Sábado, junio 15, 2024

Por un proyecto en el que los indios sean protagonistas de su propia cultura

Recientemente la capital poblana fue anfitriona de la segunda Feria Nacional de Pueblos Mágicos. Como se sobreentiende, el propósito del programa federal es fomentar en dichos pueblos el turismo a partir de la promoción de sus atractivos naturales, su patrimonio cultural y su legado histórico resguardo por ellos durante siglos. Deberíamos celebrar la derrama económica que promete el turismo y aplaudir el “reconocimiento” de la propuesta gubernamental que busca destacar y dinfundir aquellos elementos que caracterizan el patrimonio local. Hay, sin embargo, serios inconvenientes en el programa que es necesario discutir. En algunos casos, el reconocimiento oficial se sostiene sobre una base errada. Quiero decir, de espaldas a los verdaderos portadores y creadores de ese conjunto de signos que hacen a dichos pueblos “mágicos”: los indios.

Atraer turismo e inversiones de capital externos termina privilegiando solo a unos cuantos. Podemos deducir entonces que el programa resulta ventajoso para unos pocos a costa del resto de la población. La promoción es inequitativa, por lo demás, en muchos casos se resalta lo étnico y tradicional como mero adjetivo, pues quienes lo hacen u ostentan son ajenos a los procesos de las culturas locales, cuando no de plano enemigos (véase por ejemplo, el caso de los otomíes con mestizos de Pahuatlán).

Además de que el programa tiene la lamentable impronta del control tutelar o paternalista, evidente en la campaña que promete beneficios para los “lugareños mágicos”. El programa se afinca en la creencia de que la construcción de infraestructura llevará consigo, como por arte de magia, la revaloración de la identidad étnica y/o el fortalecimiento del sentimiento de pertenencia comunitaria. Nada más equivocado. Todo eso no puede surgir de un programa turístico como el de Pueblos Mágicos, sino de un proceso colectivo con raíces locales al que (entonces sí) se puede sumar un programa de gobierno, pero supeditado a la dinámica local. Los habitantes de los pueblos no requieren de una programa federal para reconocer su propio patrimonio.

Casos destacables, como el de la Unión de Cooperativas Tosepan Titataniske en el Totonacapan poblano, demuestran que dichas propuestas son posibles y viables.

En contraste, y en franco desafío a la experiencia cuetzalteca, el programa promueve el arribo intrusivo de algunos sectores que llegan a los municipios para ofrecer servicios de turismo cultural, etnoturismo y ecoturismo. La vieja idea de museificación de lo étnico y tradicional se reproduce en las cabeceras municipales, en los sitios en donde se ubican los restaurantes, hoteles, galerías e infraestructura urbana para la gente con poder adquisitivo. Ahí en donde incluso se niega la entrada a los indígenas que pretenden vender sus artesanías o productos agrícolas. Los indígenas y la riqueza de su patrimonio son requeridos solo para aderecer el anuncio televisivo. Ahí sí se les exalta, se pondera su gastronomía, sus conocimientos tradicionales, sus danzas, sus mitos, sus artesanías, sus textiles. Todo devidamente escenificado y vuelto mercancía, solo que para cuando la televisión se va, los indios reales se queden de nuevo afuera: afuera del negocio de los privilegiados y afuera del restaurante del cual es dueño el mestizo.

Destaquemos, pues, que el problema no es el turismo, mucho menos la difusión de los pueblos. La crítica se enfoca a la manera cesgada en cómo se lleva a cabo un programa que bien planeado, en el que los indios sean los verdaderos protagonistas de su cultura, puede redundar en lo que pregona su publicidad.

¿Entonces de qué reconocimiento estamos hablando? Preservar y difundir, muy bien. Pero ¿a partir de qué elementos? Es necesario evitar la teatralización de los pueblos, la distorción de sus culturas, la discriminación de sus portadores y la exclusión de la comunidad, así como la mercantilización a rajatabla de su bienes patromoiniales.

Un hombre nahua cuetzalteco afirmaba: “Nuestro pueblo siempre ha sido mágico, hemos mantenido nuestra cultura y tradiciones mucho antes del programa”. Si el programa Pueblos Mágicos no aprende esa lección seguirá siendo una expresión más de discriminación y exclusión, y terminarán ensanchando la brecha que separa a mestizos e indios.

 

*Doctorante por la ENAH–INAH

y socia en PIRED AC

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