Martes, junio 25, 2024

Oro/ I

“Madre, yo al oro me humillo:

él es mi amante y mi amado,

pues de puro enamorado

de continuo anda amarillo.

Que pues doblón o sencillo,

hace todo cuanto quiero,

poderoso caballero

es don Dinero.”

“Poderoso caballero es don Dinero”

Francisco de Quevedo (1603)

Un anhelo muy antiguo, documentado desde hace más de 6 mil años, ha sido la pretensión de transformar los metales ordinarios en oro y de esta manera, aquellos que lo lograsen, podrían convertirse en las personas más opulentas y poderosas del mundo. Este proceso, propio del ocultismo, se inició con la tradición hermética que buscaba encontrar las fórmulas mágicas y las sustancias primordiales que sirvieran para perfeccionar los elementos de la naturaleza y así iniciar el opus magnum (gran obra) que tendría como resultado la obtención la “piedra filosofal”, sustancia maravillosa que además de lograr la transmutación de los metales en oro, se creía que también constituía el elixir de la vida con el cual se lograría la inmortalidad. Con ese propósito ilusorio nacieron las prácticas de alquimia, que eran un conjunto de conocimientos y operaciones realizadas en laboratorios de química rudimentaria, de medicina, astrológicos, espiritualistas, etc. que dieron lugar a la química como disciplina científica, la cual forma parte fundamental de la civilización contemporánea. 

Solo sus chicharrones truenan

Entre los metales preciosos más apreciados por el hombre, se encuentra el oro, que en la antigüedad fue transformado en tesoros portentosos, maravillosas obras de joyería elaboradas exclusivamente para los poderosos que, paralelo al valor del exquisito trabajo de orfebrería, servían como símbolos del poder de sus poseedores y lo siguen siendo porque hay que ver la ostentación de algunas personas que se cuelgan cadenas, collares, aretes, medallones y otros objetos de oro para mostrar a todos su poder económico; es más, no faltan aún quienes se colocan casquillos de oro en la dentadura y se complacen en exhibir su áurea sonrisa a diestra y siniestra. Es tan estimado el brillo del oro y el gusto por lucirlo, que las prendas de vestir, los accesorios y el calzado que llevan aplicaciones doradas brillantes y refulgentes se venden más que las que no las tienen; es el mismo caso de los objetos radiantes que atraen la atención de muchos prójimos encandilados. 

La ambición y la codicia han nutrido a lo largo de la historia a la obsesión por la posesión de este metal y prácticamente todos los pueblos del mundo lo han atesorado y se han servido de él para establecer y legitimar el poder de sus dirigentes. La arqueometalurgia nos da cuenta de múltiples hallazgos en diversas regiones del mundo de joyería de oro, gemas, monedas; así como la evidencia de la extracción, fundición y forja de estos tesoros. Desde el extremo Oriente hasta la Europa occidental, en toda África y en buena parte de América el oro jugó un papel importantísimo para los altos dirigentes civiles y religiosos. Los museos muestran apenas solo algunas de estas riquezas que sobrevivieron al ingente saqueo de quienes se adelantaron a los arqueólogos profesionales y se hicieron de grandes fortunas desde la remota antigüedad. Como ejemplo tenemos que, en Egipto, los saqueadores estaban al asecho de las tumbas reales y de la nobleza para despojarlas de las riquezas que contenían, por lo que la inmensa mayoría de éstas fueron robadas desde épocas muy tempranas.

Ora sí que no te mediste… Midas

El origen de la metalurgia se registra, de acuerdo a la arqueología, en Mesopotamia y Sumeria, en general en el Próximo Oriente desde el año 5,000 a.n.e. con los hallazgos de piezas de cobre y también de oro correspondientes a la llamada Edad del Cobre o Calcolítico (gr. χαλκός, jalkós=cobre). El yacimiento más antiguo explorado hasta ahora (4,600-4,200 a.n.e.) ha sido la Necrópolis de Varna en Bulgaria. En la investigación se encontraron 294 tumbas en las que se ha observado una jerarquización estricta como se evidencia en el sepulcro número 43 de un personaje de la élite que se enterró acompañado de 900 objetos de oro. Algunas de estas tumbas son cenotafios que poseían ricos artefactos manufacturados en oro de gran calidad artística y que probablemente tenían un propósito ritual al no estar asociados directamente con restos humanos. Las fuentes de obtención de oro correspondían a vetas y a las arenas auríferas arrastradas por algunos ríos y entre muchos lugares mencionados en las crónicas antiguas se encuentra el río Pactolo en la actual Turquía, asociado al mítico Midas, rey de Frigia, aquel que convertía en oro todo lo que tocaba por un don que le procuró el borrachín de Sileno, padre adoptivo de Dionisio y que le podía haber aconsejado en este asunto del oro… ¡Midas… no te midas!

