Nuevos: el orden de Michel y el huérfano de Sofía

Una elegante casa en el Pedregal de San Ángel. De la barda para acá, la celebración de una boda de clase alta, digamos. De la barda para allá, intensas protestas sociales por diversas zonas de la Ciudad de México; toda una molestia, porque los invitados a la boda (políticos, empresarios) están llegando con retraso, por los bloqueos. En pleno coctel de bienvenida, un ex-trabajador de la familia anfitriona se presenta, buscando un préstamo urgente: su mujer –también ex-empleada de la casa– necesita una operación de corazón. Sus otrora patrones le reciben con simpatía aparente, pero le ayudan poco excepto por Marian (Naian González Norvind), la novia, quien no duda en abandonar el festejo –tarjeta de crédito en mano– para ir en ayuda de la enferma. Aunque se hace acompañar de un empleado, la familia no se da cuenta. Minutos después –con las revueltas callejeras ya totalmente fuera de control– decenas de “manifestantes” brincan la barda y no sólo vandalizan la casa y las propiedades, sino también agreden a los presentes. A partir de eso, el ejército se hace cargo a lo largo y ancho de la Ciudad de México, decretando ley marcial y toque de queda. La familia no vuelve a saber de Marian, ni Marian vuelve a saber de su familia. Primeros resultados, primeras inflexiones y consecuencias, de un nuevo orden.         

Nuevo orden, la más reciente película de Michel Franco, viene de ganar el Gran Premio del Jurado del Festival de Venecia. Es en efecto poderosa, muy provocadora, cual lo habíamos escuchado de quienes pudieron verla antes. A partir de lo segundo, de ser “provocadora”, deriva el por qué divide tanto las opiniones. No pocos han leído la cinta como clasista; otros, como tendenciosa en su puesta en escena, pero sin unanimidad (es curioso) en favor de qué: ¿de los “privilegiados” –ilegalmente tratados– o del definitivo hartazgo de los marginados, eternamente violentados? A despecho de estas opiniones, y de la mayor o menor disposición de cada cinéfilo a serenar su relación con la película, sin duda hay más en ella. Por ejemplo, los riesgosos escenarios en que puede traducir una militarización; un llamado de atención sobre la inequidad y sobre el desinterés con que solemos mirarla; el reclamo a los perennes, nunca erradicados, contubernios y encubrimientos del poder, entre quienes lo detentan; un desagrado global, desde luego, por lo que hoy somos como país, en contraste con lo que podríamos ser desde el orden, la consideración y el respeto para todos. En Nuevo orden están, atrevidos, bien puestos, los elementos que permiten y conducen a todas esas reflexiones; pero entre los espectadores, no todos –y no siempre– querrán aceptar el diálogo con ellos. Si se hace, la obra de Michel Franco (en serio: difícil de ver), más quedará como esa película-advertencia que ya muchos comentaristas han perfilado; y si no (o muy poco, o visceralmente), fungirá en cambio como esa película-paliza que ha tundido a tantos otros. Como sea, el planteamiento de la cinta de Franco pareciera ser que un necesario nuevo orden…no va por ahí.

Girando hacia otro film, está llamando la atención en Netflix La vida ante sí (La vita davanti a sé). No sólo por ser un remake de la oscareada película francesa Madame Rosa de 1977, sino porque la protagoniza –a sus 86 años, dirigida por su hijo Edoardo Ponti– la bienamada Sofía Loren, una genuina celebridad. Su primer rol, por cierto, en los últimos diez años. Adaptada de la novela de Romain Gary, tiene que ver con el encuentro de dos vidas: la de Madame Rosa, ex-prostituta sobreviviente del Holocausto, con la de Momo, un niño de la calle huérfano, en malos pasos. No mucho más en cuanto a eventos, pero sí en cuanto al emotivo vínculo de dos seres necesitados, de diferente manera. La película no es tan mayor, pero llega a sentirse superlativa justo por la presencia en ella de la imponente Loren, que entrega con temperamento y ternura a esa Madame Rosa en el epílogo de su vida, llena de carencias y de recuerdos. Un deleite volver a verla.