Domingo, abril 18, 2021

Pajaritos a volar

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Para algunos, la reclusión obligada por la pandemia ha producido un aumento del tiempo de permanencia en casa y con ello ha surgido la oportunidad de descubrir y realizar otras actividades —provechosas u ociosas— pero en cualquier caso diferentes a la rutina cotidiana, esto muy aparte de las labores domésticas y el desempeño “a distancia” de alguna responsabilidad laboral. Hay quienes se han ocupado de la repostería, la panadería o la cocina gurmé; otros más se han entregado a la lectura y algunos han descubierto las posibilidades de la jardinería de ornato o alimentaria, con jardincito o macetitas; es precisamente de esta actividad al aire libre que surge la curiosidad por saber algo de los pajaritos que surcan el cielo y que en ocasiones nos decoran con alguna plasta excrementicia semilíquida.

Lo primero que nos llama la atención de los pajaritos son los trinos y otros sonidos de su repertorio. Acto seguido, buscamos al responsable del melodioso canto que nos endulza la trompa de Eustaquio para tratar de identificarlo. Lo que sigue de esta exploración espontánea y profana es tratar de conocer el nombre común del ave que ha atraído nuestro interés y entonces acudimos a cualquiera que nos pueda ofrecer esa información. Si tenemos suerte con el “retrato hablado” del pajarito en cuestión, entonces ya tenemos un nombre que, usualmente procede de alguna denominación popular o de una lengua indígena de nuestra región, por ejemplo el nombre de cenzontle (Centzuntlatolle) proviene de la palabra náhuatl Centzuntli, que significa cuatrocientos[1], lo cual alude a la gran variedad de cantos que emite el animalito y que se puede traducir como “ave de 400 voces”, pues se trata de una hipérbole náhuatl equivalente a innumerable, valor que nosotros atribuimos al número mil, por ejemplo: —chamaco, te he dicho mil veces que no te subas en la silla porque te vas a caer.

No es que nos deba causar desvelos o empeños especiales la observación de las aves, pero aparte de ser un entretenimiento original estas miradas tienen que ver con una parte de nuestro entorno que, por cierto, hemos dejado de considerar como un sistema integral de interdependencia en el que estamos incluidos los seres humanos y cuyas las alteraciones nos afectan a todos. La presencia de diferentes especies de aves, así como su abundancia nos habla de la biodiversidad sobresaliente de México, así como de la salud del medio ambiente; por el contrario, su ausencia nos revela el daño que estamos causando a la naturaleza en cuanto a los muchos factores en los que intervienen los pájaros como la polinización de las plantas, la dispersión de las semillas, el control biológico que las aves ejercen al consumir insectos que podrían convertirse en plagas. En suma, la ignorancia de muchos y la codicia de otros está acabando con los hábitats de las aves, transformando nuestras ciudades en paisajes estériles donde predomina el gris del cemento.

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Las aves forman una parte vital de la inspiración poética y musical de muchos autores por el atributo que les concedemos de vivir en libertad. Así la música mexicana tradicional es verdaderamente abundante con ese contenido plumífero, empezando por las canciones infantiles como “La guacamaya” en la que … un periquín se encaprichó por una verde muñeca, la muy conocida y vigente “Patita”, “El casamiento de los palomos” con un pingüino barrigón como “padrecito” y “La cigüeña”, canción que nunca fue grabada … Mamá Cigüeña salió a volar/ para traemos/ un regalito de navidad./ De su gran pico colgado va/ un niño chico que está dormido/ pero que pronto despertará, todas de Cri cri; una de las primeras melodías que se enseñan a las tiernas criaturitas es la de “Los pollitos dicen pio, pio, pio” del compositor chileno Ismael Parraguez.

Que decir de la tradición musical del siglo xix que nos ha regalado piezas tan significativas como el jarabe popular “Pica, pica, pica perico” en la que el atrevido periquito de una señora quiere llevarse al río a cuanto prójimo se le atraviesa por enfrente, la exitosa canción de la Intervención Francesa “La Paloma” (habanera), que no es mexicana ni cubana, sino del compositor español Sebastián de Iradier; el hermoso vals “El faisán” de don Miguel Lerdo de Tejada o la canción típica de las despedidas y los adioses que hacen jirimiquear a muchos, “Las golondrinas”, cuya música es del médico mexicano Narciso Serradel Sevilla y la letra se ha escamoteado —sin recato alguno— a este galeno para atribuírsela a Niceto de Zamacois o al autor de “Don Juan Tenorio”, don José Zorrilla, ambos españoles.

El folclore musical de México está lleno de aves de todas clases, desde los zopilotes carroñeros como “El canario”, son huasteco del dominio popular; “El zopilote mojado” (polca) de Blas Galindo escrita para mariachi y orquesta sinfónica, el “Gavilán Pollero” de Ventura Romero y que popularizó Pedro Infante, “Cucurrucucú paloma” de Tomás Méndez, que ha sido y sigue siendo interpretada por muchísimos cantantes mexicanos y extranjeros; la mexicanísima “Pelea de gallos” que curiosamente es del chileno Juan S. Garrido, “Hermosa flor de pitaya” cuya letra es de Juan Rulfo y la encantadora música es de Marcial Alejandro … el pájaro carpintero/ para trabajar se agacha,/ de que encuentra su agujero/ hasta el pico le retacha… sin albur, malpensados.

Los colibríes también son motivo de hermosas canciones como “El colibrí” de mi cuate el cubano Alejandro García Virulo o “El colibrí y la flor” del antiguo folclore nicaragüense o cubano; “Gorrioncillo pecho amarillo”, canción de Tomás Méndez; “Golondrina viajera”, canción de Ricardo López Méndez (letra) y Guty Cárdenas (música). “Tengo un pájaro azul” de Manuel Díaz Massa (letra) y Pepe Domínguez (música) que corresponde, según los groseritos, a cierta parte de la anatomía de los pitufos; la canción “No soy un pájaro” de Gloria Trevi parece anunciar el avistamiento de Supermán … No soy un pájaro, no soy avión/ Pero soy más fuerte que una locomotora”. Así hasta el infinito.

Con la palabra pájaro y sus derivados se expresan muchas cosas en México. “Pajarito” corresponde al eufemismo del pene de los niños, “pájaro de cuenta” designa a un malandrín, “nidito de amor” se refiere al hogar de unos recién casados, “pajarraco” es un sujeto marrullero, “zopilote” designa a un tipo lerdo, “pájaros en el alambre” designa los espías o soplones, “echarse una pluma” es soplarse un pedo, “pajarear” significa estar de ocioso o avocado a la observación de las aves, lo cual finalmente quiere decir casi lo mismo, como me dijo un querido amigo hace unos días cuando el hombre estaba mirando a los pajaritos que llegaban a su jardín.

En fin, no le sigamos haciendo al pájaro uyuyuy que, por cierto, ya se encuentra extinto y reflexionemos sobre la importancia de las aves para el ecosistema del cual somos parte y no las degrademos a objetos vivos decorativos, porque como dice la canción “aunque la jaula sea de oro, no deja de ser prisión”.

[1] El número cuatrocientos corresponde a 20 veintenas en el sistema vigesimal mesoamericano.

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