Domingo, febrero 25, 2024

Morante o el arte al rescate

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Vamos a pasar piadoso manto de silencio sobre la llamada temporada chica capitalina para centrarnos en la campaña es


En la imagen, Juan Antonio Morante Camacho
En la imagen, Juan Antonio Morante Camacho

pañola más problemática y anémica en mucho tiempo. Pocos festejos, poco público, poco que reseñar podría ser su resumen. Desalentador pero rigurosamente cierto. Por no contar, esta vez no contó siquiera con el puñadito de tardes que José Tomás venía toreando desde su reaparición, a excepción de 2010, año de su terrible cornada de Aguascalientes.

Algo hay, sin embargo rescatable. Para nosotros, desde luego, las felices actuaciones en Madrid de varios de nuestros matadores, ignorados luego por el sistema que ha perfeccionado hasta límites inauditos el sistemático ninguneo de todo lo que huela a toreros mexicanos. Imposible dejar de mencionar los triunfos incontestables de Joselito adame en la primera plaza del mundo, y su gallarda lucha contra la posterior cerrazón empresarial, paralela a la de Diego Silveti –otro triunfador neto en Las Ventas–, o el abandono total en que quedó Arturo Saldívar luego de  la oreja que cortó allí mismo y en pleno San Isidro. Por no hablar de Sergio Flores o el novillero Brandon Campos: si éste rescató unos cuantos contratos, el tlaxcalteca mejor se volvió a México, para encontrarse con un serio percance hace pocos días, en Zacatecas.

Total, mucho esfuerzo sin eco ni recompensa, pese el aldabonazo múltiple de Madrid.

La madurez de El Juli. Si de algo ha servido la temporada española fue para certificar la espléndida madurez de Julián López, que no fue a Madrid pero abrió la puerta grande en Sevilla y Bilbao, y ha hecho brillar donde quiera la fuerza de su decisión y su maestría. Su temporada 2013, planteada sobre las coordenadas tomasistas de pocos festejos a triunfo cantado, camina sobre ruedas, superado el duro trance de la cornada sevillana y un accidente vial en la alborada del año. Bien puede el madrileño, a 15 años de su alternativa –tomada precisamente el 14 de septiembre de 1998, en Nimes– presumir de haber escalado en ese dilatado lapso la cumbre más alta del toreo.

Talavante, en transición. Reciente está la estela de su encerrona en Mérida, amplificada porque TVE la transmitió en directo, contrariando, sin llegar a romperla, su política antitaurina de los últimos años, pues una lluvia fugaz moja el desierto pero no acaba con la sequía. Para Talavante ha sido ésa su mejor tarde del año, pese a la relativa importancia del coso emeritense y lo terciado del encierro de Zalduendo, muy noble y propicio por lo demás.

Previamente, Alejandro caminó por un sendero más bien sinuoso, incluida su fallida encerrona de Madrid con victorinos –aunque días después se desquitó desorejando por partida doble a un manso de Victoriano del Río– y su tibio paso por Sevilla, Pamplona o Bilbao. Y es que, como se mencionó aquí en reciente columna, parecía haberle perdido el pulso al toreo en redondo. Si lo recobró en Mérida, ésta sería la mejor noticia dentro de una campaña de claroscuros.

Perera y Castella. Dentro de las limitaciones de un año especialmente anómalo, ambos han mantenido nivel de figuras y aportando la fuerza de su clase a bastantes ferias –si bien el francés faltó a algunas de las principales–, mas sin dejar mucha huella de su paso por la temporada. Al contrario de Talavante, les cuesta conectar con los tendidos e incluso con la prensa, más fríos de la cuenta, unos y otra, al enjuiciar sus actuaciones.  Es un hecho que Miguel Ángel, luego de cortar oreja en San Isidro, mereció algo más que un rácano apéndice en Bilbao, desbordante de sitio, decisión y torerismo en todo momento, y que la templadísima faena de Sebastián al cuarto de Victoriano del Río el 24 de mayo en Madrid requería una respuesta más entusiasta de la que encontró, en la plaza y en los papeles.

Poco tienen que reprocharse uno y otro. Tal vez, la necesidad de poner algo más de calor a sus con frecuencia impecables actuaciones.

Ponce y Manzanares. Diestros en más de un sentido similares, lo han sido también en el planteamiento de sus respectivas campañas, a base de pocas y bien pagadas actuaciones. Empero, la apuesta le resultó más favorable al valenciano, ausente por muchos años de Sevilla y Madrid y bastante gris este año en el coso de su tierra pero no en Bilbao, donde brilló intensamente en sus dos presentaciones y hasta le buscó una bronca al juez por negarle el segundo apéndice de un ejemplar de Domingo Hernández, además de desorejar a otro de Alcurrucén, dentro de una temporada bastante templada y pareja en triunfos.


Por el contrario, José María ha tenido que remar contra la corriente desde que tuvo que solucionar a última hora una encerrona que se deslizaba cuesta abajo en Sevilla, y viene cumpliendo una campaña muy tibia, pese a la oreja del 24 de mayo en Madrid. Incluso, sus manos a mano con El Juli, especialmente el de Bilbao con pajunas reses de El Pilar, resultaron fallidos.

