Viernes, agosto 19, 2022

¡Qui´ubo mi ranita!

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El tema de esta semana es verdaderamente inmenso, prácticamente inabarcable, porque la sustitución del nombre o la identidad de las personas es muy común, obedece a muchos y muy diferentes propósitos. Los apodos, alias, remoquetes, seudónimos, hipocorísticos y nombres “especiales” abarcan a la casi la totalidad del género humano —casi en exclusiva a los hombres—; todas las clases sociales, toda la geografía, todas las actividades, todas las edades, etc. En nuestro país nunca falta que nos identifiquen y en algunos casos nosotros mismos nos identificamos con algún apodo que prueba nuestra ascendencia o integración al grupo, como “el Oaxaco” o “el Inge”. Los “remoquetes” se adjudican considerando la actividad laboral, algún rasgo físico, algún sucedido o cualquier otro motivo que merezca “rebautizar” a las personas. Recuerdo a cuatro hermanos conocidos como “los Mameyes”, en tiempos estudiantiles, de los cuales el mayor fue quien recibió originalmente ese apodo y lo heredó a los demás. Los impostores o suplantadores adoptan un nombre falso para cometer sus fechorías y no ser descubiertos.

“¿Quién es quién?

Los seudónimos literarios y artísticos han sido una práctica ordinaria usada por algunos autores para ocultar su verdadero nombre; también cuenta el calificativo que según los lectores y los críticos otorgan a los creadores reconocidos como el caso de “El manco de Lepanto” cuyo nombre fue Miguel de Cervantes Saavedra, “El Greco” se llamó Domenikos Teodokopolus; “Pablo Neruda” era el sobrenombre de Neftalí Reyes, “Lewis Carroll” era el alias de Charles Lutwidge Dodgson, “Gabriela Mistral” fue el seudónimo de Lucila Godoy Alcayaga; Quino, el célebre caricaturista, se llamó Joaquín Lavado Tejón, etcétera. Un caso muy reciente es el de los tres escritores que ganaron el Premio Planeta 2021 con el seudónimo colectivo de “Carmen Mola” en el que se ampararon Jorge Díaz, Agustín Martínez y Antonio Santos, asunto que enfureció a más de una feminista radical.

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“No se les cree ni el bendito”

En los deportes y en el medio del espectáculo casi todos tienen apodos que unidos o no al nombre verdadero se convierten en la forma de identificarlos, lo que se conoce como el “nombre de tablas”; es decir aquellos motes con los que se identifican muchas personas en los clásicos escenarios de piso de tablas de los teatros, de ahí el nombre. Sería ocioso enumerar los apodos de estas personas, porque están presentes en los noticiarios y en toda publicación relacionada con estos temas. En las canchas, en el pancracio, en las pistas, en la duela, en la alberca, delante y detrás de bambalinas la mayoría tienen sus sobrenombres; por cierto, ¿alguien conoce el verdadero nombre de “el Chicharito”?

Los miembros de las bandas de narcotraficantes, ostentan sobrenombres con los que son conocidos y temidos los cuales son infaltables en su ambiente delincuencial; aunque los apodos muchas veces no revelan las características principales de esos rufianes como “el Señor de los cielos”, “la Barbi”, “el Charro”, “el Pozolero”, “el Jumer”, “el Lazca”, “el Chapo”, “el Güini Pu, “la Perra”, etcétera. De antaño, los individuos que pertenecían a las organizaciones criminales ostentaban motes que los identificaban, al grado de que sus verdaderos nombres no son conocidos mas que en las fichas policiales como “Chucho el roto” cuyo nombre fue Jesús Arriaga, “el Bandido de la luz roja” llamado Caryl Chessman o “Jack el Destripador” cuya identidad no se ha llegado a conocer.

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Por otro lado, los “nombres de guerra” son aquellos seudónimos con los que se conoce a los combatientes clandestinos, los cuales son usados para evitar que se cometan represalias en contra de sus familias y así guardar el anonimato, es el caso “el Subcomandante Marcos”. Otro de los más célebres es el del guerrillero “Carlos” (Ilich Ramírez Sánchez), llamado por algunos periodistas como “el Chacal” en razón de los atentados terroristas que perpetró. Hay que decir que estos calificativos tienen un propósito político usado para denostar a los enemigos del estado, como es el caso de la denominación del grupo guerrillero Euskadi Ta Askatasuna nombrado, de común acuerdo, por la prensa española y la de otros países de habla hispana como “la banda terrorista eta”.

