Domingo, agosto 14, 2022

Narrativa indigenista

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En la construcción de las tradiciones literarias en el continente, en específico en México y Centroamérica, encontramos movimientos literarios y artísticos o acciones individualizadas que, con el interés de encontrar una identidad literaria, han aprovechado lo indígena ―independientemente si se trata de formas de discurso, personajes, o acontecimientos históricos― para construir sus propuestas. En esa elaboración podemos encontrar que lo indígena se convierte en un mero pretexto para la construcción de tramas y personajes o punto de partida para la elaboración de discursos tendientes a denotar aspectos pretendidamente universales que se viven en estas latitudes. Podría afirmar sin exagerar, que en ambos países se cuenta con una considerable producción narrativa, lo mismo en cuento que en novela, donde nuestros pueblos originarios son los protagonistas. Historias, en general, que contribuyeron queriéndolo o no, a la construcción de nacionalismos en ambos países. Como ejemplo de lo anterior, escribí lo siguiente en mi libro “¡Se han sublevado los indios! Canek, cambios y continuidades de un símbolo maya” (2018): “Ermilo Abreu Gómez publicó en 1940 Canek, historia y leyenda de un héroe maya, (…) se suma a través de esta novela a una corriente que vio en lo indígena el sentido de lo nacional y sea por justicia hacia los indígenas y su historia de constantes agravios y explotación —como afirma Abreuo por apoyar el discurso de nación que se construía, el caso es que estos autores van a narrar historias donde la imagen del indio es la de una especie de héroe que representa a todos los otros indios y, en ocasiones, se hablará de grupos de indios, sin rostro”. Pese a ello, gracias a esta novela, muchos nos hemos acercado al tema maya y algunas comunidades han conservado su memoria. Como parte de la investigación que dio origen a esa publicación, descubrí que la memoria de la cultura, no sólo de la población en general en Yucatán, sino de la comunidad maya en Cisteil, poblado donde se escenificó la rebelión de Canek, se vio reforzada con la novela.  Para ellos, la rebelión se dio en los términos que presentó el novelista; pero, además, incluso las frases que Canek nunca dijo, pero que el autor decidió poner en su boca, son las que recuerda la población: en el centro del pueblo, colgado en un árbol, existe un letrero que reza: “Los blancos hicieron que estas tierras fueran extranjeras para el indio; hicieron que el indio comprara con su sangre el viento que respira”. Dicha frase aparece en la novela de Abreu. Por supuesto, hay que decir que, en este caso, la novela se basa en un personaje de la vida real que, además, se ha convertido en bandera de ciertos movimientos de reivindicación maya en la actualidad, con lo que se ha motivado la trascendencia de la novela. Sin embargo, hay muchos otros casos donde eso no sucede.

Algo que muchas de estas novelas exhiben es la peculiar relación que han establecido las sociedades coloniales e independientes con sus comunidades indígenas. De hecho, es frecuente que los autores retraten las terribles condiciones en que viven, la explotación de la que son objeto y su relación enteramente desigual frente a los ladinos. En el libro “Rey Kanek: Historia y mito en la construcción de la identidad maya itza’” (2020), comento que “Severo Martínez Peláez (1925-1998), ese importante historiador guatemalteco, intituló uno de los apartados de su ya clásico La patria del criollo (1998) con la frase “El problema del Indio”, frase contundente que nos da la sensación de que el indio es ese asunto incómodo que hay que tratar, esa persona “fastidiosa” que curiosamente vive entre nosotros, muchas veces sin que nos demos cuenta pues oculta su identidad, su lengua y sus tradiciones para evitar ser discriminado”. En ese mismo libro escribí: “El asunto, a final de cuentas, es que nuestras comunidades indígenas han enfrentado desde la invasión, el cambio constante de su realidad, el despojo, el desarraigo mediante desplazamientos de diversa índole, sea económica, política o producto de los conflictos armados, tan comunes en el siglo XX en muchos países de América y un constante ataque a su propia identidad. Como se vio en Guatemala, por ejemplo, durante la dictadura de Jorge Ubico (1931-1944): Como sostienen (Lois y Vapnarsky, 2010: 102), ‘la desaparición dramática del idioma itzá como lengua materna y de uso cotidiano se inició en los años 1930, cuando el dictador de Guatemala, general Jorge Ubico, instauró una violenta política contra las lenguas mayas’”. En ese entorno es que se ubica la trama de la novela “El Misterio de San Andrés” (1996) del guatemalteco Dante Liano, narración indigenista que describe en dos vías sucesos ocurridos precisamente en la época de Ubico a dos personajes: Roberto Cosenza, hijo de padre italiano y madre guatemalteca nacido en la costa y de Benito Xocop, maya (kakchiquel) de la zona de los altos de Guatemala.

