Jueves, octubre 21, 2021

Sacrificio y canibalismo

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Recientemente leí un reportaje de Claudia Peiró publicado en el portal de Infobae titulado “El canibalismo imperial de los aztecas, una verdad incómoda para los críticos de la Conquista” cuyo contenido va dirigido a justificar la conquista de Tenochtitlan para salvar a los habitantes de este lado del mundo de la “tiranía” de los aztecas (mexicas, como debe llamárseles). Para ello, la autora se centra en el sacrificio humano, actividad que para ella es una verdad incómoda que echa por tierra los argumentos que los críticos de la Conquista esgrimen; para argumentar lo anterior, se vale de lo escrito por Marcelo Gullo Omodeo en su libro “Madre Patria”, desmontando la leyenda negra desde Bartolomé de las Casas hasta el separatismo catalán” publicado recientemente. “La otra cara de la leyenda negra sobre la colonización de América por los españoles- dice el reportaje- es la idealización del mundo precolombino, “pintado como” un Edén en el que los indígenas vivían en armonía entre sí y con la naturaleza. La grandeza de la cultura azteca, plasmada en sus monumentales construcciones, o el ‘socialismo’ inca eran elementos de un relato que encubría un dominio implacable de esos imperios sobre otras etnias a las que sojuzgaban, explotaban, saqueaban y, en ciertos casos, devoraban. Literalmente”. Claro, el reportaje tiene lugar por las controversias generadas entre el actual gobierno mexicano representado por el presidente Andrés Manuel López Obrador y por el gobierno español y grupos que defienden la postura europea en este sentido. La disculpa pública exigida por el gobierno mexicano a su homólogo español, ha sido el pretexto perfecto para que grupos conservadores en América y en España -tristemente representados por Vox-, alcen la voz y defiendan el papel “heroico y civilizatorio” de Hernán Cortés y colaboradores en los acontecimientos que se fueron sucediendo desde que pisaran tierras continentales en 1519. Desde hace varios años y en preparación de las conmemoraciones que se están llevando, las redes sociales han estado encendidas en ambos sectores y he leído una buena cantidad de expresiones lamentables, la gran mayoría surgidas de la visceralidad más basta y sin argumentos y lo peor es que exhiben un colonialismo patente. Es decir, se encuentran atrapados ambos argumentos en la denominada “conquista” como el parteaguas indudable de la construcción de la historia de América y de su proceso civilizatorio. Comento lo anterior pues sé que muchos de los que lanzan discursos “indianófilos” tienen en su vida cotidiana actitudes racistas y coinciden en la necesidad de “modernizar” a esos “indios”, obstáculo del crecimiento de la nación. Por otro lado están los que ven en la llegada de los europeos la entrada triunfal de la modernidad y el “mejoramiento de la raza”, lo mismo que la eliminación del “salvajismo” que caracterizó a los pueblos mesoamericanos. Tal salvajismo se centra en la práctica del sacrifico humano y en el canibalismo. Una fuente del reportaje, y que ha sido a su vez argumento de los “hispanófilos” es el libro de Gullo, en especial en el capítulo denominado “Las verdades políticamente incorrectas” y en su apartado “Los Aztecas, el imperialismo antropófago”. En este apartado, Gullo cita constantemente la “Breve Historia de México” de José Vasconcelos (1936) para sustentar sus afirmaciones, con el convencimiento quizá, de que nadie en nuestro país puede negar la “verdad” o la “justa” dimensión de las afirmaciones del en su momento ateneísta. Sin embargo, se equivoca. De acuerdo con David Brading en su libro “Mito y Profecía en la Historia de México”, Vasconcelos afirmaba la existencia de tres edades: la primera, centrada en el militarismo y la fuerza; la segunda, centrada en la política y la razón a través de la ciencia; la tercera, la estética o espiritual cuyo motor sería el amor y la belleza lo que implicaría la paz y la concordia. En este sentido, según Brading, para Vasconcelos “Asia y Europa eran decrépitas y nada propicias, África era aún informe, sólo América ofrecía esperanzas