Jueves, agosto 18, 2022
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¿Quién teme a la democracia participativa?

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Sobre la democracia, como categoría fundamental de las ciencias sociales, no existe una definición universalmente aceptada. Incluso, hay quien cree en la existencia de la “democracia sin adjetivos”, como si no existieran las clases sociales o la sociedad fuera homogénea.

Actualmente, existen dos grandes corrientes sobre la democracia: Una, es la democracia representativa y, otra, la participativa. Con variantes, la primera se basa en elegir y delegar las decisiones a los representantes electos, es decir, quien elige no decide; la segunda, se sustenta en la participación directa del pueblo, es decir, sin intermediarios, para elegir y decidir..  

La democracia representativa mantiene, en manos de las élites, el poder de las decisiones fundamentales de la sociedad, mientras la participativa requiere ampliar los espacios para la participación directa, y sin límite, de la población a la que la tradición democrática representativa no le concede capacidad para plantear y encontrar solución a los problemas nacionales. En consecuencia, la democracia se limita a la participación ciudadana a elegir a quienes considere con mayor capacidad para solucionar los problemas. Al ciudadano sólo le corresponde decidir por quién votar y llevar al Congreso a los individuos “más capaces”, aquellos que, se suponé, tienen la preparación e inteligencia consideradas superiores a la de la población; así, al votar, importa más el sujeto que el proyecto, por eso los spots promocionales en tiempos de elecciones se parecen mucho a la promoción de una mercancía, mientras las plataformas políticas llegan poco a los electores. Esta visión de la democracia, elitista, y en buena medida supremacista, sustituye las decisiones populares por la razón técnica; de esta manera, se desliza la creencia de que las clases dominantes tienen los méritos suficientes (capacidad, educación, conocimientos, tradición, etc.) como para delegarles la toma de las decisiones fundamentales y, en nombre del pueblo, gobernar el país; esto abrió a los tecnócratas ––que tienen el conocimiento, pero no el poder––, el acceso al aparato gubernamental porque “ellos si saben administrarlo””. La divisa de quienes defienden esta forma de democracia, tan cara al capital, es: “votas y te vas”. Se trata, finalmente de una de una “democracia” sin pueblo, donde se privilegia la delegación, de manera que las decisiones siguen en manos de los intereses de la oligarquía, que dispone del poder real.

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En México, hasta antes del triunfo de López Obrador la democracia representativa era un rito electoral que desalentaba la participación popular en los procesos electorales; con el tiempo, cada vez menos ciudadanos creían que la política se redujera a ir a una especie de supermercado para elegir el producto mejor presentado. El resultado, En esos años, de partido único, se simuló la República y, al mismo tiempo, la propaganda fortalecía la idea de que la democracia representativa era la única posible. En este entorno, no era extraño que los trabajadores votaran por los partidos de sus enemigos de clase.

Por su parte, en la democracia participativa la soberanía popular tiene prioridad absoluta sobre toda “delegación” del poder, es decir, con su participación directa la población asume su soberanía para decidir sobre los asuntos de Estado. 

Es precisamente en este último punto, donde se puede encontrar el rechazo de la derecha a establecer, como forma de decisión la participación social, pues el ejercicio de poder se hace colectivo. Con esto, se arrebata a la elite uno de sus pilares, y creen su privilegio indiscutible: decidir el rumbo del país, que creen es de su propiedad. 

En este momento, una arista de la lucha de clases en México lo representa la decisión sobre la democracia. Mientras el establishment pretende frenar la participación popular en la toma de decisiones y ejecución de los acuerdos, cada vez más ciudadanos impulsan la democracia participativa y se avanzó un trecho más al lograr la consulta popular sobre la revocación de mandato. Fueron ciudadanos quienes tomaron la iniciativa, la llevaron al Senado y reunió, con creces, las firmas que exige la Constitución, lo que obligó al INE a organizar, a regañadientes, la votación y contarla. 

La democracia participativa ha recibido un importante impulso al dar los primeros pasos en un camino tan largo como decida el pueblo. Esto ya comenzó y no lo para nadie.

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