Con una muestra y un concierto, la SC hará un homenaje póstumo a Francisco Toledo

Como una manera de homenajear a Francisco Toledo, fallecido el 5 de septiembre y reconocido por ser un artista cercano a Puebla no solo en su obra sino en su acción, la Secretaría de Cultura (SC) estatal prepara una exposición en la que se exhibirán obras inéditas del artista juchiteco, uno de los máximos exponentes de la plástica mexicana.

Bajo el nombre de Las huellas de Toledo, la muestra abrirá el próximo sábado 14 de septiembre en el recinto que en el año 2000, el propio artista gráfico apoyó en su apertura y consolidación: el Museo Taller Erasto Cortes (Mutec), al cual donó colecciones de grabado –unas 140 piezas– y más de 3 mil 400 libros de arte que conforman la biblioteca que lleva su nombre –antes nombrada en honor al pintor Emilio Ortiz, amigo del oaxaqueño.

Asimismo, se indicó por medio de un boletín informativo, la SC abrió una convocatoria para que la comunidad artística presente obras que aludan al estilo, técnica o temática del creador oaxaqueño y formen parte de una exposición, previa selección, que será montada del 27 de septiembre al 30 de noviembre.


De igual forma, este viernes 13 de septiembre a las 17 horas en San Pedro Museo de Arte, la Filarmónica 5 de Mayo ofrecerá el concierto Homenaje a Francisco Toledo, con un repertorio representativo de autores mexicanos. Dirigida por Fernando Lozano, la orquesta interpretará la pieza Dios nunca muere, de Macedonio Alcalá; Concierto para trompeta piccolo, de Enjott Schneider con Otto Sauter como solista; piezas de Rafael Méndez Tríos –Gallito, Nena, Kiko, Bravo matador y Frijoles saltarines–, seguido de Tierra de temporal, de José Pablo Moncayo, para cerrar con Sensemayá, de Silvestre Revueltas.

Francisco Toledo fue un escultor, pintor, grabador y promotor de la cultura mexicana en el extranjero; en suma, un artista completo que creó su propio lenguaje visual, aquél que caminaba surcando, sembrando, borrando las fronteras entre artes visuales, literatura, diseño, artesanía y activismo.

“Tal vez dibujé a los 10 años. Recuerdo las tareas de la escuela. Recuerdo que alguna vez pinté sobre las paredes de mi casa. Dibujaba allí y mi papá, cuando llegó el tiempo de pintar nuestra casa, respetó mis cosas. Cuidaba mis cosas porque no puso pintura sobre la pared donde yo había dibujado… Cuando llegué a Oaxaca, a mi familia le dijeron que ‘este muchacho dibuja’. Por cierto, hubo una exposición de arte mexicano y fue la primera vez que vi pintura, antes no había visto un cuadro”, dijo el pintor en una entrevista con el también juchiteco Macario Matus.

Reconocido por su talento, con toque irreverente, transgresor de sus obras, un luchador social, un filántropo, defensor de sus ideales, de su tierra, de sus lenguas, de la ecología, del patrimonio artístico oaxaqueño, de los desprotegidos, nació el 17 de julio de 1940 con el nombre de Francisco Benjamín López Toledo, fue el cuarto de siete hijos de Francisco López Orozco y Florencia Toledo Nolasco.

Estudió arte gráfica en el taller de grabado de Arturo García Bustos y en su trayectoria llegó al Taller Libre de Grabado de la Escuela de Diseño y Artesanías, del Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura (INBAL), en la Ciudad de México. En 1960, con 20 años de edad, el artista viajó a París para ingresar al taller de S.W Hayter. Allá conoció a Rufino Tamayo y a Octavio Paz.

“Quería estar ligado a mi comunidad, ahí había mitos orales, tradiciones, cuentos; pensaba que podía ser el ilustrador de esos mitos. Con el tiempo me fui cargando de más información, visité ciudades y museos; Picasso, Klee, Miró, Dubuffet, viví en Europa, viajé a España, conocí a Tàpies, a Saura… Mi arte es una mezcla de lo que he visto y de otras cosas que no sé de dónde vienen. Me han influido el arte primitivo, pero también los locos, los enfermos mentales y, sobre todo, Rufino Tamayo”, refirió el pintor.

Apasionado y dedicado, su obra está llena de androginia, de zoología, pues para él, el mundo del ser humano es uno con la naturaleza, así, murciélagos, insectos, iguanas, sapos, fueron bellos a través de sus ojos; artículos de uso común fueron convertidos en diseños que se embellecían para ser usados, también fueron lienzo de denuncia y protesta en contra de las injusticias, como ejemplo se encuentra una serie de 43 papalotes con las caras de los estudiantes desaparecidos de la normal de Ayotzinapa.