Pandemia: aprendizajes y los pendientes

La historia de la humanidad ha quedado marcada por la pandemia de Covid-19, que es la experiencia global más dolorosa y traumática que ha volcado a la sociedad a la desesperación y al miedo como no se veía desde la Segunda Guerra Mundial.

A diez meses de declarada la pandemia, la preocupación, el dolor, la tristeza, el temor, el estrés, angustia y algún sentimiento de fragilidad, persiste al interior de cada ser humano ante la enfermedad que para el ciudadano común sigue siendo un misterio y un temor. Los contagios siguen al alza, las bajas temperaturas del invierno y los descuidos sociales elevan la vulnerabilidad de los más débiles, pareciera no haber una salida inmediata.

En México, la cifra supera los 133 mil 700 fallecimientos, y cada día hay nuevos casos de contagio que saturan los hospitales públicos y privados que se niegan a recibir pacientes en estado de gravedad.  En tanto, muchos anhelan la llegada de la deseada vacuna; otros más, tal vez la mayoría, viven en la incertidumbre ante la falta de información fidedigna de una vacuna hasta ahora desconocida y, quizá, prefieran esperar o probar métodos alternos. Se habla de una vacunación gratuita a todo mexicano, aunque su llegada ha sido a cuenta gotas, será de aplicación voluntaria; tomar alguna medida coercitiva, sería violatorio, contraproducente e irresponsable.


Esta pandemia apocalíptica, no solo deja una crisis sanitaria con una población que vive bajo la zozobra, sino una afectación multisectorial. Niños y jóvenes en la deserción escolar, especulación y abusos en los precios de los alimentos, desempleo masivo, micro y pequeña industria asfixiada o en la quiebra, sector servicios y turismo parcialmente devastado, crisis económica, e incremento de la pobreza.

¿Qué aprendemos de esta amarga experiencia en medio de una sociedad convulsionada que vive bajo patrones y simulaciones? ¿Que resta por hacer?  Lo primero es reconocer que somos seres débiles, frágiles y mortales, que vivir es inaplazable, aunque inteligentes, pero soberbios e intolerantes.  Seguimos empeñados en los afanes del mundo triviales e intrascendentes que no perduran, se apolillan y corroen, olvidando lo esencial y de valor, por lo útil.  Al final de nuestros días, “en el fondo de la fosa llevaremos la misma vestidura”, como dice aquel viejo bolero. El nuevo coronavirus es una señal de alerta a la conducta humana. El mundo avanza aceleradamente hacia una crisis humanitaria, donde se imponen cada día personalidades patológicas y la fe del hombre se desvanece. Démonos la oportunidad de volver a empezar, de enderezar el camino y reconciliarnos, de crear una nueva forma de pensamiento y convivencia. Aún queda tiempo para amar, servir y perdonar al hombre y pedirle perdón a la madre tierra por tanto daño como le hemos ocasionado, devolver lo que es ajeno y vivir en paz. Resta ser agradecidos por estar de pie, aun por los que han partido.  La gratitud es atributo del noble y carácter refinado, es grandeza y humildad.  La ley de la gratitud brinda una vida más abundante y satisfactoria aprendiendo lo bueno de toda experiencia; además, es el principal ingrediente de la felicidad.