Martes, septiembre 28, 2021

Política cultural

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La mejor política cultural diseñada desde el Estado debe consistir en ofrecer a la sociedad servicios culturales de calidad y, simultáneamente, involucrar a los ciudadanos en su gestación y ejecución mediante la creación de ambientes adecuados que propicien la creatividad individual y colectiva. De este modo se crean públicos cada vez más atentos a la calidad de la obra que se ofrece, y al mismo tiempo se estimula y proyecta el talento que está latente en la sociedad esperando una oportunidad para manifestarse públicamente.

Se trata de que la inmensa serpiente de la cultura se muerda la cola y se coloque en un proceso de retroalimentación creativa.

Para eso se requiere infraestructura, espacios e instrumentos adecuados, personal capacitado y competente que sepa orientar el interés y estimular la sensibilidad de quienes se acercan a las instituciones de cultura buscando desarrollar creativamente las cualidades personales que han descubierto en sí mismos, sean individuales o colectivas. Esa es precisamente la función de las Casas de Cultura y las bibliotecas que se encuentran distribuidas por todo el estado, por desgracia, en una lamentable situación de olvido e indiferencia, con algunas excepciones desde luego.

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Si consideramos a la cultura desde el punto de vista antropológico, como una forma de vida específica, todo es cultura; entonces, sentarse a comer un plato de chile–atole en un puesto callejero, por ejemplo, puede ser considerado como un acto cultural que nos vincula con determinados hábitos cotidianos y tradiciones gastronómicas, pero sentarse a escribir una novela o un concierto para piano y orquesta es otra cosa, y requiere de una atención específica por parte del Estado y sus instituciones para fomentar esa actividad que enriquece la vida espiritual de una colectividad. En este sentido la cultura es un regalo que la sociedad se da a sí misma cuando se desarrolla plenamente una determinada actividad en el teatro, la danza, la música, la literatura, la pintura, la escultura, la fotografía, el video o el cine.

Pero ese obsequio que nos damos a nosotros mismos como comunidad es un talento que debe cultivarse, que debe encontrar en su entorno condiciones adecuadas para desplegar todo su potencial. Es ahí donde las autoridades municipales, estatales y federales encargadas de la cultura deben participar de manera generosa y decidida, creando los ambientes necesarios para propiciar ese despliegue creativo. Esta es precisamente la tarea que no se ha querido o no se ha sabido realizar.

La cultura ha sido vista tradicionalmente por la clase política como algo innecesario ¿de qué nos sirve? se preguntan los políticos; ¿de qué nos sirve una exposición de arte moderno, una orquesta de cámara o un ballet?

Últimamente, con el brutal incremento de la violencia se le ha encontrado alguna utilidad, ahora, desde su perspectiva, el discurso político proclama que sirve “para pacificar”, para “fortalecer el tejido social”, para “mitigar la desigualdad”. Hay cierta razón en ello (aunque está claro que no es una relación de causa–efecto) pero se han repetido tanto estas frases en el aire, sin acciones concretas que las sustenten, que se han convertido ya en clichés, en palabrería hueca, en demagogia pura y simple.

No me parece que hayan cambiado mucho las cosas desde que en 1943 José Luis Bello y Gustavo Ariza escribieron lo siguiente:

“Cuando se aprecia, en conjunto, el resultado secular de la labor pictórica de Puebla, se nota la influencia empobrecedora de la incapacidad ambiente para valorizar el bien común que es la obra de arte, y se percibe el trabajoso desenvolvimiento de una facultad, siempre en lucha con la incomprensión; se palpa la imposibilidad de realizar todo lo que prometía la abundancia y variedad de las vocaciones, que solo pudieron dejar, tras rudos y amargos esfuerzos, trunco el mensaje creador que sintieron, y cuyas imperfecciones revelan, no la limitación de una facultad prístina, sino el resultado precario que pudo obtener un empeño aislado , y vencido al fin por la indiferencia irremediable.”

Para redondear el pésimo panorama de un ambiente desfavorable al arte, existe un periodismo venal y ramplón, corrompido hasta la médula, que se autodegrada día con día mintiendo a sus lectores, descalificando con saña, sin fundamento alguno y sin señales de la más mínima inteligencia cualquier iniciativa que rebasa los límites de su mediocridad. Estos periodistas se quejan de tener “un mal sabor de boca”, sin advertir siquiera que ese mal sabor proviene, precisamente, del consumo coprofágico de sus propios artículos y comentarios.

