Polarización y violencia

El Presidente de la República informó al pueblo a pleno sol. Para nadie, ni para él, hubo sombra alguna que les diera amparo. Con su ejemplo, todos tuvieron que sufrir el martirio de los rayos del astro rey. “Ya voy a terminar” dijo, sintiendo la inquietud del respetable. Pero faltaba todavía un buen trecho. En un año estarán puestas las bases de la patria nueva y no habrá manera de echarlas para atrás, advirtió.

En su mañanera del lunes, sobre la marcha que hubo contra su administración, afirmó que la oposición tiene garantizado el derecho de manifestación. “Yo lo veo bien. Estamos construyendo una auténtica democracia, no una dictadura”. Con estas manifestaciones –ilustró–, cada vez queda más claro que existe el conservadurismo. Se están quitando la máscara; desde un principio se sabía que eran simpatizantes de los partidos conservadores. “Yo estoy feliz, feliz, feliz”. Ahí mismo se pronunció de manera extensa por la libertad de prensa y el respeto al trabajo de los periodistas.

La narrativa de su odisea se cumplió al pie de la letra. Por ello Gibrán Ramírez, uno de sus acólitos, pudo escribir también al día siguiente en Milenio: “Un país dividido… no es. Hay un bloque social mayoritario y estable, un indiscutible líder político e ideológico con una agenda de 100 compromisos y un acuerdo robusto, cercano a 70 por ciento, de que ese rumbo es el que el país debe llevar”. No le importó que Mitofsky la bajara al 58.6 %.


La marcha de protesta fue descalificada, porque no hubo consignas centrales y sí en cambio mucho enojo. Se trató de una manifestación de la derecha, dijeron, por varias demostraciones anticomunistas que se dieron, propias de la propaganda de la guerra fría; plenamente fifí por la presencia de muchas personas que desde su vestimenta hasta sus mascotas así lo denotaban.

Así avanza en las mentes del caudillo, los dirigentes y los fanáticos de la 4 T, la fantasía de la estulticia, cuando lo que en realidad avanza es una terrible crisis política y moral del gobierno, quizá la etapa final  –espero–, de la decadencia mexicana. Así lo ilustra la formación de la Asociación Nacional de Legisladores de la 4 T, un verdadero “ejército unido” (sic) al servicio del Presidente, dirigido por el ignominioso Mario Delgado.

Para quien se quite los anteojos ideológicos o el interés oportunista de apoyar por fe o por conveniencia al gobierno de la patria nueva, aparecerá claro que se gobierna para los partidarios, es decir, para “el bloque social mayoritario”; el resto de la sociedad es conservadora. Para conservar tal  bloque se diseñaron los programas insignia que, efectivamente, mejoran un poco las condiciones de pobreza de la población beneficiaria, además de que supuestamente se garantiza el apoyo al caudillo.

A ello se puede añadir la austeridad republicana y la eliminación de fueros y privilegios de los altos funcionarios, así como toda la simbología del Estado corrupto asociado a la oligarquía, es decir, la mafia del poder.

Con el fin de “separar el poder político del económico” y demostrar quién manda, se tomaron mediante consultas a modo las medidas iniciales que lograron la desconfianza de muchos y especialmente de los inversionistas nacionales y extranjeros. Pero como los programas insignia y la concentración del poder dependen del crecimiento económico, se aceptaron otras políticas en sentido contrario y que ahora se presentan como logros propios: baja inflación, peso más o menos estable, finanzas sanas, mantenimiento del tratado de libre comercio con Norteamérica, entre otras. Sin embargo, ambos sentidos se neutralizaron y las expectativas del crecimiento económico se han tenido que reducir.

Pero es en el terreno de la seguridad donde la fantasía de la estulticia se ha demostrado en toda su excelsitud. Se ha convertido en estrategia la consigna simplona de “abrazos no balazos”, para vergüenza de los mexicanos. Con el fin de deslindarse de la “Guerra contra el narcotráfico” declarada por Felipe Calderón y para atacar las causas profundas de la pobreza que supuestamente explican la violencia, el Presidente Amlo concluyó que no se puede combatir la violencia con la violencia y de ahí sus programas insignia, sobre todo para los jóvenes, y su estrategia de “Abrazos no balazos”.

