Reclaman pena de muerte durante el entierro del chofer de Uber

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“Me lo arrebataron”, clama la madre de Josué Emmanuel, chofer de Uber asesinado junto a tres estudiantes de medicina el domingo pasado en Santa Ana Xalmimilulco, mientras se despide de él apostada sobre su féretro.

“Mijito ya nunca más te voy a ver”, grita mientras abraza el ataúd de madera aún abierto para que los deudos observen el rostro por última vez del joven que tenía 28 años.

La mujer se ha desplomado encima del cadáver como si las piernas que la mantenían en pie hacía unos minutos le hubieran fallado.


No encuentra consuelo porque ha perdido un hijo, asesinado por tres ladrones de automóviles de Santa Ana Xalmimilulco, y por ello ignora a los demás familiares que intentan reconfortarla.

El féretro es bajado con dos cuerdas a la tumba ubicada al fondo del panteón de esta junta auxiliar. Unas seis personas lo sostienen para bajarlo y parencen ser insuficientes, debido a que el ataúd se ladea y con trabajos llega al piso.

Mientras los sepultureros le echan tierra se escucha un clamor al unísono: “Justicia”; “que les den la pena de muerte”, exclamó otra de las dolientes.

“Justicia, que no quede impune su muerte. Malditos, se llevaron a nuestro niño”, exclama un grupo de mujeres.

Los tíos de Josué Emmanuel toman la palabra para lamentar la inseguridad que cobró la vida de su sobrino y que tiene sumida a Puebla y todo el país en la zozobra.

“Queremos justicia, señor gobernador –Luis Miguel Barbosa. No queremos que se vendan los jueces por unos cuantos centavos. Que no se vendan porque se ha visto que los agarran, los encarcelan y tres o cuatro meses ya estén afuera”.

Vehículos de Uber encabezan cortejo fúnebre

Pareciera que todo el pueblo se volcó a las calles. Cientos de personas, quizá unas 300 o más, camina detrás del féretro. No todos son sus familiares, hay muchos vecinos entre la multitud que resiste impávida el sol a plomo.

El pueblo llora por Josué Emmanuel, mientras las campanas del templo replican como si anunciaran el luto generalizado.

Los perros ladran por las calles y la pirotecnia se lanza a través del recorrido de al menos 600 metros desde la casa de Josué hasta el último rezo.

Son tres vehículos de servicio de Uber, que manejan los compañeros de Josué Emanuel, los que encabezan la marcha fúnebre que por momentos pasa de la tristeza y la indignación a la euforia, del llanto a los aplausos y las porras, mientras un mariachi entona Mi hermano del alma.

Los familiares de cada una de las víctimas viven lutos distintos. Quizá los del chofer de Uber sea la despedida más humilde. Su familia colocó un manteado y contrató unas sillas para recibir a la gente, a sus vecinos e incluso a la prensa, a la que no paran de agradecer por informar sobre el homicidio.

En el panteón no hubo una lápida conmemorativa. Se cubrió el féretro con tierra, con flores blancas y con infinidad de coronas.

Antes de bajar el pesado ataúd, uno de sus familiares lo abre para darle a Josué el balón con el que solían jugar partidos de futbol: “Era con el que chutábamos”, reflexiona entre sollozos.

Al fondo, la esposa de Josué no aguanta más. Entra en shock al ver bajar el ataúd, mientras otras personas le pasan una botella con alcohol para reanimarla.

La mujer con dos hijos que han quedado en la orfandad se sienta sobre una lápida y rompe en llanto cuando afirma que “no podrá sola”.

Otras mujeres se le acercan, la rodean y le rebaten: “Verás que sí podrás”, “no estas sola”, “dios sabe por qué se lo llevó”, aluden a la viuda, a quien un grupo de presuntos ladrones le arrebató la vida de su marido en uno de los municipios más violentos del estado.