Viernes, agosto 19, 2022
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San Isidro I: casta mexicana en Las Ventas

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Al cabo de dos semanas de rodaje, la vuelta a San Isidro como la cita mayor del toreo arroja un balance más que satisfactorio: dos tardes memorables de El Juli, la vigente casta de Roca Rey, la puerta grande de Tomás Rufo y la muy destacada participación de los mexicanos incluidos a regañadientes en la cartelería. Por lo demás ha habido toros y novillos notables, ya por su buena casta, ya por su toreabilidad y clase. Y una corrida de La Quinta, que debutaba con cuatreños en la isidrada, de personalidad muy santacolomeña y algún toro bueno de verdad. Notables garcigrandes. Y dos novilladas de alta nota, algo mejor la de Los Maños que la de Mayalde.

Paisanos. A priori, poco se habló en España de la participación mexicana y prácticamente nada del agravio comparativo que evidenciaba. Pero vistos los logros de los cuatro paisanos anunciados, el reconocimiento es unánime. Para empezar, Arturo Gilio impactó más con su toreo que por la seria cornada recibida del novillo de su triunfo (lunes 9). El 16 llegó el formidable golpe asestado por el moreliano Isaac Fonseca, que sacudió a la afición madrileña. Y el siguiente día trajo la responsable y entregadísima actuación de un Joselito Adame, torpemente discutida y pobremente valorada, y sin embargo uno los sucesos de la primera mitad de la isidrada. Como lo fue, ayer mismo, la triunfal confirmación de alternativa de Leo Valadez, coronada con el corte de una oreja arrancada al palco por el emocionado público madrileño.

Valadez: oreja para la historia. La penúltima para un mexicano en Las Ventas se la cortó Joselito Adame a “Rondeño” de Alcurrucén (19.05.19), pero desde ayer toca hablar de la del jabonero sucio que cerraba plaza, “Manchego” de Torrealta, y de Leo Valadez. Ya le habían pedido, tibiamente, la de “Descreído” de García Jiménez, un noble colorado que se apagó pronto y con el que El Fandi le confirmó a Leo su alternativa zaragozana (10.10.17); el debutante lo toreó muy templadamente por el pitón izquierdo y lo estoqueó a toda ley. Pero el golpe definitivo iba a tener otros condimentos: la variedad capotera, un brillante tercio de banderillas protagonizado por los tres espadas. Y una manera de quedarse quieto y pasarse los pitones del paliabierto burel  por las espinillas y la faja mientras el jabonero sacudía violentamente la cuna más pavorosa de la feria. Hasta que llegó la cogida, aparatosísima, y tras ella la desafiante reacción del torero, crecido hasta más allá del tejado de Las Ventas –la plaza en tensión, los pases de un ceñimiento asfixiante—; y con el fulminante volapié el indiscutible apéndice. Pasó Leo a la enfermería aturdido y golpeado, aunque no tanto que no hubiera tenido ocasión de saborear una ovación de las que quedan grabadas en las piedras y en el ánimo de la primera plaza del mundo.

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Orgullo y pasión. Antes, el martes 17, José Guadalupe Adame había protagonizado el drama más desnudo y genuino de la feria. No sería concebible, claro, sin “Carantoña”, que resumió en su trapío –imponente—y en su comportamiento –amenazante y fiero—lo que es el toro de lidia en su máxima expresión. Colorado de pinta, hondo, alto y con dos velas imponentes apuntando al cielo, tumbó sin miramientos al primer piquero y llegó casi crudo a la muleta. El serio saludo de Joselito, lanceando del tercio a los medios, aguantando derrotes sin descomponerse, daba fe de una decisión de triunfo ya evidenciada ante el segundo sobrero de Antonio Borrero –primero tris–, noble pero de poca duración, en faena que suscitó leve petición pese al pinchazo. Pero lo de de “Carantoña” fueron palabras mayores.