Pero en el ambiente social, de cualquier clase o estrato, los apodos son cosa corriente y muchas veces desconocemos el nombre verdadero de alguien, pero sí recordamos su apodo. En el mismo caso está “el Desafinado”, nombrado de esta manera porque se decía injuriosamente que su mamá era de “mala nota”. El clásico apodo de “la Corcholata” se les asigna a algunos que les “gusta empinar el codo”, porque cuando no están en el suelo están pegados a la botella; “la Autopista” a un individuo con cojera, porque tenía varios pasos a desnivel; “el Diosito” era un sujeto metiche que estaba en todas partes y nadie lo podía ver, “la Taza” era un fulano al que le faltaba una oreja, “el Pulques”, apodado así por blanco y por baboso; “el Tamal, porque cuando no estaba en el bote estaba crudo; un exgobernador de Veracruz era conocido por “el Peón”, por tener la boca chueca y comer de lado, como los peones del ajedrez. 

Los apodos de animales abundan, por el parecido físico de la persona, por ejemplo: “el Sapo”, “la Marrana”, “la Araña”, “el Gato”, “la Hormiga”, “la Elefanta”, “el Chivo”, “el Chintete”, etc. Conozco personas que tienen estos apodos y muchos más que sería tedioso enumerar y que seguramente corresponde igualmente a la experiencia de ustedes. Todos conocemos a algún “pollo” a lo largo de nuestra vida y seguramente fueron apodados de este modo por su aire juvenil, por sus características físicas, por su vestimenta, por su ocupación, etc. Pero conocí a un “pollo” que ofensivamente era llamado así, porque se decía que había nacido a los 21 días que se casaron sus padres.

Entre algunos apodos de personajes históricos de México tenemos a Antonio López de Santa Ana era conocido como “el Quince uñas” porque perdió una pierna en una acción militar. Francisco I. Madero fue apodado por la prensa reaccionaria como “el Enano del tapanco”, Venustiano Carranza fue llamado en forma halagüeña como “el Varón de Cuatro Ciénegas” (Coahuila), pero él y sus “contlapaches”, “los Carranclanes”, dieron origen al verbo “carrancear”, sinónimo de despojo y saqueo; “el Nopalito” fue el remoquete de Pascual Ortiz Rubio; Lázaro Cárdenas fue conocido por “el Avión”, Gustavo Díaz Ordaz como “el “Chango”, Carlos Salinas de Gortari “el Chupacabras”, Ernesto Zedillo como “Pedillo”, porque salió sin querer; a Vicente Fox “la Chachalaca”, Felipe Calderón como FECAL o “el Borracho”, Peña Nieto “el que Expende ejote” y Andrés Manuel López Obrador como “el Peje” o últimamente “el Cacas”, de acuerdo a sus irascibles opositores; los poblanos, al menos, no olvidamos las lindezas de Mario Marín (a) “el Gober precioso”.

“Concha” se convirtió en la Coni, “Coco” en el Yorch, “Licha” se convirtió en mi Alis y Memo en el Güili”.

Los hipocorísticos o “nombres de cariño” son usados para nombrar a los niños y prácticamente todas las criaturas, por lo menos los de habla hispana, los tienen dentro de su ambiente familiar; algunos se mantienen entre los amigos, pero se pierden en las listas oficiales ya que éstas se ordenan por los apellidos primero y el nombre después. Los aplicamos de manera natural; así llamamos al chamaco o chamaca cariñosamente con un diminutivo o alguna apócope de su nombre. En las últimas décadas se han impuesto los equivalentes afectuosos de los nombres en inglés para tratar de parecer cada vez más gringos: Rosi es Rous, Carlitos ahora es Charli, Helenita es Jelen, Benja es Benyi, Lica es Anyi, Juanito es Yoni, Lupita es Guali, Felipín es Filip y sigue la mata dando.

“¿Soy o me parezco?”

“Quien esté libre de culpa que tire la primera piedra” es una frase del Evangelio de San Juan, (mi Yoni) que dirige Jesús (el Yesus) a aquella “bola” de revoltosos y “rajones” que fueron a acusar a una mujer adúltera, sorprendida in fraganti (con las “tarzaneras” en la mano) y quienes ya preparaban hartas piedras para lapidarla, de acuerdo a la ley judía de entonces.

¿Díganme quién de ustedes conoce su apodo? ¿Quién ha llamado a algún prójimo o prójima por su sobrenombre? ¿Alguien de ustedes ha puesto a alguna persona un remoquete? Contesten honestamente y no anden tirando piedras a lo loco. Les saluda afectuosamente el autor de estas letras, Manuel de Santiago (a) “el Cardenal”.

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