de un nuevo principio a la humanidad. Sobra decir que los Estados Unidos no figuraban en este placentero prospecto: los éxitos que en ese entonces alcanzaban eran la prueba de que pertenecían enteramente a la segunda fase de la historia, la era de la industria, la ciencia, la competencia. En pocas palabras, era Hispanoamérica, portuguesa y castellana, la que ahora entraba en su periodo de Destino Manifiesto. En todo esto, el hijo promisorio, la raza escogida, era el mestizo”. Claro, siguiendo estos argumentos, el pasado prehispánico no sería más que un preámbulo de la “gracia” que vendría con los europeos y los indígenas, seres que sobrarían en ese proceso. Como afirma Brading “En 1936 publicó una Breve historia de México donde abanderaba los colores de un hispanismo conservador. El pasado azteca era totalmente condenado como un despotismo bárbaro, manchado por el sacrificio humano y la guerra perpetua. Por el contrario, saludaba a Cortés como aotro Quetzalcóatl portador de paz y civilización para el sufrido pueblo de México, adaptando así su filosofía a la versión franciscana en la que el conquistadora parecía como un nuevo Moisés. (…) La Breve historia es una irritante invectiva donde quedó plasmado su viraje desde una visión generosa, omnicomprensiva, de su periodo en el poder hasta el amargado vituperio de su exilio. En sus últimos años, Vasconcelos hizo por fin las paces con la Iglesia, expurgó su biografía para adecuarla al consumo pío y terminó sus días como apologista del catolicismo, más inclinado a leer a Hilaire Belloc que a Plotino”. Resulta conveniente para Gullo utilizar a ese Vasconcelos atribulado, abiertamente partidario de la eugenesia y promotor del mestizaje como el modelo a seguir para sustentar cualquiera afirmación que critique a los mexicas, especialmente si se coloca sin rigor científico. Las fuentes que cita son muy antiguas y rebasadas y se usan sin críticas sin fundamento. El libro no es científico en pocas palabras. En cuanto al sacrificio humano y la antropofagia, en el reportaje se cita un artículo de divulgación que desarrollaron los investigadores Alfredo López Austin y Leonardo López Luján sobre el sacrificio humano y que está disponible en el portal de Mesoweb. En ese texto se enfatiza la necesidad de contrastar las fuentes escritas por los españoles en el siglo XVI con los trabajos arqueológicos, todo sustentado en el trabajo científico de varios especialistas para ofrecer una visión más cercana a la realidad. Citan los trabajos de varios autores entre los que están Christian Duverger, Yólotl González, Michel Graulich, entre otros, que además sonde reciente factura. Es decir, mucho se ha dicho y escrito sobre este tema como para que primero Gullo y luego la reportera pudieran profundizar en el tema y no colocar a estos autores como los que ofrecen una visión más “benevolente” del asunto. Como afirman los autores, “Si la práctica del sacrificio humano estuvo tan difundida en el mundo antiguo –incluida Mesoamérica–, cabría preguntarse porqué el estereotipo se aplica casi exclusivamente a los mexicas. Parte de la respuesta se encuentra en los fundamentos ideológicos de este juicio valorativo, el cual fue acuñado desde el momento mismo de la llegada de los españoles al continente americano. Como es sabido, España y Portugal debían justificar antelas demás monarquías europeas el privilegio otorgado por el papa Alejandro VI en1493 para adueñarse del Nuevo Mundo, con la obligación de ‘adoctrinar a los indígenas y habitantes dichos en la fe católica e imponerlos en las buenas costumbres’. Como consecuencia, los españoles se arrogaron el papel de defensores de la cristiandad. Uno de los argumentos centrales que esgrimieron para legitimar sus conquistas fue el hallazgo de una religión autóctona que tenía entre sus prácticas más reprobables el sacrificio humano y el canibalismo. Alegaron que su misión incluía la erradicación por la fuerza de dichas costumbres con el propósito de salvar vidas y almas inocentes”. El sacrificio humano existió como una práctica ritual en el periodo prehispánico en todo el territorio que se denomina hoy Mesoamérica, y hay evidencia