Sábado, julio 2, 2022

NO MIRES ARRIBA, SI NO HAY DINERO

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En No mires arriba (Don’t look up), la desconocida astróloga Kate Dibiasky (Jennifer Lawrence), estudiante de Doctorado, descubre un gigantesco cometa del tamaño del Monte Everest. Mucho para celebrar, excepto por el hecho de que avanza directamente hacia la Tierra, según las mediciones de trayectoria que efectúa el Dr. Randall Mindy (Leonardo DiCaprio), otro astrólogo de poco prestigio, profesor de Kate. Con certidumbre del 100%, la colisión ocurrirá en 6 meses y medio y arrojará como resultado la completa extinción del planeta, con todas sus especies. Claro, hay que avisarlo de inmediato a la Casa Blanca, para que el mundo intente desde ahí algún recurso de supervivencia. Sin embargo, la Presidenta Orlean (Meryl Streep) toma las cosas a la ligera, con apatía, igual que los medios de comunicación. Asumen todo como histeria precipitada, que no debe generar un clima pesimista. Así pues, la arenga a la gente es “no miren arriba”. Pero las evidencias se confirman como irrefutables; y entonces, ¿cómo reaccionan los dueños del planeta? Ante el pasmo e indignación de los científicos, encuentran en el suceso la oportunidad de ganar trillones de dólares; y qué caray, deciden aprovecharla. Ningún motivo mejor que ese para, entonces sí, mirar hacia arriba…

La premisa detonante de No mires arriba es aterradora, claro; pero quizá no tanto como el retrato que su director Adam McKay hace de las sociedades y los tiempos actuales, marcados por el individualismo, el desinterés, la incredulidad, la soberbia y la prevalencia del dinero, catalizados por la inmediatez irreflexiva (frecuentemente ignorante) de las redes sociales y por el “pastoreo” de ciertos medios de comunicación irresponsables, vinculados a los intereses del poder y no de la gente. En ello radica el valor de este film –cuánto, queda a discusión– que no llega a estar de manera contundente, o al menos evidente, en sus rasgos formales, para no llamarlos “artísticos”. Concebida como comedia satírica, a No mires arriba le sobran minutos y también parodia, lo que inevitablemente resta filo, ácido, a sus intenciones de crítica social. Entre esos minutos, algunos relativos a los intercambios verbales entre Kate, Randall y Teddy (Rob Morgan) sobre cuánto les minimizan y descartan a pesar de lo vital/dramático de su advertencia; y varios más sobre cierto affaire de Randall, inmerso en las oportunidades que da la fama. Y en cuanto al exceso de parodia, se hace notable en los trazos no tan finos de los personajes de Orlean y su hijo Jason (Jonah Hill), por mucho que uno suponga que aluden en directo al perfil de la Casa Blanca de Trump. 

Es así que el film de McKay, en buena medida se diluye en el camino, apostando preferentemente al “mensaje” –muy evidente– por encima de los rasgos creativos capaces de aportar a ese mensaje la estatura que el proyecto merecía. De otra forma dicho, aquí son mejores el concepto y el guion (de David Sirota y Adam McKay, respectivamente) que su concreción cinematográfica, justo por lo cual No mires arriba queda como una cinta recordable, y no como una memorable. Eso sí, van a sobrarle aduladores y panegíricos si se confirma que es ya la película más vista en la historia de Netflix. De ser cierto, eso la hace anecdótica, pero no una obra mejor. En todo caso, la tendencia aparente es que gusta mucho a las audiencias, en lo que de seguro influyen, determinantemente, la presencia y actuaciones de Jennifer Lawrence y Leonardo DiCaprio, además de ese momento final en la casa de Randall, que en estricto es el único de hondura –y hasta de cierta poesía– en todo el film. Así que, en un balance, no es una cinta descartable, pero tampoco una mayor; justo la medianía que no esperábamos de algo dirigido por McKay (La gran apuesta, El vicio del poder) y actuado por DiCaprio, Lawrence, Streep, Hill, Cate Blanchett y Mark Rylance, cuyos trabajos, como casi siempre, son efectivos y lucidores. Decidan pues ustedes si miran arriba o no. Y quédense a todos los créditos, para un par de sorpresas de cierre.

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