Uruapan, Mich. Hay quien dice que llegó todo el pueblo… a saber, pero fueron miles y miles quienes paralizaron esta ciudad. Salieron a las calles a corear, clamar, exigir justicia para Carlos Manzo, a una semana de su ejecución en la plaza principal de Uruapan. En el sentir de los asistentes, nadie olvidó que lo dejaron solo hasta su muerte.
Enardecida, la masa no encuentra límites en sus reproches:
“Carlos no murió, el gobierno lo mató”.
Y a ratos, un rabioso reclamo:
“¡Fuera Bedolla!”
Un repudio generalizado contra el gobernador Alfredo Ramírez Bedolla, a quien se le atribuye desde ineptitud en el colapso de la seguridad en Uruapan hasta una responsabilidad simbólica en la muerte de Manzo, en la lógica de Fuenteovejuna.
Desde temprano se presagiaba una jornada agitada: Uruapan amaneció paralizada. Ni escuelas ni comercios abrieron; tampoco gasolineras ni funerarias. Una pausa para salir a reclamar que ya son tantos los decesos en la región que no se pueden tolerar.
La gente bullía por las calles para llegar al punto de salida de la manifestación. Miles de pancartas reflejaban la efervescencia social que vive Uruapan desde el “magnicidio” que representó la trágica muerte del alcalde.
Una ciudad en contraste y crisis
Uruapan es una ciudad de contrastes: cerca de 300 colonias, la mayoría en pobreza, y hasta 8% en pobreza extrema, según cifras oficiales. Esto contrasta con una economía pujante por el comercio, la industria y el procesamiento del aguacate.
Pero también es una ciudad asfixiada por el crimen organizado, donde operan el Cártel Jalisco Nueva Generación, Templarios, Blancos de Troya, Viagras y Cárteles Unidos. Activismo delincuencial traducido en secuestros, homicidios, extorsiones y el asesinato de al menos cuatro periodistas.
Un desafío que le costó la vida a Carlos Manzo. Decenas protestaron con el sombrero puesto, reivindicación explícita del Movimiento del Sombrero que lo impulsó hasta la presidencia municipal.
“¡Carlos Manzo vive!”
La figura del alcalde ha crecido exponencialmente. Su muerte lo convirtió en un ícono. Decenas de fotografías con su sonriente figura y su inseparable sombrero inundaron la marcha.
“¡Carlos Manzo vive!”, el coro que resonó por toda la ciudad.
Al frente de la protesta, una octogenaria en silla de ruedas: Raquel Ceja, abuela del alcalde. No paró de llorar en las casi tres horas de protesta.
“Mátenme a mí, no les tengo miedo”, clamó entre sollozos.
El mitin arrancó con un minuto de silencio, sombreros en alto, pancartas que reflejaban el estado de ánimo de la población:
- “El tigre murió, pero el rugido es más fuerte que nunca”
- “La voluntad del sombrero no muere, está más viva que nunca”
- “El crimen se ha vuelto parte del paisaje. No puede haber abrazos para los delincuentes”
- “Decir la verdad cuesta”
- “Alzar la voz estorba, incomoda, y se paga con la vida”
- “Paz para Uruapan”
- “Exigimos paz y justicia”
La oradora principal reclamó al gobierno federal su estrategia contra el crimen en Michoacán:
“¡Ya basta de planes! ¡Queremos resultados!”
“Queremos justicia, no venganza; resultados, no discursos; queremos acciones que acompañen los planes. Queremos aquí al secretario de Seguridad, Omar García Harfuch, para que no mire a Michoacán desde su escritorio”.
La plaza coreaba:
“No son caprichos, son gritos de supervivencia”.
La madre de Carlos Manzo también habló ante la multitud. Mientras tanto, centenares continuaban ingresando a la plaza principal, pasando por el lugar donde fue ejecutado, ahora convertido en un altar improvisado.
La Catrina del Día de Muertos permanece, junto con las flores de cempasúchil. El kiosco se llenó de remembranzas del alcalde, símbolo de la desesperanza ante el crimen organizado y la zozobra de vivir en Uruapan.
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