La novela de Liano nos brinda posibilidades interesantes de análisis, especialmente si lo vemos desde la enorme carga simbólica presente en la misma y que contrasta de manera interesante con lo que acontece en la vida real. Coincido con Tzara Vargas que afirma en su capítulo de libro titulado “La representación de la cultura maya en El misterio de San Andrés, de Dante Liano” publicado en el libro “Mi palabra a la faz del cielo, a la faz de la tierra. Aproximación multidisciplinaria al legado escrito de los pueblos mayas” (2021), que “para hablar de la representación cultural maya en la novela ‘El misterio de San Andrés’ (1996) es preciso identificar lo siguiente: primero, se trata de una novela indigenista y no de literatura indígena, debido al carácter mestizo del autor y, por ende, la perspectiva de lo maya es externa. Segundo, la cultura y las sociedades se adaptan para subsistir; el cambio no implica extinción, sino transformación. La adopción de elementos exógenos no significa el fin de la cultura maya o la suplantación de sus símbolos, sino la acumulación de éstos”. En efecto, como lo he sostenido en numerosas ocasiones, las culturas, en especial las de tradición mesoamericana, se adaptan a las circunstancias y “cambian para sobrevivir”. Pero vale decir quizá que también lo hacen los “otros”, los denominados “ladinos” en esta novela, que en realidad alude, como es en otras latitudes mayas, a todo aquel individuo no maya. Roberto y Benito caminan a lo largo de los capítulos como hilos conductores de la vida de sus propias comunidades. Empero, hay una descripción mucho más detallada de Roberto Cosenza, su ascendencia italiana y su pertenencia a la sociedad gutemalteca de la costa. Por su parte, tenemos algunos tintes de la vida de Benito Xocop, pero no sabemos realmente a qué etnia pertenece, aunque, al conocer algunos eventos históricos relacionados con la novela nos percatamos que es kakchiquel -y al final de la novela, Liano lo sugiere-. La construcción de los personajes y la narración que los acompaña, como agudamente señala Vargas en el texto antes citado, pretende mostrar ambas cosmovisiones, la guatemalteca, necesariamente vinculada a occidente, y la indígena, con profundas raíces en el pensamiento mesoamericano. “Salvo dos excepciones -afirma Vargas-, los capítulos se intercalan uno a uno entre el narrador en tercera y primera persona. Los cambios estilísticos entre ambas partes son evidentes y cumplen la función de identificar los contrastes idiosincráticos de cada protagonista”. Hay una necesaria transformación como resultado del encuentro entre ambos, quizá más evidente por parte de Roberto que se ve tocado por aquel mundo que no conocía -lo mismo que el mismo Liano-; empero, por parte de Benito, lo que sucede es lo que ha sucedido desde que los europeos pusieron pie en tierras americanas: la subordinación, a veces pacífica, a veces violenta, de los mayas al nuevo orden. Y no extraña lo que afirma Liano en voz de su protagonista maya: “Benito piensa en sus montañas, en el aire fresco con olor a hojas de árbol y la rabia le muerde las entrañas. Recuerda las enseñanzas de los abuelos, de las abuelas, de los padres, de las madres. ‘Día va a llegar en que nuestras tierras serán nuestras, en que el ladino se va a ir a otro lado, en que vamos a quedarnos solos en el Corazón del Mundo, en nuestra tierra donde nacimos’”. Destaco aquí ciertos elementos que rescata Liano de la cosmovisión maya en torno a la vida de Xocop. Primero, numerosos conocimientos, frases y nombres relacionados con las costumbres de esa región de Guatemala, pero comúnes al pensamiento mesoamericano -como las constantes referencias a entidades del monte-. Segundo, la utilización del denominado “lenguaje de zuyuá”, que es un lenguaje cifrado con enigmas y figuras que podemos encontrar en los libros del Chilam Balam en la península de Yucatán y que, como sostiene Manuel Alberto Morales Damián en su libro “Palabras que se arremolinan, lenguaje simbólico en el Libro de Chilam Balam de Chumayel” (2011), “a partir de la revisión de los diccionarios coloniales y modernos, sugiere una forma del lenguaje hablado que confunde a quien lo escucha, palabras que se encadenan unas a otras circularmente jugando con el ritmo y el significado, se trata de un lenguaje figurado de carácter celeste; su empleo supone, para el oficiante, hacer descender las fuerzas sagradas del cielo”.

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De cualquier manera, pese todos los recursos de los que echa mano Liano, pese a su evidente investigación, encuentro una descripción más detallada de Roberto que de Benito. Por ejemplo, con independencia de que aquellos capítulos dedicados al kakchiquel están cargados de misticismo y elementos de su cosmovisión, no encuentro las numerosas motivaciones, dudas e inquietudes que sí retrata en Roberto. ¿Acaso Benito, por estar inmerso en su propia vida dentro de la comunidad no tiene inquietudes intelectuales, deseos, ambiciones o capitulaciones comunitarias? Y ojo, no estoy pidiendo de ninguna manera que se “occidentalice” al kakchiquel para hacerlo tener intereses fuera de su realidad, sino en verdad penetrar en la personalidad del “otro” ese que nos resulta tan distinto a nosotros. No obstante, a diferencia de muchos otros autores indigenistas, Liano estructura su novela escapando lo más posible de estereotipos y filias o fobias; igualmente, evita sólo compartir una colección de palabras y conceptos mayas sin sentido y procura entenderlos y ubicarlos en situaciones reales, cotidianas. Igualmente, creo que Liano elude entregar una visión panfletaria de lo maya y ostenta, en cambio, una que ofrece un enfoque descarnado, sin juicios ni justificaciones, de un pasaje histórico terriblemente convulso de la historia del país vecino. Por supuesto, cualquiera que se interese en el estudio o el retrato de nuestros pueblos originarios, se puede ver afectado y quizá opte por una postura “indianófila” -cercana a la ingenuidad- de su historia y presente. Sin embargo, creo que Liano logra trascender esas filias involuntarias y nos brinda una novela provocativa. Finalmente, como dice Vargas, Liano “no construye una imagen colectiva del indígena estereotipado. Pese a tener una visión externa de la cultura maya, configura a sus personajes desde una posición humana que les permite demostrar cualidades positivas y negativas. Además de que manifiestan sus emociones y una incesante necesitad de conservar su memoria, su origen y sus enseñanzas”. Novela ampliamente recomendable.

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