Domingo, junio 16, 2024

Narrativa de fuego

¿Recuerdan la guerra sucia?

¿Los tiempos en los que el Estado mexicano acalló, esa violencia de las instituciones utilizada de manera selectiva, la gran mayoría de las voces disidentes?

¿Unos largos años en que la palabra opositor era sinónimo de perseguido?

Tal vez sí, tal vez no.

Aun sin tener del todo claro la duración del periodo, han existido intentos por desentrañar los hechos e incorporarlos a las páginas de nuestra historia contemporánea.

A algunos, algunas, le sonará: una fiscalía especial para movimientos sociales y políticos del pasado, en el primer sexenio panista; una comisión para el acceso a la verdad, el esclarecimiento histórico y el impulso a la justicia de las violaciones graves a derechos humanos, en días de la actual 4T.

Pero se tienen también otras miradas (al lado de las investigaciones académicas, colectivas o individuales) que se refieren al hecho desde la experiencia personal (en la mayoría de los casos), incorporándolo a la narrativa de ficción.

Versiones que en su mayoría pertenecen a uno de los bandos de esa citada guerra sucia, el agredido, el perdedor.

 En este plano habremos de situar Tiempos de fuego, novela del sinaloense Rodrigo Gonzales (1947) publicada recientemente por el FCE, que se asoma a las vidas de un grupo de militantes de organizaciones insurrectas. Jóvenes que en su mayoría provenían del movimiento estudiantil, partido en cachitos por la represión en 1968, encabezada por una de las versiones más autoritaria del régimen priista.

Habrá de tener mucho de autobiografía esta novela, sin duda, pero desde sus intenciones literarias cumple las cuotas de verosimilitud requeridas para inscribirse en el canon específico (Castañeda, Montemayor, Glockner…). La narrativa que da cuenta de toda una generación “trastocada por un reloj de incendios y rescoldos”. Historia que va de Monterrey a Guadalajara y al DF; de guerra y orfandad generacional donde los muertos los aportan siempre los jóvenes, a grados de infamia tales que ni siquiera “han podido ser enterrados”.

Qué difícil habrá sido la vida de esos jóvenes, siempre el miedo a cuestas. Salidos de las aulas universitarias y prontamente divididos en “comunistas, socialistas, marxistas, marxólogos, marxianos, internacionalistas, castristas, trotskistas, maoístas, espartacos, estalinistas puros y simples, guevaristas, eurocomunistas”.

“De todo, incluyendo fans de Lenin y de Lennon”, remata la narración.

Hombres y mujeres, no mayores de los veinticinco años, a los que la toma de conciencia y la violencia urbana les impide continuar la senda del movimiento estudiantil para, meramente, “aprovechar las universidades como plataformas o espacios institucionales que podrían en un momento dado ofrecer cierta cobertura”.

“Bueno…”, dirá uno se los agentes del régimen encargado de pelear en contra de los insurrectos, “son los mismos estudiantes del 68… pero radicalizados y, sobre todo, armados”.

Nada frente a nosotros

No habrán días de luz para estos jóvenes, “nos veo claramente ahí, envueltos todos en el miedo”, como no los hubo sino hasta mucho tiempo después (a la furia del 68 le seguiría la del 71), “nos han encajonado en esta calle estrecha y no podemos ver nada frente a nosotros, a quince minutos de la salida y ya sin muchos ánimos de ejercer un derecho ciudadano consagrado en nuestra Carta Magna”.

La tranquilidad y la alegría clausurada para estos jóvenes.

“Somos militantes disciplinados, conscientes”, se reconocen en un tiempo, “por aquel otoño de 1967 en que se dio a conocer la noticia: el Che había sido ejecutado”.

Días de guerra en la que un impacto de un automóvil contra un puente de concreto sobre el tramo Toluca-Morelia, es la data en consigna la muerte Genaro Vázquez Rojas, “uno de los hombres clave para lograr un eventual acuerdo nacional de la oposición armada”.

Verdaderos tiempos de fuego que Gonzales nos recuerda en esta novela que ya en su arranque lo dice todo.

“La muerte nos ha reunido una vez más. Se ha ido y estoy presente en su sepelio. Vine a despedir al amigo y compañero de sueños y luchas, trabajos y discusiones, proyectos y delirios. Me dicen que expiró tranquilamente en su cama, meses después de una intervención quirúrgica. La verdadera causa, dijo el médico, habían sido las secuelas de un golpe en la cabeza, muchos años antes”.

Rodrigo Gonzales, Tiempos de fuego, FCE, México, 2022, 240 pp.

@mauflos

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