Lo habían banderilleado de lujo Tomás López y Fernando Sánchez. Y de súbito, la estatuaria firmeza de José para el primer ayudado por alto desmadejadas por la terrorífica voltereta, de muy mala caída, asestada por un animal que se le vino como un tren, por el lado izquierdo, vencido y al bulto. Y a partir de ahí, la lección de entereza de un hombre que, prácticamente conmocionado, le planteó, a aquel animal con el sentido y la fuerza enteros y alertas, un desafío a cara o cruz que no rehuyó los cites de largo con el compás abierto y total asentamiento de plantas, el trazo mandón y templado de cada muletazo, la rotundidad de los pases de pecho y hasta una tanda por el intocable pitón zurdo de “Carantoña”, aguantando gañafones sin pestañear. No le espantó ni siquiera un parón y una torva mirada por ese mismo lado: resistió a pie firme y completó el de pecho derechista como si nada. Y todo esto mientras del 7 salían voces hostiles, reprobadas con siseos y críticas desde distintos sectores. Manoletinas al filo del abismo completaron la obra, y dos viajes rectos apuntando a la altísima cruz del de Arauz –pinchazo y estocada entera–, a lo que siguió una lenta agonía y una inexplicable ausencia de pañuelos en el tendido, que finalmente reaccionó, obligando a recorrer el anillo a quien acababa de rescatar la dimensión heroica del toreo, maltrecho y medio groggy todavía.

Un torbellino sacude Madrid. La tibia respuesta del público a la gesta más genuinamente estoica de la feria contrastó con su total aceptación, el día anterior, de la tauromaquia integral y la vivaz puesta en escena de Isaac Fonseca, en derroche de imaginación y frescura. Con total desparpajado y llamativo sello propio. Y además toreando, desde su quite al abreplaza, sorprendente mixtura de saltillera, gaonera y caleserina –puros lances mexicanos—, hasta el estoconazo que abatió a “Hortelano II”, noble colaborador de pelo castaño que había aliado su alegría a la de aquel novel vestido de verde bandera y oro; al día siguiente, la crítica hablaba de una posible puerta grande, malograda por par de pinchazos previos a la estocada que abatió al estupendo utrero de Mayalde, cuya faena inició, arrodillado en los medios, con dos cambiados por la espalda, para desarrollar  una obra que tuvo originalidad, estructura, seguridad y temple sin abandonar nunca ese toque novilleril que, entre tantos aspirantes fríamente técnicos, estábamos echamos de menos.

Isaac Fonseca, protagonista de un debut casi soñado, había saludado a la muerte de su primero y dio una clamorosa vuelta al ruedo tras la conmoción provocada en el quinto.

Gilio: mala suerte, porvenir halagüeño. Templado y torero siempre, mucho más cuajado que sus alternantes hispanos, Arturo Gilio hijo fue el primer mexicano en comparecer en la isidrada y, como sus paisanos Fonseca y Adame, debió cortar, por lo menos, la oreja de su segundo novillo, un cárdeno nevado de Los Maños boyante y bueno pero no exento de raza. Con él, Arturo había terminado por romper el hielo que presidió su primera faena, también completa y mandona y muy torera, mal correspondida con una simple salida al tercio. Ya la oreja del cárdeno era prácticamente suya y estaba por montar la espada cuando lo cazó una arrancada a destiempo: el pitón zurdo de “Tostadino” lo prendió por los machos y, en el piso, le machacó la pantorrilla derecha produciendo una cornada de 25 centímetros que causó grandes destrozos y le impidió volver al bicho según era la notoria intención del coahuilense, cuy casta le viene en los genes. No llegó a estoquearlo, pero por menos se han dado orejas en Madrid. Todo quedó en ovación, larga y sentida, eso sí.

