Viernes, agosto 19, 2022
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“No. No aceptes lo habitual como cosa natural.

Porque en tiempos de desorden, de confusión organizada, 

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de humanidad deshumanizada, nada debe parecer natural.

Nada debe parecer imposible de cambiar”.

Bertolt Brecht

La exclusión o marginación social tiene muchas cabezas como la “Hidra de Lerna”, aquel despiadado monstruo mitológico. con aliento venenoso. Todas estas cabezas son aterradoras: racismo, clasismo, discriminación, indiferencia o “valemadrismo” y en muchas ocasiones una franca animadversión que puede escalar diversas formas de violencia, incluida la letal; pero la peor de todas es la violencia estructural, aquella que excluye totalmente de cualquier condición de acceso al bienestar social a sectores numerosos de la sociedad.

—“Que la chancla que yo tiro, no la vuelvo a levantar.”

—No te olvides que eres desechable. Te lo estoy advirtiendo. Como vuelvas a faltar porque se murió tu abuelita o tu chozna te vas “de patitas a la calle”. ¿Lo entendiste?

Esta amenaza se la escuché a una fina dama quien después de colgar bruscamente el aparato telefónico mostraba un gesto de disgusto y —ante mi estupor— se vio obligada a explicarme que la “desechable” con quien hablaba era “la muchacha” que le ayudaba en casa y que era una mañosa que se ausentaba con frecuencia. Esta áspera conversación procedía de una destacada activista, feminista cofundadora de colectivos e instituciones en pro de los derechos de las mujeres y quien llegó a ocupar puestos públicos, todos relacionados con el género femenino.

¡Hay que ver y oír para creer!

No podemos sorprendernos con este suceso que les relaté, porque estas son las prácticas cotidianas de alguna gente que siente la necesidad de marcar su distancia y desdén con personas de rasgos indígenas, con los pobres, con gente de ideas diferentes a las suyas, con quienes profesan creencias religiosas distintas, con personas débiles o discapacitadas, con los y las pertenecientes a la llamada comunidad LGBTQ+ y para decirlo de una buena vez y tratándose de algunos “machos”, con la mitad del género humano constituido por las mujeres a las que declaran respetar y hasta venerar como a su propia y “santa madrecita”, pero en la práctica las descalifican y desprecian de muchas formas. Expresiones misóginas como “el viejerío”, de Diego Fernández de Ceballos a) “El Jefe”, “lavadoras de dos patas” de Fox y “no soy la señora de la casa” de Peña Nieto son apenas una pequeñísima parte del enorme iceberg que flota a la deriva en nuestra sociedad mexicana.

¿Cuántas veces hemos escuchado algo parecido a lo siguiente?

—Uy, se puso muy pesada “la vieja” esa. Seguro que “está en su mes”, porque nomás le pregunté qué si podía hablar con el responsable de la oficina y ¡chin, creo que la cagué! porque me dijo que si no había visto en la puerta del “privado”, antes de tocar, el letrero con su nombre.

—No te preocupes “mano”, así son las “pin…viejas”. “Hazte el aparecido” en tres o cuatro días y llévale una caja de chocolates pa´ que se le endulce el carácter y le baje a la hormona.

—“Mi sangre, aunque plebeya, también tiñe de rojo

Viviendo en un país conformado por una mayoría de gente de tez morena, hay un empeño de muchas y muchos por blanquearse. El doctor Federico Navarrete, investigador de la UNAM, escribe en la entrada “belleza” de su libro “Alfabeto del racismo mexicano”, lo siguiente:

“En nuestra vida social las mexicanas y los mexicanos nos colocamos continuamente, y somos colocados por los demás, en una escala cromática que asocia la blancura, natural o artificial, con la belleza y el privilegio, el poder y la riqueza y su “contrario”, es decir, la piel morena con la fealdad, la marginalidad y la pobreza.”

Por eso hay en México tantos güeros, güeras y pelirrojos a la vuelta de cada esquina al igual que algunas “pambaceadas” para “dar la pala” de personas menos “percudidas”. El ideal distorsionado de la belleza que promueven los medios de comunicación masiva es el de la gente blanca. En cualquier anuncio de la televisión mexicana podemos ver a una mayoría de “modelos”, actores y actrices del tipo étnico europeo, ya se trate de niños, jóvenes, personas maduras o ancianos. Esto se ha interiorizado profundamente en la sociedad mexicana que, aunque muchos niegan ser racistas en realidad practican un racismo solapado o encubierto que se revela en expresiones tales como:

—¡Qué bonita está su niña comadre! Mire nomás tiene los ojitos verdes ¿verdad? —Pos que le voy a decir a usted. Yo también era güerita cuando era niña, pero sabe usted que vivimos muchos años allá en El Bejuco, cerca de Acapulco, y pues de plano nos tostamos.

—El novio de la Güendolin es un buen muchacho, pero es re prieto el “condenado” y ella tan bonita y tan “finita” de facciones. ¿Qué no piensa la muchacha cuando tengan hijos?

—Me quedo pensando que los “normales”, como tú y yo, estamos en otra categoría de personas ¿no crees? (conversación auténtica con una señora de piel morena).

“Ella de noble cuna y otros… solamente unos humildes plebeyos”

—“Palo que nace doblado, jamás su tronco endereza (“El gran varón”)

Que decir de las personas con diferentes orientaciones sexuales, blanco de las burlas hirientes, de agresiones diversas, de segregación, de conmiseraciones hipócritas y de rechazo al punto de no querer verlas, ni nombrarlas como si se tratara de alguna depravación, de algo endemoniado, desviado; calificado frecuentemente “contra natura”. Desde el grito homofóbico en los estadios ¡Eeeeee….puuuuto..! hasta la homofobia doméstica que obliga a muchos a mantener ocultas sus orientaciones por temor a ser despedidos y repudiados. En algunos medios laborales como el del espectáculo y los cercanos  como la moda y la cosmética, los homosexuales son tolerados y hasta celebrados, pero en la mayoría de los espacios sociales, incluyendo la educación, existe aún mucha hostilidad hacia la diversidad sexual e identidad de género.