La cultura es como la sangre o la salvia que circula por todo el cuerpo social llenándolo de vitalidad en sus actividades cotidianas, es tan indispensable que no la advertimos, pero siempre estamos actuando dentro de parámetros culturales que requieren ser revitalizados constantemente. La cultura nos constituye como personas, de modo individual aún en la más profunda intimidad, y como seres sociales, expuestos permanentemente a los demás, con quienes formamos muchas y diversas comunidades.

La cultura no es, nunca lo ha sido, una especie de lujo o apéndice del que se pueda prescindir, aún en las condiciones más precarias y difíciles la cultura se está gestando porque forma parte de la naturaleza humana. Es la vida social misma en todas sus particularidades, es decir, en lo que tiene de singular en una circunstancia histórica determinada.

Patrimonio cultural

Si entendemos la cultura como el conjunto de obras materiales, espirituales y simbólicas que una sociedad produce y hereda a las siguientes generaciones, que a su vez reciben este legado y lo preservan, pero también lo modifican adaptándolo a nuevas necesidades y circunstancias históricas, advertimos que al interior de toda cultura se gestan dos tendencias opuestas y complementarias, la primera propicia la continuidad y la repetición mientras que la segunda apuesta por la ruptura y la innovación. En nuestros días llamamos tradición a la primera tendencia y modernidad a la segunda. Una sociedad que pretenda desarrollarse armónicamente debe procurar que las tendencias tradicionales que han preservado un patrimonio cultural y biocultural decidan por si mismas los términos y los ritmos de su propia transformación, que no se vean expuestas a la imposición de cambios externos a sus propias necesidades, irrumpiendo de manera agresiva y forzando alteraciones no deseadas.

Es importante subrayar que tradición no quiere decir mera conservación, sino transmisión. Pero la transmisión no implica dejar lo antiguo intacto, limitándose a conservarlo, sino aprender a concebirlo y decirlo de nuevo.

Lo tangible e intangible

En términos generales se puede decir que la distinción entre patrimonio material e inmaterial se corresponde, de alguna manera, con lo que se ha identificado como culturas dominantes y subalternas. En el sentido de que el patrimonio material está conformado preferentemente por bienes inmuebles que comprenden tanto arquitectura religiosa como civil, concentrada sobre todo en los centros históricos de las ciudades que han aprendido y sabido preservarlos, como es el caso de la ciudad de Puebla.

En cambio, el patrimonio inmaterial se reproduce con más frecuencia entre las clases subalternas y ha sido más susceptible de cambios debido a su propia naturaleza. Se puede definir como “el conjunto de conocimientos, saberes, técnicas y expresiones que forman el núcleo identitario de una comunidad y que, por heredarse de una generación a otra, brindan un sentido de pertenencia” (Carlos Villaseñor, consultor independiente de la Unesco).

Al patrimonio inmaterial pertenecen las danzas, la música, la gastronomía, las artesanías, las fiestas patronales, las procesiones religiosas, el complejo mundo de la religiosidad indígena y mestiza, y en general lo que conocemos como culturas populares.

En ese mundo han incursionado, me parece que indebidamente, los tres órdenes de gobierno (municipal, estatal y federal) en un afán por “rescatar y preservar nuestras tradiciones”. Esta intromisión ha tenido la finalidad de folklorizar y convertir en un producto de mercado sobre todo las culturas ancestrales, cuyos orígenes se remontan en algunos casos al mundo mesoamericano y virreinal, para ofrecerlas al turismo nacional y extranjero o presentarlas para “vestir” eventos políticos de todo tipo. Esta indianidad postiza es el resultado de lo que Eric Hobsbawm llamó la invención de las tradiciones. Lo único que ha logrado esta simulación de autenticidad es degradar y banalizar los eventos culturales, sobre todo de carácter religioso, de los pueblos originarios. Un verdadero fraude cultural sujeto a la aprobación y al aplauso de un público cada vez más desinformado.

Estos son algunos trazos del panorama cultural que enfrentamos y la inmensa tarea que se tiene por delante.

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