Viernes, julio 19, 2024

¿Qué es el obradorismo?

Destacamos

En torno a qué es y qué no es el movimiento obradorista podemos decir muchas cosas, más de las que podemos apenas esbozar en estas páginas. No han sido pocos los analistas que han insistido en el carácter indescifrable de este movimiento social, político y electoral que desde hace cuatro décadas se empezó a gestar lentamente en un espacio geográficamente localizado en el sureste hasta llegar a tener presencia mayoritaria en prácticamente todo el país.

Es cierto que el obradorismo tiene como dinamizador principal a un dirigente social que se forjó en la calle y en el trabajo de base entre los sectores populares y las clases trabajadoras. Es cierto también que se trata de un líder carismático, percibido como alguien que habla por los de abajo, que defiende sus derechos, además de que se opone a las élites políticas que durante décadas han saqueado al país y lo han entregado a la oligarquía y a los intereses extranjeros.

Ya como presidente, el líder del movimiento obradorista es identificado socialmente como un hombre bueno, dispuesto a combatir la corrupción y, sobre todo, preocupado por lograr el bienestar de los que menos tienen, de los explotados, pero principalmente, de los excluidos por el modelo neoliberal. También se le reconoce como alguien persistente, que ha sabido enfrentar la adversidad, capaz de levantarse una y otra vez de las derrotas que de manera tramposa le han propinado sus adversarios en años anteriores.

Además de que ha enfrentado a sus oponentes del pasado y finalmente los ha derrotado en las elecciones de 2018, al dirigente de este movimiento se le reconoce la capacidad que tiene para enfrentar todos los días a quienes manipulan la verdad a través de noticias falsas y las usan para difamarlo y confundir a la población. El presidente no se doblega y se mantiene firme ante los ataques constantes que la oposición tiene montados de manera permanente a través de los medios de comunicación al servicio del viejo régimen.

Un rasgo distintivo del presidente López Obrador que le identifica con el pueblo trabajador es su incansable actividad que empieza con una fatigosa agenda que da inicio con jornadas laborales desde las seis de la mañana y se prolonga hasta los fines de semana y días festivos. Es común escuchar en la calle que nunca se había tenido un presidente que trabaje tanto, lo que demuestra su amor por el pueblo.

El obradorismo se expresa electoralmente en un partido, pero al mismo tiempo es mucho más que eso. Es un movimiento de masas que aglutina a quienes, sin ser militantes de Morena, simpatizan con el discurso, las acciones, la forma de gobernar o lo que representa el presidente. En ese sentido, el movimiento desborda a la organización política partidista, su capacidad de movilización no se reduce a los procesos electorales y su producción social ocurre en las esferas prácticas de la vida cotidiana. La marcha del pasado 27 de noviembre es una clara muestra de ello.

El obradorismo ha representado también para amplios sectores de la izquierda de este país la forma concreta de hacer posible lo deseable, de materializar lo que durante muchos años solo fue teoría y discurso académico.

Es por lo anterior que podemos afirmar que el obradorismo posee a un dirigente político y social que es en sí mismo un símbolo que condensa varias imágenes y figuras: la del luchador social surgido del pueblo, el estratega político, el hombre trabajador, honesto, bondadoso, que busca el bienestar de los más pobres, que se comunica sin el lenguaje rimbombante de la seudo-intelectualidad. A López Obrador “se le entiende cuando habla, porque habla como nosotros los de abajo”.

Pero tal vez lo más difícil de comprender para la oposición de derecha es que, además de ser un partido, un movimiento, un proyecto de nación, una reivindicación de las clases trabajadoras y de los excluidos por el sistema, el obradorismo es un sentimiento. Y eso es imposible de derrotar en las urnas. El obradorismo posee una fuerte dimensión emocional. También es ya una forma de ver y de entender el mundo para los sectores mayoritarios de la sociedad mexicana. Un mundo desigual, dividido entre los pocos que tienen mucho y los muchos que tienen poco. Así de simple, sin mayor elaboración teórica, pensarían los intelectuales. Pero así de eficaz políticamente. El obradorismo se ha instalado en el imaginario social popular y allí se recrea y se reproduce. En ese sentido, posee también una dimensión claramente cultural.

El fenómeno obradorista como hecho social es difícil de ser comprendido por quienes desde la derecha o incluso desde la izquierda le tienen fobia al pueblo o por lo menos se mantienen distantes de él. Es por eso que las críticas de café o los ataques que emergen desde los medios conservadores tienen ya tan poca resonancia acá abajo, donde el obradorismo se reproduce como sentimiento reivindicador de los pobres frente a los agravios de los poderosos, pero también como principio de esperanza para quienes aspiran a una sociedad más justa y libre.

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