca de lecturas antropológicas, ni siquiera de los cronistas religiosos de los siglos XVI y XVII que nos dejaron información muy valiosa sobre la cultura mesoamericana, aunque, por supuesto, condenado todo aquello que no comprendían como obra de Satanás. Sería muy conveniente que estos novicios tuvieran alguna información sobre los pueblos originarios de su país, ya que van a convivir con ellos y sus tradiciones ancestrales, que afortunadamente, en la actualidad, están protegidas por leyes constitucionales y deben ser respetadas y valoradas como patrimonio tangible e intangible de sus regiones y en muchos casos como patrimonio del estado o la nación.

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De modo que sólo una mentalidad torpe y obtusa puede calificar estas costumbres como propias de seres no racionales, de “huarachudos” ignorantes que mantienen ataduras con un pasado deplorable en sus hábitos y rituales religiosos. Ello a pesar de que la religiosidad popular practicada en estos pueblos proviene, en buena medida, tanto de la evangelización católica como de la organización religiosa implementada durante el virreinato a través de las mayordomos y los fiscales, que con sus ayudantes cuidan los templos, sus documentos históricos, los objetos rituales y artísticos de la iglesia y organizan las fiestas patronales convocando a su comunidad, y de esta manera fortalecen la convivencia familiar y social, así como las redes de intercambio y distribución de bienes y alimentos que garantizan una sana horizontalidad identitaria entre los habitantes.

A diferencia del personaje de la novela de Unamuno, San Manuel Bueno Mártir, que siempre hizo el bien y supo crear un ambiente de armonía en su comunidad a pesar de que íntimamente dudaba de la existencia de Dios, nuestro personaje ha logrado fomentar la discordia entre los fieles fracturando a una comunidad tradicionalmente unida, en dos bandos: el minoritario de sus allegados y el mayoritario que le ha pedido amable pero firmemente que abandone el pueblo, ante la pretensión del sacerdote de trasladar el archivo parroquial a Coyula, otra junta auxiliar vecina, con los documentos históricos desde siempre custodiados por las autoridades religiosas del pueblo de San Pedro.

Pero no sólo eso, ha pretendido negar el estatus de Parroquia a la iglesia de San Pedro, que lo ha sido desde tiempos remotos, diciendo en forma amenazante que ahora sólo será una Capilla.

La justa indignación de los mayordomos y fiscales del pueblo ante la amenaza de despojo de su acervo histórico, los condujo a organizarse y solicitar la intervención del INAH, que supo responder y actuar oportunamente poniendo a salvo los documentos, libros y mapas que conforman la memoria colectiva de San Pedro Cuaco. Asimismo, ADABI (Apoyo al Desarrollo de Archivos y Bibliotecas de México) realizó el registro de los archivos municipal y eclesiástico para tranquilidad de los habitantes y la regidora Julieta Camacho proporcionó el mueble que hoy resguarda varios documentos históricos.

Debo resaltar la entusiasta participación de los jóvenes de la comunidad, algunos de ellos profesionistas bien preparados, que valoran y defienden sus raíces culturales con gran sensibilidad e inteligencia.

Queda pendiente la confirmación del estatus de Parroquia que los habitantes de San Pedro esperan conseguir por parte de la Arquidiócesis, así como la designación de un nuevo párroco para poder recibir los sacramentos en su lugar de origen y no tener que trasladarse a un lugar que consideran ajeno para obtenerlos.

La comunidad académica de antropólogos e historiadores que hemos trabajado en la región de los volcanes desde hace muchos años, estamos pendientes de que este problema se solucione en favor de los legítimos requerimientos de la gran mayoría de los pobladores de San Pedro, confiando en que su satisfacción devolverá nuevamente la cordialidad, el respeto y la amistad entre sus habitantes.

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