Miércoles, julio 17, 2024

Perversidad menonita

Hace algunos años, durante una práctica de campo en Campeche organizada por el doctorado en Estudios Mesoamericanos, visité el pueblo de Pomuch, famoso por las muy peculiares tradiciones funerarias de la población y de las que hablo en otra columna. Además de observar el cementerio del poblado, visitamos una panadería que se encuentra en el centro del pueblo y en el que se elabora un pan relleno de queso y jamón que es verdaderamente rico. En los estantes se ven unos quesos enormes, muy al estilo de los quesos suizos, cosa que llamó mi atención: cual sería mi sorpresa cuando me enteré de que esos quesos eran elaborados por una comunidad menonita de la región. Los menonitas llevan en Campeche varios años y su impacto se ha hecho ver de variadas maneras, ya sea gastronómicamente, como comenté, así como de forma negativa pues, como queda consignado en numerosas notas periodísticas desde 2019, al menos, han deforestado amplias zonas selváticas y más recientemente destruyeron vestigios arqueológicos para beneficiarse del espacio en el que están. Pero ¿cómo es posible que algo así suceda? ¿Qué tipo de palancas tienen para poder hacer lo que les venga en gana? Y ¿qué hace que, siendo personas de Dios, tengan tan poco respeto por la naturaleza y el patrimonio histórico de otros pueblos? O ¿es precisamente por eso?

Como consigna la nota publicada en el portal de N+,  reportes “de la Comisión Nacional Forestal (Conafor) señalan que en años recientes la deforestación en Campeche ha coincidido con la migración de miembros de la comunidad menonita a esa entidad, donde fueron expandiendo sus colonias a través de la compra de terrenos nacionales o renta de terrenos ejidales. (…) Esta migración está provocando impactos de consideración que han destruido vestigios arquitectónicos en la selva maya. (…) Desde el pasado 9 de enero, un grupo de menonitas está devastando decenas de hectáreas de la selva maya de Campeche. También abrieron caminos para ingresar a la reserva natural protegida de Balam Kin, en el municipio de Champotón, donde pretenden convertir este territorio en campos agrícolas y ganaderos y crear un nuevo núcleo poblacional”. A través de esta columna he denunciado el modelo capitalista y su expresión más nefasta: el neoliberalismo, que depreda el mundo a sus anchas para obtener beneficios económicos. Sea que se trate de un modelo turístico y de servicios, sea de transporte (como el Tren Maya), sea agrícola y ganadero, como las porcícolas yucatecas o las amplias zonas deforestadas para la siembra de transgénicos, en esta columna he hecho la denuncia. Sin embargo, no me imaginé que tal destrucción viniera de manos de comunidades menonitas. Esto confirma que el modelo todo lo contamina y, por más pura, religiosa y antimoderna que se presente una comunidad, al final lo que importa es el dinero, el maldito dinero. La nota consigna que en “septiembre del 2023, el gobierno federal decretó área protegida 115 mil hectáreas de Balam Kin. Dentro quedaron 4 mil 900 hectáreas que pertenecen a la ampliación forestal del ejido Chiná, en Champotón. (…) Un mes después, el presidente ejidal, Juan de Dios May Che, rentó 8 mil 10 hectáreas de uso común ejidal a la sociedad ‘Miraflores productores agrícolas’ de la localidad menonita El Temporal, en Hopelchén. Le pagaron 10 mil pesos por hectárea. (…) Un grupo de ejidatarios de Chiná se opuso a la renta de sus tierras, argumentando que el gobierno estatal las considera en conservación ecológica desde 1999 y comenzaron a denunciar los posibles daños ambientales”. Lo dicho, corrupción, contubernio, devastación.

