Lunes, junio 21, 2021

Ninguna sociedad puede desarrollarse si la mitad de su población vive con miedo a la violencia: académicas

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Ningún espacio está libre de violencia sexual contra las mujeres, en casa, escuelas, calle y centros de trabajo, esta mala práctica sucede en todo momento. A fin de poner sobre la mesa una perspectiva feminista respecto a la violencia sexual en el ámbito universitario, la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (BUAP) realizó un foro virtual en el que académicas dieron contexto la problemática para abrir vías de transformación.

“Ninguna sociedad puede desarrollarse si la mitad de su población vive con miedo a la violencia (…) Requerimos confluencias e intersecciones que nos permitan avanzar y eliminar la concepción de que solo existe una corriente de feminismo válida”, aseguró María Eugenia Mendoza, del Instituto de Física de la Universidad Autónoma de Puebla.

Tan solo en 2015 una de cada 10 mujeres fue víctima de violencia sexual en el mundo de acuerdo con la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO). En ese mismo año el grito contra esta desigualdad sistemática de abusos, se visibilizó bajo el decreto del Día mundial contra la violencia de género el 25 de noviembre, arma para visibilizar en la esfera pública esta problemática tan arraigada culturalmente, y en muchos casos normalizada por lo mismo.

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Durante el foro Violencia sexual contra las mujeres en los ámbitos universitarios, convocado por el Instituto de Ciencias y Humanidades, la Facultad de Físico Matemáticas y la Facultad de Economía, varias académicas hicieron un repaso reciente de los casos de acoso denunciados públicamente en varias universidades, espacios que aún cuando cultivan sociedades progresistas, no se libran de estas conductas vergonzosas de profesores o compañeros de clase hacia las alumnas.

En las facultades de la BUAP, al igual que en otras universidades se colocaron los tendederos de acoso, vía para señalar a los propios agresores y a las instituciones que los mantienen impunes.

En noviembre de 2018 alumnas de El Colegio de México hicieron público a través de redes sociales los carteles que pegaron en su escuela donde detallaban hostigamiento, acoso sexual y violencia de género hacia ellas. La Universidad Autónoma de México (UNAM) con todo y su esplendor universitario, no se libra de este mal, pues en 2019 cuatro planteles emplearon el paro indefinido como recurso para exigir seguimiento y evidenciar reportes de acoso.

De acuerdo con la académica María Eugenia Mendoza, si bien es cierto que existen acciones legislativas, como la Ley para una vida libre de violencia, establecida desde 2007 y actualizada en 2020, el maltrato hacia las mujeres en las escuelas remite a una problemática sistemática.

“Estos documentos permiten una base legal para detener la violencia, sin embargo la violencia continúa porque no hay acciones sistemáticas, los acosadores están libres, la BUAP debe ser baluarte de un feminismo contendiente ante la realidad en la ciudad de Puebla”, aseguró Mendoza.

Los datos de la Encuesta Nacional de Violencia contra las Mujeres no pueden más que generar rabia, así lo evidenció la académica Diana Karina Mantilla, de la Facultad de Derecho de la BUAP, quien recordó lo que las mujeres vivimos todos los días desde pequeñas: que en las calles somos vistas lascivamente desde los ocho años y a los 13 ya se nos hostiga en nuestras escuelas.

“Las estudiantes llevan experimentando este abuso gran parte de sus vidas”, aseveró Mantilla. Por lo mismo, pequeños grupos de mujeres en instituciones se han encargado de elaborar sus propios protocolos contra la violencia de género a fin de rescatar sus espacios.

Si no les dedican el tiempo y las angustias ellas mismas, las autoridades de las universidades ni se inmutan siquiera para elevar a problema el acoso sexual contra alumnas, profesoras y demás personal. En muchas escuelas se trata solo de una nimiedad.

“La violencia sexual es una expresión de una violencia más profunda, más compleja, entrelazada con relaciones patriarcales y de origen (…) Existe una cultura institucional violenta, las universidades nacieron como instituciones masculinas, clubes masculinos en los que las mujeres eran consideradas una amenaza para los hombres que querían estudiar”, detalló la académica Itandehui Reyes, del Instituto de Ciencias y Humanidades.

Reyes no tiene duda de que las prácticas violentas contra la mujer se alimentan en un triángulo donde imperan la violencia directa, estructural y simbólica. Su lamento es que tienen la particularidad de no siempre ser visibles debido a su carácter profundamente arraigado.

Para este grupo de académicas es necesario reevaluar las prácticas cotidianas, relaciones jerárquicas y el tipo de conductas de superiores con sus alumnas dentro y fuera de las universidades.

La burla constante, el maltrato al no conceder la palabra durante la clase, la sonrisa condescendiente, la comparación con los compañeros hombres, son solo algunas maneras de minimizar a una alumna a una estadística de violencia de género. Eso en la escala más baja pero no menos relevante, pues hay casos claros en los que hay insinuaciones de carácter sexual, o presiones académicas a cambio de citas.

“Estamos hablando de relaciones de poder que son construidas desde ámbitos económicos, políticos, sociales, en ambientes estudiantiles y laborales, por eso es un reto para las universidades, para los diferentes espacios de conocimiento, analizar cómo se da esta relacionalidad”, dijo María Eugenia Ochoa, del departamento de Investigaciones Históricas del Movimiento Obrero de la BUAP.

Para las académicas despejar el camino de la violencia contra mujeres en las universidades se vuelve un proyecto multifactorial, desde la concepción misma de la mujer en la sociedad, hasta la vigilancia y sanción de conductas lascivas en estos lugares formativos que no son más que una muestra de lo que sucede en las calles, en los hogares, en todos lados.

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