de que se dio desde el periodo Preclásico (entre el 1500 aC y el 200 dC) hasta la llegada de los europeos y todavía muchos años después en la zona del Petén gobernado por los Itzaes y que no fue conquistado sino hasta finales del siglo XVII. De hecho, López Austin y López Luján nos dicen que estas “y otras evidencias corroboran la información gráfica y textual contenida en las fuentes documentales del siglo XVI, y nos llevan a concluir indubitablemente que el sacrificio humano fue una práctica fundamental de la religión mexica. Al mismo tiempo ponen de manifiesto que los datos cuantitativos de las fuentes son exorbitantes. Hay una distancia desmesurada entre los restos esqueléticos de 126 individuos hasta ahora encontrados en todas las etapas constructivas del Templo Mayor y 13 edificios aledaños, y las 80 400víctimas que se mencionan en dos documentos para un solo evento: la inauguración de una ampliación del Templo Mayor en 1487. A este respecto, es interesante agregar que el mayor número de cadáveres asociados a un edificio religioso del Centro de México haya sido registrado en la ciudad de Teotihuacan, del Clásico, y no en Tenochtitlan. Las excavaciones realizadas en el Templo de Quetzalcóatl por Rubén Cabrera y Saburo Sugiyama dieron a conocer que esta pirámide de 150 d.C. fue consagrada con el sacrificio de al menos 137 individuos, casi todos guerreros. Y en fechas recientes, restos de 37 individuos fueron encontrados en el interior de la Pirámide de la Luna”. Más adelante, al relacionar el sacrificio con la cosmovisión de los pueblos mesoamericanos, enfatizan nuevamente la importancia de una explicación científica que “irá más allá del enjuiciamiento, puesto que intentará alcanzar explicaciones objetivas y corroborables mediante el estudio de los orígenes y transformaciones de los acontecimientos históricos, de las costumbres y las instituciones religiosas, y delas interrelaciones sociales del sacrificio”. Para ello, considero parte de este trabajo científico el ubicarse como observador del fenómeno atendiendo a los tiempos y lógicas establecidas por los pueblos mesoamericanos por siglos y quenada tenían que ver con los sistemas morales, religiosos o siquiera legales de Europa. Peiró afirma en su reportaje que los críticos de la conquista debieran criticar con los mismos argumentos a los mexicas “por el genocidio” que según ella, con evidencias obtenidas del libro de Gullo, habrían realizado. Lo cierto es que no se pueden ocupar los mismos argumentos pues se trata de cosmovision es totalmente distintas y que deben ser analizadas en su justo nivel. Hacer proyecciones desde nuestro presente moderno hacia ese pasado prehispánico no sólo es engañoso sino también puede derivar en juicios erróneos y perniciosos. Aquí vale la pena recalcar que el sacrificio fue una práctica necesaria para el equilibrio de las fuerzas que estaban en juego desde una óptica mesoamericana y que el consumo de carne humana ritual no sería antropofagia sino “teofagia”(devorar a una deidad) pues el sacrificado se convertía en el recipiente de la deidad y dejaba de ser una persona. Por el otro lado, por supuesto que se pueden hacer proyecciones de nuestro presente “moderno occidental” a ese pasado “moderno occidental”, el de los europeos que, con el pretexto de llevar modernidad y civilización, realizaron todo tipo de atrocidades. Leyenda negra o no, lo cierto es que hubo abuso, expolio, masacres, esclavitud y numerosas lacras que la modernidad permitía en condiciones determinadas -todavía hoy las permite disfrazadas de “empleo” en maquilas en todo el orbe, por ejemplo-. Es tiempo ya de respetar otras epistemologías y dejar de creer que existe un pensamiento único. Que alguien argumente y que alguien le crea que la caída de la gran Tenochtitlan tendría para muchas otras comunidades originarias el mismo significado que la caída de Berlín para las víctimas del holocausto judío – como sostiene Gullo- no sólo representa un juego perverso de palabras, sino una fiel representación del triunfo de la ignorancia tan buscada por nuestros sistemas neoliberales actuales.

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