Uno de los legados más funestos que han traído consigo las conquistas y colonizaciones de América ha sido el binomio religión/capitalismo. Primero, el catolicismo a través del clero regular primero, y del secular después, amasó grandes fortunas a lo largo y ancho de nuestro continente; luego, las múltiples religiones de origen cristiano que, empezando en territorio del hoy Estados Unidos, han derramado su influencia de norte a sur. Y no es secreto que, para muchas de ellas, sus pastores y feligreses, su presencia ha implicado cuantiosos recursos. Sólo basta ver el poder económico -y político, dicho sea de paso- que tiene la Luz del Mundo, por ejemplo y cómo impactan a las comunidades donde se instalan. El caso menonita es sumamente interesante en este sentido. Según el artículo “Vulnerabilidad y sistemas agrícolas: Una experiencia menonita en el sur de México” (2018), escrito por Carolina Vargas Godínez, de la Universidad Tecnológica de la Zona Metropolitana de Guadalajara y Martha García Ortega de El Colegio de la Frontera Sur, unidad Chetumal en Quintana Roo y publicado en la revista Sociedad y Ambiente de El Colegio de la Frontera Sur,  su “modelo productivo, sostenido por una organización sociocultural de fuertes fundamentos religiosos, se ha desarrollado en el tiempo, de acuerdo a los contextos geográficos y políticos nacionales, que han marcado fuertes tensiones culturales en su historia de éxodo. Varios hechos históricos han obligado a estos colectivos a desplazarse debido a las restricciones que vulneran su autonomía étnica (Taylor, 2005); pero, igualmente, por el proyecto de raíz campesina que los obliga a buscar terrenos para explotación agropecuaria”. Uno de los cambios que han experimentado en nuestro país, a diferencia de otros, es que acá tienen mecanizado prácticamente todos sus procesos, además de que han adoptado “cultivos de semillas mejoradas, fertilizantes, pesticidas y riego por goteo, en tanto que la siembra tecnificada y comercial se basa en maíz y sandía. La unidad doméstica también produce bienes para el autoconsumo como carne, queso, pan, huevos, legumbres, leche, ropa, entre otros (Schüren, 2007)”. El mero autoconsumo se ve garantizado, pero se busca entrar a un excedente que pueda servir para obtener recursos. Para ello, y a raíz de que las comunidades han medrado, se ha vuelto necesario el aprovechamiento de más y más tierras, sean adquiridas o rentadas. Pareciera inocua su presencia en el espacio, pero, como se ve, no lo es. La clave de ese sistema es que los “menonitas de Campeche y Belice (Chenaut, 1989; Schüren, 2007), destacan la autonomía del régimen comunitario como el eje de su modo de vida, como el centro de su sistema de reproducción: ‘abandonar las tareas agrícolas significa renunciar a ser miembros de su comunidad’, ‘romper el orden endogámico y jurídico’ vulnera esa misma capacidad de autonomía”. Bien, siempre celebraré el retorno a una visión comunitaria de la vida, donde la pertenencia y el respeto al otro y a los otros sea central. Sin embargo, ese modelo no puede ser a costa del medio ambiente y mucho menos del legado histórico de las comunidades mayas de la región. Y, si nos fijamos con atención, tal patrimonio no se queda en edificios y templos prehispánicos, sino que se vincula al medio, a las selvas, los ríos, las cuevas, cenotes y un largo etcétera, regiones pobladas por entidades que, en la muy particular visión de los mayas de hoy, implica relaciones complejas. Imagino que, a ojos de los menonitas, como de occidente en general, profundamente cristianizado y con un acento en la producción y el mercado, tales asuntos resultan triviales y hasta incivilizados, lo que justifica su puesta en orden y explotación. Además, el pensamiento comunitario no necesariamente está concebido para constituir identidades excluyentes del tipo nosotros- los otros, sino en el respeto de la alteridad y su derecho a existir, es decir, que implica que lo único que importa es “nuestro” beneficio y que las entidades, los pueblos aledaños y el mundo en general se jodan, mientras mi derecho divino y de estirpe (menonita) se cumpla, lo demás, es lo de menos. No sorprende que en el mundo de hoy comisarios ejidales o líderes comunitarios decidan ceder lo propio en pos de amasar fortunas, por más pequeñas que sean. Después de todo, todos vivimos en el presente y estamos sujetos a los vicios del mundo moderno. Empero, no veo muy comunitario y ciertamente no muy cristiano, la devastación que están desarrollando estos menonitas, que, aunque en una proporción muy menor, operan como las grandes corporaciones refresqueras, ganaderas, chocolateras, aguacateras y un largo etcétera. Queda abierta la denuncia y la invitación a seguir de cerca el desarrollo de tan terrible fenómeno en tierras mayas.

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