Para los mexicanos esto podía tener algún sentido en la búsqueda del Presidente para contrastar su política de seguridad con la de sus antecesores. Sin embargo, cuando las repercusiones internacionales de los acontecimientos de Culiacán o de la familia Le Barón demostraron lo ridículo de dicha política y que se sigue insistiendo en su aplicación, no queda más que reconocer que la estulticia se ha vuelto razón de Estado.

El Presidente ha dicho que jamás reprimirá al pueblo y eso está muy bien. Pero no combatir la violencia de los criminales y asesinos con la fuerza, la justicia y la ley, aunque se apele a la lucha inteligente contra sus finanzas, es un acto de omisión que deja en la impunidad al crimen y a la sociedad en la indefensión.

El presupuesto del 2020 para procuración e impartición de justicia y para la Guardia Nacional, así como para las policías estatales y municipales no se explica fuera del contexto de la política de abrazos, no balazos y de levantarse muy temprano para recibir el parte. No fue sorpresa que el de ayer fue el día más violento de la historia.

Si me preguntan ¿qué hacer?, no hay más que una respuesta. Luchar con toda la voluntad y con todos los medios de la fuerza, la inteligencia, la legalidad, la justicia y la política contra el azote de la violencia criminal en México. Invertir en el fortalecimiento de la justicia y en la preparación de la Guardia Nacional y de las policías estatales y locales, y pedir todo el apoyo del pueblo, pero de todo el pueblo. Ya desde el mismo anuncio de una política de estas características podría  persuadir a muchos que aprovechan el ambiente para ejercer la violencia. Pero los abrazos, en lugar de persuadir, invitan a la violencia y, en la medición de fuerzas, le van tomando la medida al gobierno.

A estas alturas no se puede dudar que el Presidente tenga las mejores  intenciones. El problema es cómo las quiere llevar a cabo. Después de la campaña dijo que quería reconciliar a todos los mexicanos; lo que ha hecho es polarizar. Dijo que quería alcanzar altas tasas de crecimiento económico; lo que ha hecho es minar esas posibilidades. Prometió regresar a los cuarteles a los militares pero luego se arrepintió y pidió apoyo para la Guardia Nacional; lo que ha hecho es usarla para la contención de migrantes y dejarla en la precariedad respecto de su preparación y mantenimiento. Prometió disminuir en 6 meses los índices de violencia; lo que ha hecho con los abrazos es registrar los índices más altos de la historia.

No a la militarización, no a la dictadura, si a la democracia, ha dicho. Pero por su comportamiento contra los contrapesos y los órganos autónomos, así como por la enorme concentración de poder en sus manos, puede esperarse lo contrario. Y por lo que deja de hacer contra la violencia y la inseguridad, hasta el punto que dichas omisiones le permiten a un Trump decir que puede intervenir, o dado el creciente descontento en el ejército, nada lejano podría estar el resultado, aparentemente inesperado, de una mayor militarización del país, eso sí, leal al Presidente.

Ayer descalificaron a la marcha opositora. Así le dijeron. Pero dicha manifestación de protesta multiplicó en el número de sus asistentes porque el descontento se asoció a los errores y deficiencias en las políticas del gobierno. Ahora fue la inseguridad y muy pronto podrán ser, además de ésta, las consecuencias de la falta de crecimiento económico y la incapacidad de cumplir varias de las expectativas. La polarización ya no servirá para ilustrar la narrativa de la fantasía de la estulticia sino será el caldo de cultivo para el surgimiento de liderazgos nuevos que puedan prescindir de la democracia.

El Presidente amenazó con salirse de Morena dada la conversión de los apóstoles en mercaderes. Los partidos de oposición no atinan a diseñar una política digna de ese nombre. Vivimos una polarización fragmentada que amenaza con enfrentar a la muchedumbre acaudillada contra la muchedumbre mancillada.

En este escenario no sé qué sea más fácil imaginar, si un golpe de timón del gobierno para comprometerse con el conjunto del país, o un acuerdo de la oposición para estar a la altura de la situación y garantizar una salida democrática a la crisis por venir. O lo más probable, la conformación de una situación de emergencia. Como el cambio climático, cuando hagamos caso será demasiado tarde.