Sábado, octubre 16, 2021

Racismo a la mexicana ¿A poco no lo sabía usted?

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Parece, parece que no sabe.
No sabe con quien trata
ese prieto barrigón.
¡Soy la reina, la reina por bonita!
Y un jicote aguamielero
no cuadra con mi amor.
(“El jicote aguamielero” Cri Cri)

Con el ascenso del nazismo al poder, la guerra mundial desencadenada por las ambiciones expansionistas que afectó directa o indirectamente a todo el planeta y posteriormente “el descubrimiento” de la existencia de campos de exterminio donde se realizaban experimentos “científicos” en las razas “inferiores”, se reveló en toda su crudeza la ideología supremacista que sustentó el demencial plan de Hitler. Ese racismo extremo tiene sus correspondencias en prácticamente todos los países del orbe y parte en algunos casos del ideal de una raza pura, misma que la ciencia ha demostrado que no existe. Ni las comunidades más apartadas como serían los lapones o samis del norte de Europa, los inuit (antes esquimales) de América del Norte o algunos grupos pequeños de África y Oceanía son de raza pura, todos somos mestizos porque desde tiempos muy remotos se han producido combinaciones étnicas que abarcan a la humanidad entera.

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La desconfianza, sospecha o miedo a los “otros”, aquellos que son diferentes a mi y a mi grupo, aunque también puedo reconocerme en ellos, nutren ese rechazo. Esos “otros” pueden estar en nuestra ciudad o en nuestro barrio, o bien ser desconocidos, extranjeros cuyo aspecto físico es diferente y su lengua nos es incomprensible y en algunos casos su apariencia, idioma y costumbres son totalmente distintas a lo que hemos conocido, no obstante, nuestra cercanía con los medios audiovisuales y la Internet. Es sobre esos “otros” de quienes nos formamos juicios y adoptamos frente a ellos una postura de rechazo, aceptación igualitaria o de sumisión que define nuestras creencias y deseos.

El racismo está invariablemente asociado con el clasismo y en México es muy notorio de que si eres blanco eres superior a los morenos, un atavismo del periodo colonial. Sólo hay que notar las expresiones de muchas personas que al conocer a una criatura recién nacida dicen:

—Qué chulo está tu niño, es un güerito. Se le ven los ojos verdes—. Por lo que la orgullosa madre, exhalando un hondo suspiro antes de responder al “halago”, repone:

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—Sí, comadre, le voy a lavar el pelito con agua de manzanilla para que se le aclare más y creo que lo de los ojos verdes viene de la familia de mi mamá, porque mi “recontra abuelo” tenía los ojos color de aceituna.

De ahí se explica el rechazo sistemático hacia las personas con rasgos indígenas tachándolos de prietos, cambujos, trompudos, pelos necios; particularmente los campesinos son insultados como “indios pata rajada”, “sombrerudos”, “trenzudas”, huarachudos, “camisa e´manta”, “patas de polvorón”, “flojos”, cochinos, etc.

Dentro de las ciudades el “blanco” del racismo-clasismo se centra en los barrios pobres habitados por “nacos”, “chúntaros”, “macuarros”, “plebe” y “chairos”. Quienes profieren esos adjetivos despectivos y altamente ofensivos no toleran siquiera la proximidad con estas personas, practicando así la “insana distancia”. Recientemente con la difusión de la multipremiada película “Roma” de Alfonso Cuarón, a la par que muchos manifestaron su beneplácito por el éxito logrado por la cinta, otros señalaron su desprecio a la actriz Yalitza Aparicio a quien le vaticinaron únicamente futuros papeles de “gata”. Actrices mexicanas —güeras pintadas y pambaceadas— desacreditaron a Yalitza por no provenir de los medios clásicos de la formación actoral, que no son precisamente las escuelas, sino las televisoras creadoras de una tipología femenina que todos conocemos: rubias, esbeltas, con chichis, nalgas y nariz operadas, voz tipluda y maneras afectadas.

He visto en numerosas ocasiones, en el supermercado, que algunas señoras clasemedieras generalmente le hablan de tú a los empleados, pero se hacen las ofendidas si la respuesta del trabajador se hace con el mismo tratamiento confianzudo que practican ellas. Lo mismo sucede con los meseros, acomodadores de coches, trabajadores manuales, vendedores ambulantes y otras personas a quienes estos fulanos y fulanas consideran social y étnicamente inferiores y por ello les faltan al respeto intencionalmente hablándoles de tú. Con respecto a la discriminación contra los negros, quiero mostrarles la definición de “denigrar” en el “Diccionario de uso del español” de la extraordinaria lexicógrafa María Moliner:

“Denigrar (del lat. denigrãre, poner negro, manchar) tr. Desacreditar o criticar a una persona, o dirigirle a ella misma insultos o juicios despectivos.”
(sigue un amplio catálogo de usos de este verbo y sus derivados, todos ellos poseedores de connotaciones negativas).