El Juli, como nunca. Maestro en plenitud, Julián López se ha permitido bordar a uno de los toros modélicos de la feria –el cárdeno plateado “Bellotero”, de La Quinta—y convertir en dóciles colaboradores a dos astados más bien inciertos como “Gañafoto” y “Hospiciano”, éste con hierro Domingo Hernández. Sería impropio dejar en solvencia técnica e infalible comprensión del toro lo que ya es alta y manifiesta sabiduría. ¿La Puerta grande? Debió abrirla dos veces, pero entre la espada y los presidentes se la cerraron, empeñados éstos en aplicarle un rasero especial –con olor a sabotaje– al maestro madrileño. Pero la dimensión que ha dado El Juli no se puede reducir a estadísticas. Tanto su purísima faena a “Bellotero” como la acentuada lentitud y redondez izquierdista que fueron sus faenones a “Gañafoto” (día 11) y “Hospiciano” (20), están en la cima más alta de este San Isidro.

Roca Rey, en su sitio. Para el peruano el reto era mayúsculo. De entrada se encontró –corrida de Victoriano del Río, jueves 19—con un público inhóspito y exigente. Lo domeñó como lo hace con los toros, como hizo con ese “Cóndor”, sexto de la tarde, que ni valía gran cosa ni daba para una faena larga. La sublimó la intensidad que en todo momento puso el limeño apoyado en esa inmovilidad asfixiante que caracteriza su toreo pero también en el cercano roce de los diamantes, la clara y rotunda caligrafía, el temple de muleta baja y la despierta imaginación, más contenida en Madrid que en otros lares. Una lástima sus desaciertos al descabellar. Porque era, también, faena de puerta grande. Parte de la crítica descubrió que el inca ahora sí torea y no sólo hace el tancredo. Allá ellos.

Talavante: regresar no es volver. Luego de tres años sabáticos, Alejandro se anunció cuatro tardes en este San Isidro. En la primera, la del improcedente mano a mano con Juan Ortega, cortó una oreja de tantas a base de muletazos cortos y de brusco muñequeo. Nada que ver con el inmortalizador de “Cervato” y “Esparraguero”, del Zalduendo de Almería el año 15, de la revelación mexicana del invierno 2010-11. Y el viernes 20, su respuesta a la apoteosis de El Juli estuvo marcada por un tremendismo muy poco talavantista –quien fue rey de lo repentino insistiendo hasta lo exhaustivo en arrodillarse y destorear viendo al tendido–. Paradójicamente, sus mejores momentos –naturales de trazo clásico y dormida lentitud al apagado tercer Garcigrande—fueron ninguneados por un público servil a las consignas del 7.  Vale seguir atentos, a la espera del gran Talavante.

La puerta grande de Rufo. Fue en la tarde de su confirmación de alternativa – el viernes 20, con “Cascabel”, colorado ojo de perdiz capirote y rebarbo: nobilísimo—, al que a base de temple y apostura le cortó merecida oreja. De obsequio, en cambio, la del sexto, arrancada por un público dispuesto a castigar al presidente por su absurda negativa a acceder a una abrumadora petición previa tras el faenón de El Juli. Pero hay torero, vaya que hay torero. Con veintidós años y apenas diez corridas toreadas, Tomás Rufo lo reúne todo: intuición, serenidad, técnica impecable y una expresión estética basada en el reposo y el temple. Esta vez lo favorecieron las circunstancias y el lote más boyante del desigual encierro de Garcigrande-Domingo Hernández. Pero salvo imponderables el futuro es suyo.

Fascinación y riesgo. Hubo, previa a la heroica de Joselito Adame, una faena que encandiló por su pasmosa suavidad y lentitud. La suavidad la puso el pastueñísimo “Campiña”, tercero de Arauz de Robles; la fina y cadenciosa lentitud Ángel Téllez, joven artista ignorado de las empresas. El público, fascinado. No coronó Téllez su melodiosa faena pero lo obligaron a recorrer el anillo. A mí me devolvió a los éxtasis estéticos del toreo mexicano de las décadas 60 y 70. Éxtasis tras el cual se perfilaba ya el nefasto post toro de lidia mexicano. Delicatessen para hoy, hambre para mañana. Cuidado.

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