Cuando hice mi servicio social en la sierra norte del Estado de Puebla, conviviendo con gente en pobreza extrema, pude percibir una serie de fenómenos de un dramatismo que hasta ahora, no puedo comprender. La falta de servicios médicos de calidad, unida a la carencia de recursos y de educación, convertían a la muerte como un fenómeno natural y común; sin embargo, siempre estaba lleno de dolor y sufrimiento. La consternación de una batalla perdida, anticipadamente anunciada y previamente percibida.
Pero la gente fallecía en el hogar, en medio de familiares y amigos. No faltaba quién estuviese al lado del lecho del enfermo. Siempre sobraban personas quienes, desinteresadamente se ofrecían a apoyar. Así, el dolor que se percibía en el ambiente durante los rituales religiosos posteriores, era de un carácter genuinamente personal y particularmente solidario.
Pero en estas fechas del “Día de muertos”, todo se trasformaba, recordando al ser querido con una serie de festejos que incluyen ofrendas, reuniones, visitas a cementerios donde predominan las flores multicolores y el espectáculo abigarrado de expresiones culturales que solamente nosotros los mexicanos podemos comprender.
Nos burlamos de la muerte, escribiendo “calaveras” que caracterizan nuestra jocosidad y acentúan bromistamente nuestros defectos. Incluso, nos comemos cráneos de dulce y chocolate, ofreciéndolos a los niños como una golosina que lejos de representar algo doloroso, se trasforma en una costumbre de un corte particularmente curioso y especialmente interesante. Pero, a medida que hemos sido invadidos por la práctica del “halloween” (palabra anglosajona derivada de All Hallow’s Even o víspera del día de los santos) nuestras costumbres se transforman y pierden su carácter típico y natural.
En la sierra, las personas percibían que morir era común, de modo que este proceso, si bien no era agradable, se consideraba natural; pero nosotros, en la brutal experiencia de vivir en las ciudades, invadidos por un consumismo atroz y desmesurado, perdemos nuestras tradiciones y obviamente confundimos significados que lejos de ser sanos, generan una infinidad de temores y aprensiones.
Le tenemos miedo a la muerte. Tanto, que la misma palabra debe ser borrada totalmente de nuestro vocabulario, como si fuese un tema prohibido. Al enfermo moribundo, cruelmente, nunca debe decírsele la verdad sobre su estado. Se le oculta la gravedad de su padecimiento ante la inminencia de un proceso que él mismo puede percibir. Y es que, se considera desalmado a quien, en un momento dado, tenga el valor de decirle a un enfermo terminal directamente lo que puede suceder. Entonces, frente al moribundo se ofrecen rostros de falsa expectativa y frases de aliento, mientras a sus espaldas, se derraman lágrimas de dolor por el pobre individuo que pronto morirá.
Cuando se va a sacrificar a un animal con fines humanitarios, se expresa que se “va a llevar a dormir” como una cínica forma de ocultar la palabra matar, que realmente viene a ser una eutanasia, cuyo significado es tan real, como necesario, de expresar.
Pero lo peor es que en el medio urbano, la gente ya no muere en sus casas. Recluidos en hospitales, aislados en salas de Terapia Intensiva, manteniendo la vida en formas muchas veces inhumanas, rodeados de enfermeras, personal de limpieza y médicos ajenos a los sentimientos de solidaridad familiar y amistad, transforman a la persona en parámetros vitales llenos de una tecnología que traduce la vida en cifras que espectacularmente se refleja en monitores que anuncian el estado físico de un ser vivo, pero ocultan lo más importante que es el sentimiento humano.
Tal vez este razonamiento se considere insensible, pero creo fielmente que, el negar a un individuo el conocer su circunstancia real, estando en el umbral de la muerte, constituye una especie de traición al último acto de la vida que debe ser conducido y apoyado de modo que no solamente se desarrolle en una forma natural sino con un claro sentido de la dignidad.
No se trata de decir directamente: ¡Te vas a morir ya! sino de hablar con la verdad, planteando las probabilidades de salir adelante sin inhibiciones y con todo el valor que las circunstancias lo requieren. Ahora bien, surge la necesidad de pensar qué preferiría yo, en mi caso particular, cuando en su momento, de una u otra forma, deba de enfrentar ese trance de dejar de existir y afrontar el último de los misterios de la vida, que es mi vida. Esta pregunta me la han hecho muchas veces, y mi respuesta siempre es contundente: No le temo a la muerte. A lo que verdaderamente le tengo pánico, es a dejar de vivir… intensamente.
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