Así, los negros en la lengua cotidiana son ejemplo de lo malo y lo feo. Las expresiones “como cena de negros” alude al desorden y voces de un grupo de personas; algunos racistas caribeños, frente a algunos negros, hacen saber a sus amigos próximos su repudio frotando discretamente el dedo índice de una mano sobre el dorso de la otra para señalar la piel negra como el origen de cierta conducta que ellos consideran impropia. En otra columna me refería a las canciones de Cri Cri como “La negrita Cucurumbé” que quería ser blanca como la luna, como la espuma que tiene el mar o “El negrito sandía” un pícaro redomado cuyo ascendiente directo es el “Negrito poeta” del siglo xix, para situarlas en su contexto original y no juzgarlas con criterios contemporáneos.

La envidia es otra motivación para denostar racial y socialmente a las personas cuyo tono de piel es cobrizo o más oscuro. Cuando algunos se cruzan con una persona morena que porta un traje costoso no resisten decirle a los “cuates de sus confianzas”

—Ya viste a ese güey con el tacuche que se anda cargando… ¡lástima de trajecito! Pero si el portador de la elegante prenda fuera de tez blanca el comentario sería:

—¡Órale! con ese señor, trae un traje de muy buena marca y muy caro.

Ese mismo sentimiento de desear lo que no se tiene, corresponde a la creencia de algunos “tarugos” que afirman que los hombres negros están mejor dotados anatómicamente que los “despercudidos” y por eso desconfían de la otra afirmación “negro, pero cariñoso”. ¡Vaya usted a saber si sean ciertas esas aseveraciones!

Muchas canciones mexicanas, en un país donde predominamos los mestizos, exaltan la tez pálida como sinónimo de hermosura, tal es el caso de “Mujer”, de Agustín Lara, que se dedica a una dama “alabastrina”, no sé si únicamente por lo blanco o por el frío glacial de su piel; aquella canción yucateca llamada “Manos de armiño” que concede a la mujer amada unas blancas manos de armiño, se supone que es por la blancura y no por el hirsutismo que podría padecer la fina damita. La canción del cubano Antonio Machín,

“Angelitos negros”, trata de reivindicar a los negros, pero basta una estrofa para darse cuenta de la argumentación fallida:

Siempre que pintas iglesias
pintas angelitos bellos,
pero nunca te acordaste
de pintar un ángel negro.

En México el maquillaje es un recurso muy usado por algunas mujeres para aparecer más blancas y en ocasiones su exceso las puede confundir con actrices del antiguo teatro tradicional japonés conocido como Kabuki. Muchas personas están convencidas de que la piel blanca es socialmente más aceptada que la morena y esto me recuerda a las hijas de una pareja que conocí hace algunos años en la que el varón era muy moreno y la señora más o menos blanca; en algún momento la hija mayor, entonces una niña morena de apenas 6 años, se talqueaba la carita para mostrarse más blanca con lo cual ponía de manifiesto el racismo doméstico que vivía en su propia casa.

¡Cortés, regresa por los que dejaste! Es una expresión racista ante desprecio que algunos sienten por las personas de tez morena y rasgos indígenas en nuestro país. El racismo a la mexicana es negado por quienes lo practican, es generalmente encubierto, pero asoma ante la mínima provocación; es hipócrita, porque aún a sabiendas de la repulsión que sienten hacia los “otros”, se disfraza de caridad y se manifiesta en una limosna material o en un gesto de aparente condescendencia. La historia colonial de América Latina nos informa de la exigencia española, secular y religiosa, de contar con una certificación de “pureza de sangre”, para garantizar no sólo la filiación religiosa, sino la supuesta superioridad de la piel blanca, la cual se encontraba en la cúspide de una —conjeturada— división colonial en castas.

Algunos diminutivos encierran una intención racista (dije algunos ¿eh?) como, “japonecito”, “chinito” e “indito”, por nombrar los más comunes, porque no decimos el “alemancito” o el “norueguito” ¿verdad? La proposición popular: “No tiene la culpa el indio, sino quien lo hace compadre” es la demostración palpable del racismo a la mexicana que invita a no confraternizar con los considerados “inferiores” para que no “se vayan de abuso”, para que no sean “igualados” con los que se creen “superiores”.

Aunque muchos lo nieguen, el racismo se encuentra tan a flor de piel en muchos mexicanos que no vacilan en invocar a la Biblia como respaldo de sus aseveraciones, con lo cual les permite proclamar que de acuerdo con el Génesis (Gen 3:19,23): “Entonces el Señor Dios modeló al hombre con arcilla del suelo y sopló en su nariz un aliento de vida. Así el hombre se convirtió en un ser viviente” y de esta manera concluyen, con olímpico menosprecio, que “todos estamos hechos del mismo barro, pero no es lo mismo bacín que jarro”.

Y el jicote aguamielero,
con bigotes de aguacero,
rezumbando regresó a su maguey;
sin rubores en la frente,
porque ultimadamente
a la sombra de las pencas es el Rey.

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