Lunes, diciembre 15, 2025

Medicina que está enferma

     Los cambios actuales, en todos los ámbitos, suceden a una velocidad realmente vertiginosa; pero tal vez, el área en donde se manifiestan con mayor notoriedad es en la medicina. 

     Tradicionalmente se ha concebido al médico como a un individuo que, después de estudios universitarios, alcanza un título que lo capacita, tanto para preservar la salud, como para tratar las enfermedades una vez que se han generado; sin embargo, en el siglo pasado, bastaba el grado de “licenciatura” para poder ejercer la profesión en una forma libre y respetada por la sociedad. De hecho, en el Diccionario de la Real Academia Española se plantea que la palabra licenciatura proviene del latín licentiāre, que significa “licenciar”, esto es, dar permiso, en el sentido social más amplio de la palabra. Esta autorización o consentimiento surgía con la plena conciencia de que no cualquiera terminaba una carrera universitaria. Los estudiantes eran de tiempo completo y los medios para estudiar eran tan escasos y caros, que la puntualidad en las clases y la comunicación con maestros era condición imprescindible en la preparación universitaria. Esto daba cabida a una visión del médico no solamente humano sino de respeto. 

     Cuando se egresaba de la Universidad como Médico Cirujano y Partero era precisamente porque, a lo largo de siete años u ocho años, los médicos efectivamente se preparaban para resolver problemas de innumerables enfermedades, muchas veces haciendo visitas domiciliarias y evaluando a los enfermos precisamente donde se enfermaban y no a donde ya llegaban enfermos. Surgieron entonces individuos que practicaban la profesión polifacéticamente, es decir, a través de múltiples actividades que incluían elementos de índole cultural, social, humana y hasta formativa. 

     Pero en la actualidad, la figura del médico se encuentra bajo un proceso de transformación intensa que implica una nueva serie de definiciones que son poco claras. Uno de los primeros problemas gira alrededor de la súper especialización. No basta con estudiar una licenciatura (que actualmente se ha reducido en tiempo y calidad). El salir de la Universidad con un título de “licenciado en medicina” ya lleva implícita la necesidad de llevar a cabo una especialización; especialidad que va a ser insuficiente para poder desarrollarse plenamente y que obliga a las mal denominadas “sub-especializaciones” que no son otra cosa más que la especialización de la especialización. Entonces el campo de acción del médico se va reduciendo, de modo que se pierde la esencia del acto clínico como era concebido en el pasado, es decir, de la serie de acciones llevadas a cabo por un profesionista capaz de resolver problemas generales de salud.

     Los países ricos ya vislumbraron este fenómeno como una crisis a futuro, de modo que en 1999 fue firmada “La Declaración de Bologna” por 29 países europeos, con el objetivo de conseguir un espacio de educación superior que ponga orden y coherencia a los miles de estudios y titulaciones que imparten las universidades, estableciendo un nuevo catálogo de títulos y profesiones acordes con las necesidades sociales, contemplando las necesidades del mercado de trabajo.

     Nosotros estamos lejos de un proyecto semejante. La abrumadora cantidad de médicos que se requieren, la crisis de las instituciones, los altísimos niveles de corrupción, el deterioro de la salud colectiva en México y la falta de recursos no tienen calificativo dentro de su cruda realidad. El panorama a futuro es realmente desolador, reflejándose en una concepción desvirtuada del médico ante la sociedad. Esto nos hace percibir que nuestra medicina está gravemente enferma y debemos de establecer mecanismos de diagnóstico, tratamiento, pronóstico y prevención que nos orienten a un futuro más prometedor. 

     Por supuesto es importante formar a más profesionistas en el área de la salud; pero también se requiere perfilar a los nuevos egresados de las universidades con una orientación más dirigida a tener elementos didácticos que se extiendan más allá de las aulas, promover la cooperación interinstitucional con el profesionista en forma individual para favorecer la educación médica continua, abrir espacios que brinden acceso a grandes cantidades de información de adquisición gratuita, estimular la valoración social de los médicos generales y un largo etcétera que forzosamente debe de centrarse en la humanización de la profesión. 

     No se trata de saber más sino de aplicar en la mejor forma, lo poco que se sabe, a donde más se necesita. 

     

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