Viernes, agosto 19, 2022

Opacidad en la investigación biomédica

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Soy quisquilloso con el lenguaje. Esto me lleva a obtener conclusiones que son diametralmente distintas a las de la mayoría. El que esto sea bueno o malo, es lo de menos. A final de cuentas, considero que, más que positivo o negativo, esto es incómodo. Recientemente percibí lo anterior buscando información sobre un medicamento que actualmente se utiliza con una particular frecuencia en el tratamiento de la Diabetes mellitus Tipo II. Se trata de la Dapagliflozina, cuyo mecanismo de acción es particularmente interesante y su perfil de seguridad (es decir, la probabilidad de que tenga efectos secundarios) es tan bueno, que se puede indicar con un muy alto grado de confianza; sin embargo, tiene un gran defecto, que gira en torno a un costo extremadamente alto, lo que lo convierte en un medicamento que definitivamente no está al alcance de las mayorías.

Sin que necesariamente me pusiera a investigar los defectos de esta medicina, una búsqueda exhaustiva, me llevó a revisar un artículo en el que se concluye que la Dapagliflozina (cito textualmente)

“… no aporta ventajas respecto a la farmacoterapia de la Diabetes MellitusTipo II ya existente. Su falta de experiencia de uso, la ausencia de importantes beneficios clínicos y su elevado costo, hacen necesario restringir su utilización” (1).

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Esta afirmación parte de una revisión de estudios experimentales que se denominan erróneamente “ensayos clínicos”, pues hablamos de pruebas más que de “ensayos”, por supuesto, desde mi particular punto de vista. Como sea, la mejor forma de conocer los efectos de una medida que implique una intervención para contrarrestar los efectos de una enfermedad está en función de llevar a cabo experimentos lo más controlados que se pueda y con un número importante de individuos que permitan extender los resultados a grandes grupos poblacionales. Pero la ciencia no es exacta y constituye una regla el que siempre existan informes que tengan una cierta disparidad. El problema se genera ante la distorsión en la información, pues en toda investigación hay elementos, digamos “invisibles”, que no necesariamente surgen en todas las investigaciones. Para explicarlo con otras palabras, si se llevan a cabo

50 investigaciones sobre un medicamento y de estos, 30 ofrecen resultados negativos y 20 positivos, no divulgar un número determinado de los primeros (por decirlo de otra forma, 20 informes negativos), se va a dar un balance global, falsamente positivo. Si tomamos en cuenta que la industria farmacéutica es la que lleva a cabo principalmente la experimentación de medicamentos, es muy poco creíble que se difundan informes que dificulten la mercadotecnia y consecuente comercialización de los fármacos que se van desarrollando.

Ahora bien, actualmente nos encontramos en un proceso muy interesante de accesibilidad que pueden hacer transparentes las investigaciones biomédicas, gracias a la digitalización de artículos y su publicación en internet, generada en la década de 1990. Esto nos ayuda a los médicos para que tomemos mejores decisiones terapéuticas.

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Sin embargo, no todo es “miel sobre hojuelas”. La cantidad de información que se genera a cada segundo hace literalmente imposible que se pueda estar plenamente actualizado en tiempo real o incluso, en un periodo determinado, de meses o incluso de años. Para contrarrestar este fenómeno surgió la Medicina Basada en Evidencias (MBE), que es un método de análisis de información que, bajo ciertas condiciones, evalúa información que valida trabajos que se van publicando a nivel global.

Fue el epidemiólogo británico Archie Cochrane (1909-1988) quien en un libro titulado Efectividad y Eficacia: Reflexiones aleatorias en los Servicios de Salud quien, en 1979, argumentaba que los escasos recursos en el cuidado de la salud podían ser manejados en una forma eficiente solamente si se podía discernir qué tratamientos eran efectivos y cuáles no.

En noviembre de 1992, el “Evidence-Based Medicine Working Group” (EBMWG) o Grupo de Trabajo en Medicina Basada en Hechos, de la Universidad McMaster, en Ontario, Canadá, publicó en la revista Journal of the American Medical Association, mejor conocida como JAMA por sus siglas, el artículo titulado: Evidence-based medicine. A new approach to teaching the practice of medicine, iniciando así la difusión de un nuevo enfoque para la práctica de la medicina.

En 1993 se fundó la Colaboración Cochrane; organización sin ánimo de lucro que a través del trabajo de miles de investigadores voluntarios de todas partes del mundo genera un proceso riguroso y sistemático de revisión de las intervenciones en salud para facilitar la toma de decisiones que debemos de enfrentar los profesionales de la salud, los pacientes, los responsables de la formulación de políticas de salud y otros interesados, de acuerdo con los principios de la medicina basada en la evidencia.

Mientras los datos de pruebas clínicas sigan ocultándose, el conocimiento científico seguirá lastrado y se seguirán tomando decisiones de salud innecesariamente equivocadas; pero también habrá qué comprender que existen contrapartes desinteresadas en las que todos los médicos podremos apoyarnos para ejercer una práctica médica más efectiva, más objetiva, más real y, sobre todo, más humana.

Referencias:

1.- Escudero VB et al Dapagliflozina, novedoso antidiabético oral de futuro incierto. Farm Hosp.

2014;38(6):468-474

2.- http://www.ema.europa.eu/docs/es_ES/document_library/EPAR_-

_Product_Information/human/002322/WC500136026.pdf

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