“Andar de la ceca a La Meca”

Uno de los usos más importantes del trabajo metalúrgico consiste en la acuñación, que es la estampación de una lámina metálica por un troquel y se aplica principalmente a la fabricación de monedas y medallas. Desde el siglo vii a.n.e. aparecen las monedas metálicas regularmente en Grecia para cumplir su función en los intercambios y transacciones comerciales. El investigador Manuel Gozalbes Fernández de Palencia en su ponencia “La acuñación del oro en la antigüedad” para participar en el xx Encuentro de Estudios sobre la Moneda nos dice que:

“La fabricación de monedas de oro incluye las emisiones de electro, aleación con plata que resultaba de valor algo inferior al oro puro, y que fue empleada fundamentalmente por algunas ciudades griegas y los cartagineses (…). La mayor difusión del oro amonedado se produjo a consecuencia de su acuñación como parte de los sistemas monetarios creados durante las fases monárquicas de las culturas griega y romana. El imperio persa, Filipo II, Alejandro Magno y sus sucesores convirtieron el oro en un valor de referencia permanente de sus sistemas monetarios, al igual que más tarde hicieron los emperadores romanos. Durante el bajo imperio el oro acabó incluso relegando a un modesto papel las emisiones en plata y bronce, dando carta de naturaleza a un sistema basado en este metal precioso”.

Hablando de grandes propósitos y empeños, los cruzados de los siglos xi al xiii, no solo estaban animados por la guerra santa y la recuperación de Jerusalén que estaba en poder de los fatimíes de Egipto para el año 1099, sino en la apropiación de territorios y por supuesto la obtención de grandes riquezas en oro como, por poner un ejemplo, los acuerdos entre los príncipes cristianos de la primera Cruzada que negociaron la continuación de su participación por 10 mil y 5 mil solidi (monedas de oro bizantinas) 

El oro y la plata en la América indígena

Las sociedades mesoamericanas conocieron tardíamente la minería o extracción de los minerales que contenían esos metales preciosos, la preparación de aleaciones que agregaran propiedades de resistencia, estabilidad y rendimiento, así como diversas técnicas de orfebrería que procuraran su transformación en diversos objetos de lujo. Además, el oro no fue muy abundante en el territorio que hoy ocupa México y Centroamérica y se obtuvo principalmente, en estado de pureza, de depósitos aluviales que arrastraba el agua. Así, en la región costera del Pacífico mexicano (mixtecos y tarascos principalmente) se practicó la minería y la metalurgia, aunque a juzgar por lo poco que se ha recuperado se revela una gran calidad técnica y artística. Los mexicas llamaron coztic teocuitlatl e íztac teocuitlatl al oro y a la plata con el significado, respectivamente, de excremento de los dioses (amarillo y blanca) y al cobre le llamaron tepoztli, mismo nombre que aplicaron al hierro cuando lo conocieron a través de los españoles.

Fue en Sudamérica, desde épocas muy tempranas, donde se trabajaron los metales y particularmente el cobre, el oro y la plata que sirvieron para los mismos propósitos del poder político y religioso con lo que se distinguían los gobernantes y sacerdotes. En la región andina que comparten Colombia, Ecuador, Perú, Bolivia, Chile y Argentina se utilizó el oro, la plata y el bronce (aleación de cobre en más de 80% y el resto de estaño) para confeccionar, mediante diversas técnicas, un sinnúmero de objetos ornamentales, rituales, armas y herramientas ordinarias, aproximadamente desde 2,200 años a.n.e. y del cobre en particular desde 1,400 a.n.e. en sociedades semisedentarias. Pero fueron los mochicas, cultura que se desarrolló entre los siglos i y vii d.n.e. en la costa Norte del Perú —contemporánea, por cierto, de Teotihuacan en Mesoamérica—mil años antes de los incas, quienes alcanzaron un alto grado de perfeccionamiento en sus técnicas metalúrgicas, así como en la belleza de los objetos logrados utilizando hornos de adobe y de piedra dotados de tubos de oxigenación para conseguir altas temperaturas.

Esta cultura poseía una refinada cerámica y trabajos de metalistería de alta calidad y abundancia. Solo en la tumba del llamado “señor de Sipán” se encontraron más de 600 objetos de oro y plata exquisitamente elaborados y en la misma zona se han realizado otros hallazgos semejantes de culturas que ocuparon posteriormente el mismo territorio como los chimú y la cultura Lambayeque. Se ha pensado que una parte de los ricos tesoros de los incas, expoliados por los invasores españoles, fueron en realidad objetos de culturas anteriores conseguidos por los incas en sus expediciones. Por otro lado, los muiscas o chibchas en Colombia desarrollaron también la metalurgia y es probable que de Panamá llegara ésta a Mesoamérica, como se ha demostrado con la composición de la tumbaga (aleación de cobre 70% y oro 30%), con proporciones semejantes en los dos sitios. 

