Miradas del cine a algunos “teen–agers”

A dos meses y medio de estar y trabajar en casa (que también tiene pros, aunque más nos fijamos en los contras) mantengo la tónica de las últimas semanas: sugerir films, cohesionados como “ciclo” por algún rasgo, que ayuden a invertir mejor nuestro tiempo. Esta vez, cinco ficciones que tienen que ver con adolescentes o casi adolescentes.

Fish tank (2009), de Andrea Arnold. La rebelde quinceañera Mia (Katie Jarvis, excepcional en su debut como actriz) vive en Essex, con su madre –que bebe demasiado– y su hermana menor. Cuando el nuevo novio de la mamá se muda a vivir con ellas, Mia establece una ambigua relación con el tipo, figura tanto paterna como atrayente. Predeciblemente, la atracción se sale de control con consecuencias que marcan las vidas de ambos personajes. El argumento es asumido por la directora Arnold sin concesiones, con una firmeza envidiable, para una experiencia fílmica inquietante y satisfactoria que no es para cinéfilos asustadizos, sino para esos capaces de mirar la profundidad de las causas y no sólo el ruido de los efectos.

Después de Lucía (2012), de Michel Franco. Tras la muerte de su esposa Lucía, un tipo se muda con su hija a la ciudad de México, donde la chica, por un video, es degradada por sus nuevos compañeros y desaparece. En defensa de su hija, el padre reacciona; no sólo desde la ira y la confusión, sino también desde el desequilibrio que le acompaña “después de Lucía”. Film poderoso y triste, riguroso, desdramatizado (si cabe), en el que largos y distanciados planos fijos acentúan la resonancia de los eventos. Si bien el bullying es el automático tema central, la cinta amplía la mirada hacia sus derivaciones naturales: el daño íntimo y emocional, la indefensión, la desconexión, muy en especial el hartazgo, que llevan a la ruptura psicológica y –como es el caso– a la falsa justificación de la venganza.


La bicicleta verde (2012), de Haifaa Al-Mansour. La pequeña Wadjda quiere comprar una bicicleta, lo que su madre reprueba por el riesgo a la “virtud” de la niña y por las prohibiciones imperantes sobre la mujer en el Reino de Arabia Saudita. La directora Al-Mansour aprovecha su argumento para una reflexión alegórica sobre el papel de la figura femenina ante las restricciones sociales en los países islámicos (la candorosa simpleza de la trama realza aún más la intención crítica). Y en acuerdo con su alegato, durante el rodaje no se le permitió interactuar con su crew masculino. Entonces, debió dirigir las escenas de las calles desde una camioneta, viendo un monitor y dando instrucciones por walkie-talkie.

Lady Bird (2017), de Greta Gerwig. Una adolescente que se hace llamar Lady Bird (Saoirse Ronin), quiere salir de Sacramento e irse “adonde esté la cultura”; apenas uno de los temas que hace tan difícil la relación con su madre, estricta y de carácter. Esencialmente una cinta sobre mujeres. Mujeres que identifican su situación y enfrentan los retos derivados; mujeres que toman la iniciativa; mujeres que hacen de sus sueños, guía; mujeres –como Lady Bird y su madre– que podrán cuestionarse entre ellas, pero que se quieren profundamente. Cinta sensible e inteligente, completamente disfrutable.

Mentes peligrosas (2017), de Nattawut Poonpiriya. Buscando ganar plata (aprovechando los diferentes husos horarios de Australia y Tailandia), un grupo de jovencitos arma un esquema para filtrar a decenas de “clientes” las respuestas del examen internacional SAT, a tiempo de aprovecharlas en su país, fraudulentamente. Fresca, muy original, desenfadada a ratos, Mentes peligrosas está basada en hechos reales(!). Inicia como una comedia juvenil sobre tramposillos de poca monta, para terminar como una suerte de thriller atípico, muy bien dirigido y actuado. La película igual se las arregla para convertirse en una lección de cómo construir suspenso (lo que no es poca cosa), sin dejar de ofrecer un rostro humano.