Esto proviene de la educación patriarcal impartida en las casas de los niños y los jóvenes, no de las escuelas que tienen la tarea de instruir en diferentes saberes. Así que, pese a los esfuerzos de algunos profesores para evitar que entre sus alumnos se produzcan estos actos agresivos, son los “papis” y las “mamis” de familia quienes son los responsables, ya que con su ejemplo y comentarios cotidianos crean en sus hijos estas conductas. No se llamen a sorpresa aquellos padres cuyos hijos tratan a algunos compañeros de la escuela o vecinos de “maricones” y a algunas mujeres como “tortilleras”, acosándolos y burlándose de ellos.

“Si por pobre me desprecias (…) yo no te ofrezco riquezas, te ofrezco mi corazón”

A la infame violencia estructural, abandono de las obligaciones del estado, se suma la violencia de todos los días contra las personas pobres. Desde la precepción equivocada y condescendiente de calificar a algunos pobres como personas “humildes”, hasta la intolerante condena moral de señalarlos como indolentes, malhechores, viciosos y dementes que según los censores extraoficiales “caracteriza” a los “amolados”. Algunas ocasiones “sacamos la vuelta” a los indigentes por su extremado desaseo y sus probables desequilibrios mentales, pero la justificación más corriente para establecer la diferencia entre nosotros y “los otros” es parecido a esto:

—Mire usted, uno quisiera ayudarles, pero lo único que se logra es que los malacostumbremos dándoles una moneda. No quieren trabajar, prefieren vivir en la calle que tener una casita con su trabajo 

—Tiene usted toda la razón, me contaron que a algunos pordioseros los llevan y los recogen todos los días, en una limusina, en su “esquina”, donde piden caridad.

Hay quienes truenan de indignación contra los programas sociales gubernamentales, porque consideran que constituyen un desperdicio de recursos públicos ayudar a personas que, según los que piensan así, no vale la pena asistir. El argumento manido para no apoyar al prójimo proviene del antiguo proverbio disque chino: “Regala un pescado a un hombre y le darás alimento para un día; enséñale a pescar y lo alimentarás el resto de sus días”. El argumento, de entrada, es inválido, porque es el sistema el que excluye a las personas de acceso a la salud, alimentación adecuada, educación y trabajo. Entonces ¿quién chingaos va a enseñar a estas personas a pescar cuando se les ha negado todo? y ¿en que pinche río existe la oportunidad de pescar?

—“No tiene la culpa el indio, sino quien lo hace compadre”

Otra forma endémica de discriminación en México es la que se ejerce en contra de los descendientes de los pueblos originarios. Aquellas personas que tienen marcadas características fenotípicas indígenas provenientes de las culturas prehispánicas. Siempre declaramos sentirnos “orgullosos” de nuestro pasado mesoamericano, pero a los indios actuales los despreciamos y nos referimos a ellos de forma despectiva, como inferiores; sin haber llegado aún a los extremos de odio que algunos miembros de las clases media y alta de Bolivia los ha llevado a hacer “cacerías” de “collas” (indios de diferentes etnias), sólo por ser indios, apaleándolos y en ocasiones dándoles muerte. Sin embargo, las expresiones cotidianas en México revelan ese racismo cuyo blanco principal —valga la paradoja—son los indios. 

—Nada más supe lo de los escándalos y desórdenes que hicieron los ambulantes en el centro de la Capital, dije ¡Ay Juárez!… indios “tepujas” tenían que ser.

—Y yo siempre digo cuando suceden cosas así: ¡Cortés, regresa por los que dejaste!

—Pinches indios “patarajada”, patas de polvorón, huarachudos, pues ¿quiénes se creen?

—No seas tan severo en tus juicios, no ves que son “inditos”, no saben siquiera hablar “castilla”.

—No te parece carnalito que exageran algunos cuando critican a Lorenzo Córdova, el presidente del INE, que fue muy gracioso imitando a un indio y sus acompañantes con los que se entrevistó. Ja, ja, ja, ja, dijo: “yo jefe de gran nación chichimeca, vengo Guanajuato (…)”.

Algunos actores cómicos recurrieron, desde hace décadas, a crear personajes basados en los estereotipos indígenas como Régulo y Madaleno, la India María, Lencha, Chano y Chon, “Los xochimilcas”, Héctor Suárez, etc. Todos ellos basados en una imagen ofensiva de los indios como ignorantes, taimados, incapaces, cortos de entendimiento y feos. Pero hace poco, una actriz de Televisa, Yeka Rosales, hizo una parodia de Yalitza Aparicio para lo cual la maquillaron exagerando hasta el ridículo los rasgos indígenas y otro actor de telenovelas, Sergio Goyri —poblano, por cierto— se expresó de Yalitza como una ¡pinche india!

No pretendo que todos hablemos una lengua qp (químicamente pura) y que desterremos, en un tronar de dedos, un habla que se ha afianzado en nuestra cultura durante 3 ó 4 generaciones por lo menos y que contiene un sinnúmero de expresiones, frases, dichos y palabras que hoy tienen connotaciones negativas, en el marco de las luchas por los derechos de todos en pos de una sociedad igualitaria. Si, pero “no se pasen de lanzas” y sigan dándole “patadas al pesebre”, porque puede suceder que un día se muestre la “botellita de jerez, y todo lo que digan será al revés” y pa´ que les cuento si sacamos a relucir la “botellita de vinagre”.

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