El brillo de la fe o del oro

En América, a partir de la llegada de los europeos, sucedió algo parecido cuando los invasores, sin miramiento alguno; ni siquiera por el cristianismo que practicaban y supuestamente animaba su propósito evangelizador; saquearon las tumbas, templos, palacios y asesinaron a los poseedores originales del oro para enriquecerse y comprar prestigio social con algún título nobiliario. Los procesos de conquista e invasión del continente ocasionaron enconadas disputas entre los propios europeos que, al conocer la existencia del oro entre los indios, se lo disputaron hasta llegar frecuentemente a los crímenes de sangre. Las demás naciones, excluidas del reparto de las tierras americanas, armaron barcos piratas, encubiertos como corsarios, para asaltar las flotas españolas que transportaban abundantes cargas de metales preciosos hacia la metrópoli, para lo cual emplearon igual violencia que los beneficiados por el papado.

El Dorado

La leyenda de una ciudad perdida, El Dorado, hecha toda de oro, que resplandecía de tal forma que aquel visitante que por primera vez llegaba a sus inmediaciones, tenía que apartar la vista de ella hasta que se acostumbraran sus ojos al intenso brillo que despedía el oro. Algunas expediciones se organizaron para ir tras la fantástica ciudad que según diversas leyendas se encontraba en el territorio de la cultura muisca y en la que un cacique se cubría el cuerpo con polvo de oro y realizaba rituales en la laguna de Guatavita. Otras leyendas sitúan a El Dorado cerca de la costa del “Mar del Sur” con lo que Vasco Núñez de Balboa “descubre” el Océano Pacífico. Años más tarde se tiene noticia de la provincia del Birú o Perú y Francisco Pizarro, Diego de Almagro y Hernando de Luque emprendieron una expedición a esas tierras donde sus ambiciones fueron colmadas por el oro despojado a los incas. Durante la conquista del territorio de la actual Colombia cobró vigencia de la leyenda de la riqueza de la ciudad de oro y a medida que se iba expandiendo la invasión de América iban apareciendo nuevas leyendas acerca de la ubicación de esa mítica ciudad en la que no faltó la búsqueda que emprendió Alonso de Alvarado, sobrino de Pedro de Alvarado, autor de la masacre del Templo Mayor de la ciudad de México. Así, cientos de españoles se dedicaron por muchos años a buscar El Dorado infructuosamente y la codicia por poseer el preciado metal produjo innumerables asesinatos entre ellos y finalmente la imposibilidad de encontrar la ciudad de El Dorado cuya búsqueda continuó hasta bien entrado el siglo xviii.

El oro ha estado ligado a la historia de la humanidad desde tiempos muy remotos, justo a partir del momento en que fue extraído o recuperado para transformarlo en objetos vinculados al poder y también cuando fue amonedado para garantizar el valor de las transacciones comerciales de bienes importantes para la subsistencia humana. El oro ha seguido manteniendo su importancia en la edad moderna y es hasta ahora un componente indispensable en la economía del mundo contemporáneo. Continuaré con este tema en el próximo artículo, aunque sí quiero aclararles que “no soy monedita de oro pa´ caerles bien a todos, así nací y así soy, si no me quieren… ni modo”.


1 Biblioteca Virtual Universal. Francisco de Quevedo, Poderosos caballero. [Consultado: noviembre 2020] https://biblioteca.org.ar/libros/123.pdf 

2 Cenotafios, monumentos funerarios en el que no están enterradas las personas. Es decir, una tumba vacía.

3 Ceca= casa de moneda. La palabra ceca proviene de la voz árabe sikka, que significa moneda y troquel. “Andar de la ceca a La Meca” significa andar de lo material a lo espiritual, de un lado al otro.

4 Gozalbes Fernández de Palencia, Manuel. Gaceta Numismática No. 169, junio 2008, [Consultado: octubre de 2022] https://www.tesorillo.com/articulos/mgoz/oro.htm 

5 Solidii o sólido antigua moneda bizantina creada por Constantino i en el siglo iv d.n.e. Por cierto, que el nombre solidus, como salario a los participantes de campañas de guerra, ha generado las palabras soldado y sueldo en castellano.

6 Alva, Walter. Sipán. Descubrimiento e investigación. Lima: Edición del autor, año 2015, 294 p.

7  Becco, Horacio Jorge (selección, prólogo y notas). Crónicas de El Dorado. [Consultado:diciembre de 2021 ] https://ibero2umich.files.wordpress.com/2012/02/cronicas_de_el_dorado.pdf

8 En realidad, debe decirse quechua, porque El Inca era el dirigente máximo de este grupo étnico, aunque el nombre se ha venido aplicado a todos los integrantes de esa cultura. 

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