Parásitos

La gran ganadora de los premios Óscar de la Academia de Ciencias y Artes Cinematográficas fue la cinta Parásitos (2019) del surcoreano Bong Joon Ho. El acontecimiento es significativo por varias razones. La primera es que es la primera ocasión que una película extranjera de habla no inglesa gana la categoría de mejor película; sin embargo, también obtuvo la estatuilla por mejor película extranjera, mejor guión original y mejor director. Pese a que muchos de los asistentes a la gala aplaudieron y gritaron para que los ganadores siguieran dando su discurso de agradecimiento –les habían apagado la luz y habían cambiado la toma para que Jane Fonda clausurara el evento– es cierto que en los rostros de varios se reflejaba la incredulidad y uno que otro mostró indignación. De hecho, la Academia lleva ya varios años lanzando discursos políticos a diestra y siniestra, en un claro desafío al conservadurismo norteamericano bien representado por su tristemente célebre presidente. Hemos visto ediciones donde los afrodescendientes ganan de todo; hemos sido testigos de cómo se han apoderado del discurso tres directores mexicanos y les han arrebatado la estatuilla a muchos otros cineastas reconocidos en ese país. Sin embargo, nunca se había visto que le quitaran a Hollywood su estatuilla más preciada, la de mejor película. Y lo hace una cinta oriental, con una trama que no solo muestra la enorme brecha entre los que menos tienen y los que más, sino que es una clara crítica al modelo económico que nos rige y a sus nefastas consecuencias. Corea del Sur, país que ha sido colocado como modelo de avance educativo, económico y que, además, se presenta como una de las últimas fronteras entre el capitalismo triunfante y el comunismo más ramplón y decadente (Corea del Norte), resulta que tiene pobreza, zonas marginales, gente que no estudia y estafadores de poca monta, cruel metáfora de los parásitos que han medrado a costillas de todo el que se deje en este mundo neoliberal de porquería. Inevitable pensar en políticos, empresarios y líderes sociales. Parásitos es incómoda para el sistema, uno que, a final de cuentas, la celebra entregándole el máximo galardón de la actividad cinematográfica occidental.

No obstante, vale la pena reflexionar si no con su celebración deviene su entera asimilación por parte del sistema, como sucede con Neo y la Matrix en una especie de equilibrio perverso. En efecto, la disidencia se produce gracias a las inconsistencias del sistema, se establece y se nutre en las periferias, en lo marginal para después regresar con fuerza en manifestaciones usualmente violentas. Más adelante, dicha disidencia es absorbida y adquiere otros matices, como suele suceder cuando aquellos grupos de presión como las guerrillas o movimientos sociales se institucionalizan, forman agrupaciones políticas, agrupaciones civiles y participan en la “vida democrática” ofrecida por el sistema. Por supuesto, una vez ahí, tienden a instalarse en los mismos discursos criticados, a regodearse en el poder y a realizar venganzas pueriles, corruptelas insólitas y descarados abusos. Así, el sistema se ve reconstituido nuevamente. En pocas palabras: triunfa Parásitos, triunfa el sistema. Ojo, no estoy demeritando a la cinta, que es estupenda en todos los departamentos. De hecho, me pareció totalmente injusto que, si ya estaba tan nominada, ¿por qué no alcanzaron nominación cualquiera de sus protagonistas en las categorías de mejores actores, principales y de reparto? De hecho, las actrices hicieron un papel estupendo, equiparable al de cualquiera de las nominadas; lo mismo sucede con los hombres.

Parásitos, como he dicho, es una genial metáfora de la basura de mundo en que vivimos y le pega directamente a la falacia de la meritocracia, como sostiene Alice Krozer en el reportaje “La mentira de la meritocracia: para ser rico hay que nacer rico” publicado en agosto pasado en la revista Nexos, “Los reportes científicos confirman que aún con todo el esfuerzo que la gente pudiera invertir, 74 por ciento de las personas que nacen en pobreza en México nunca salen de ella. Por el otro lado, con o sin ganas, aquellos que nacen ricos no solo casi nunca pierden su posición (<2 por ciento), sino que también heredan su privilegio a sus hijos. Es decir, los orígenes socioeconómicos están estrechamente ligados a los destinos. En otras palabras: ser rico es caro… pero paga”. En Corea del Sur pasa exactamente lo mismo. De hecho, esos parias de los que habla la película existen en ese país y se les denomina “cucharas de tierra” en contraposición a los “cucharas de oro” que son lo que nacieron teniendo privilegios. Los de “tierra” no podrán jamás llegar a un nivel alto por más que lo intenten. Como reporta recientemente el diario El País al hablar del triunfo de la cinta en Hollywood, “la película, como en la vida, representa estas dos realidades que se han visto enfrentadas en los últimos años en las protestas por las fuertes desigualdades que existen en el país”. Por tanto, exhorto a quien lea este texto a que vea con profundidad Parásitos, que lea entre líneas; hay que fijar nuestra atención en el agudo mensaje que subyace: esa visión deprimente detrás de la falaz fachada que hace que nos demos cuenta que el proyecto está trazado y poco o nada podremos hacer para ser protagonistas del perverso juego del dinero y del poder, simplemente seremos unos espectadores cualquiera, viviendo en las alcantarillas, en los patios traseros, al margen para, de vez en cuando, furtivamente, atisbar esa sensación de pertenecer. Vaya ramalazo…