Fandiño y los emergentes. Aunque hablar de emergentes es una exageración, pues se echan en falta nombres nuevos con capacidad para alborotar el adormecido cotarro, merece encomio la infatigable tenacidad de Iván Fandiño, que ha suplido la ausencia de padrinos de peso con un toreo sin edulcorantes artificiales y siempre a cara descubierta. De modo que la durísima cornada de Madrid –mayo 22, al estoquear a un encastado Parladé del que le enviaron la oreja a la enfermería– tuvo merecida compensación en Pamplona (dos orejas), Bilbao (una, con bronca al juez por negar la segunda), así como en cosos franceses de tanta jerarquía como Arles y Mont–de–Marsan, éxitos muy de considerar entre los muchos que vienen jalonado su esforzada campaña.

Justa recompensa será para Iván su doble presencia de Iván en la madrileña feria de otoño, compromiso que no rehuyó como tantas figuras suelen. Por cierto, allí estará también Joselito Adame, que no ha pisado otra plaza de primera en todo 2013, pese a que estuvo a punto de abrir la puerta grande de Las Ventas en sus dos triunfales comparecencias del mes de junio.


Pareja fugaz de Fandiño en pasadas temporadas, David Mora –que acompaña con valor muy resuelto y sereno su asolerado corte de torero clásico– se ha defendido bien del bajón de festejos con triunfos puntuales pero valederos. Y otro tanto puede decirse del riojano Diego Urdiales, cuyo excelente concepto no pudo brillar en Madrid pero sí en Bilbao, escenario de triunfos no menos señalados de Rubén Pinar, el colombiano Luis Bolívar y el salmantino Juan del Álamo, cuyo despegue en Madrid la tarde de los Bohórquez desorejados por él, Diego Silveti y el francés Juan Bautista (mayo 19) encontró recompensa en ferias y carteles de fuste, algo que sus alternantes de ese día se quedaron esperando. A falta de sazón, pues es muy joven y ha toreado poco, Del Álamo transmite un inequívoco aroma torero. Como el sevillano Antonio Nazaré, que a diferencia del salmantino empezó la temporada con un aldabonazo fuerte en Sevilla –la tarde de la grave cornada de El Juli–, para sufrir un brusco parón de contratos tras pasar sin suerte por Madrid.

Otro novato digno de mención, Saúl Jiménez Fortes, encontró hueco en buenos carteles que le permitieron mostrarse como un prospecto a seguir –Pamplona y Bilbao lo pueden atestiguar–, pero topó con la contraparte de dos duros percances. Y precisamente en el hospital se encuentra ahora mismo el sevillano Manuel Escribano, revelación del año a partir de su triunfo con miuras en Sevilla –cartel al que entró en reemplazo de El Juli, herido–. Porque el toro encastado y entero sigue disponiendo, independientemente de cómo venga el año, de las punzantes y temibles armas de siempre, sobre las que ha de brillar, o sucumbir, la grandeza y autenticidad del toreo.

Y Morante… Pero si alguna huella deja 2013 como año taurino será, sobre todo, por las escasas pero prodigiosas faenas grandes de Juan Antonio Morante Camacho, cuyo arte es capaz de superar cualquier escollo –tardes grises en las ferias fundamentales, percances como la grave cornada de Huesca a principios de agosto– para colocarse por encima de todo y de todos. Aun en sus días aciagos, cuanto hace este torero emana un aroma distinto e incomparable. Y cuidado si un toro le embiste como le embistieron el Juan Pedro de Valencia en marzo y los dos de Cuvillo en Córdoba, porque entonces y los duendes bajan y hay arte mayor y gozo espiritual inefable, todo eso que posee y transmite este torero como muy pocos en la larga historia de la tauromaquia. Tanto el día de San José en Valencia como el 25 de mayo en la ciudad de los califas, el de la Puebla entró una conjunción cósmica y degustó exquisitamente el toreo, embriagando por igual a toros y públicos mucho más allá de lo que pudieran sugerir los apéndices recibidos (cuatro orejas y un rabo en la tarde cordobesa, nada menos).

La culminación fue la mágica tarde morantista del pasado día 8 en la goyesca de Ronda: reaparecía tras el duro cate de Huesca, solo ante un escogido sexteto de Juan Pedro Domecq, y ofreció un recital de arte sin par, lidiando o toreando, gustándose o bregando, con capa, banderillas, muleta y estoque. No fue el mejor día para la divisa sevillana y casi ni importó, así de inspirado estaba el artista, severamente ataviado de pasamanería antigua sobre sedas azul marino. El trazo de su verónica, el vuelo de unas chicuelinas de sabor añejo, la variedad de remates y floreos de sus engaños embelesaba a toros y espectadores por igual. Llevaba cortadas tres orejas –las dos del tercero– cuando tomó los palos en el último, clavó dos pares soberbios, y para cerrar el tercio pidió las cortas y una silla de mimbre, sentado en la cual desafió al astado y le quebró un par dieciochesco, en sintonía con las añosas arcadas del venerable coliseo. Ni qué decir tiene que su muleta soñó el toreo en redondo, dibujó arabescos y remanguillés y terminó por embelesar y enloquecer a los afortunados asistentes, mientras el bicho se apagaba drásticamente.

Aun así, y por más que le reglamento de la Maestranza de Ronda prescribe un mínimo de cuatro orejas para franquear su puerta grande, la multitud se impuso y por ella sacó en hombros a Morante. Ese torero extraordinario que, en ausencia de José Tomás, hará memorable una temporada cojitranca hasta la preocupación, como sin duda está siendo ésta de 2013.

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