Matizando la estadística

Siempre me pareció que los recuentos numéricos, llevados a la fiesta de toros, estaban fuera de lugar. No es que no hubiera experimentado y sentido un orgullo explosivo cuando supe de las 108 corridas en España de Carlos Arruza años antes de que yo naciera, o de la vez que Armilla –quien cortó nada menos que 43 rabos toreando en la capital de nuestro país– encabezó la lista peninsular de 1935, por no hablar de los 81 paseíllos que en la vieja plaza de la carretera de Aragón sumó en una docena de años mal contados Rodolfo Gaona, cifra que ni Manolete ni Camino ni El Viti habrían de alcanzar. En cambio, nada bueno me dijeron los récords de Jesulín –us 163 paseíllos la temporada de su encerrona aquella ante puras mujeres en Aranjuez–, mucho menos los de El Cordobés en el 71 o Eloy Cavazos en plazas mexicanas algún tiempo después, ampliamente superiores al centenar, pero en condiciones de “comodidad” que las estadísticas son incapaces de reflejar. Y si tanto Chicuelo II como su tocayo Benítez pudieron pasear siete y ocho apéndices, respectivamente, de las cuatro reses que despacharon en las isidradas de 1970 y 1954, tales cifras me remiten menos a la grandeza de sus relativas hazañas que a la manga anchísima que por entonces acompañaba los orgiásticos entusiasmos del público madrileño, tan severo y adusto hoy día.

 

Mensaje tomista


 

Es posible que nadie haya contribuido tanto a poner en evidencia el sinsentido de cualquier furor numérico como José Tomás. Si ha exagerado la limitación de sus comparecencias, es indudable que su capacidad de convocatoria, el fervor suscitado por cada una de esas escasas presentaciones y los resultados artísticos de las mismas representan la antítesis de lo cuantitativo y la paralela exaltación de lo cualitativo como parámetro del toreo –y de cualquier forma del arte–. Pero ojo: él también, como El Cordobés y el malogrado albaceteño Manuel Jiménez, desorejó a cuatro ejemplares consecutivos ante la cátedra madrileña en el último par de corridas que allí toreó. Sólo que, en 2008, muy otros eran los toros y los criterios de premiación en Las Ventas, comparados con los que privaban allí mismo cuatro o cinco décadas atrás.

Lo cual nos obliga a ser cuidadosos, incluso al impugnar el valor de la estadística. Que induce a error si le otorgamos un valor absoluto, pero resulta muy útil para subrayar logros toreros cuando se pasan sus cifras por el tamiz de las circunstancias en que se produjeron. Para ponderar en consecuencia.

 

Callejón sin salida

 

La recién concluida temporada capitalina es el típico ejemplo de cuanto la estadística pueda tener de deleznable y engañoso. Porque decir que lo que vimos –lo que presenció un público desencantado y progresivamente decreciente– valía 37 orejas, tres indultos y un montón de salidas en hombros, a cambio de 15 aburridas tardes pródigas en toritos de regalo, par de corridas en forma y una sola realmente memorable, sería tanto como designar fiscal anticorrupción al Vasco Aguirre o reclamar cinco estrellas Michelín para la garnachería de la esquina.

Resumiendo: la devaluación de los apéndices que actualmente se cortan en la México corre paralela a la incompetencia empresarial y la casi desaparición de la bravura, resultado de un largo proceso, tristemente concretado en las últimas dos décadas. Mas aunque estemos ante la entronización de la zafiedad y el apogeo de la simulación, erróneo sería hacer tabla rasa y reducir a escombros 69 años de sangre, sudor y triunfos sobre la arena capitalina. Eso sí, en alguno de los círculos infernales tendría que haber espacio para los responsables de alimentar la extendida suposición de que triunfar en la México ha estado, desde siempre, al alcance de cualquiera. Un círculo reservado a ganaderos desaprensivos, autoridades indiferentes a las consuetudinarias violaciones al reglamento, una empresa cuyo único objetivo visible parece centrado en expulsar al público de la plaza y a la fiesta del gusto de los capitalinos, jueces devenidos obsequiosos empleados del sistema y publicronistas cuya exclusiva función consiste en jalear la simulación y ocultar el desastre.

 

Toros y toreros al rescate

 

Pero no todo está perdido, mientras haya vida habrá esperanza. Vida y esperanza –incluso grandeza– centradas, como ocurrió y ocurrirá siempre, en la casta del toro auténtico y del torero y el toreo cabal. Justo lo que da significado a la temporada recién ida, al aportar los valores que, por serlo, están muy por encima de cifras y estadísticas mentirosas.

Imposible olvidar –vaya por delante lo mejor– el ejemplar juego que dio el cárdeno de Xajay “Gibraltar”, y la enorme faena con la que Sergio Flores se colocó, de sopetón, como claro aspirante al elevado sitial que actualmente ocupa Joselito Adame, tan por encima del resto de la baraja nacional que la empresa prefirió ignorarlo y dejarlo fuera de sus combinaciones, no fuera a ser que volviera a las andadas y terminara consagrándose y cobrando lo que sólo parece reservado para las figuras de importación. Y eso que en la temporada precedente, la mayor entrada la hizo una terna de mexicanos, encabezada precisamente por Adame y redondeada por Saldívar y Silveti (01.12.13).

De Xajay, por cierto, vino otra buena corrida, con arrastre lento para “Nuriesco”, con el que triunfó El Payo, siempre enjundioso, en tarde de tres orejas (Octavio les añadiría una más, la del hermoso colorado “Desafío” de La Joya, a medianoche del 5–6 de febrero). Ese día (07. 12.14), también tocaron pelo Fermín Rivera y Arturo Saldívar, a la postre, dos de los que terminan el ciclo mejor situados, con apéndice por tarde al potosino –en dos paseíllos– y cosecha de cuatro el hidrocálido en tres actuaciones. Sobresaliente la clásica expresión de Fermín, demasiado severa para algunos. Un problema con el que también topó José Mauricio, torero de clase que no acaba de afianzarse.

Orejas de menos peso las hubo para Talavante, Perera, Ponce, Juan Pablo Sánchez, El Zotoluco, Pizarro, El Zapata, Mario Aguilar, Mauricio, Silveti –todas con su ración de protestas– y, ya en franca chacota, para Angelino, Víctor Mora y El Chihuahua. No es que no hicieran su esfuerzo, pero premiarlos sólo sirvió para confirmar ese tono pueblerino que devalúa y lastra a la Monumental. Otra oreja paseó Fermín Espinosa IV, ligerita pese a la buena impresión causada al confirmar su alternativa, como esperanzadora resultó la de Juan Pablo Llaguno, jóvenes ambos de excelente corte torero. De consignarse, asimismo, los destellos de Morante, entre ellos cuatro o cinco naturales bellísimos, estéticamente de lo mejor y más logrado que se vio durante un inverno particularmente pesado. Y sólo para beneficio de estadística, la intrascendente encerrona de El Zotoluco (30.11.14), saldada con corte de dos oreja y paseo a hombros de un único estibador.

Como gesto torero debe mencionarse el de El Conde, que con una cornada fuerte permaneció sin aspavientos en la arena (11.01.15). Penosa, en cambio, la jugada que le hizo la empresa a la terna de toreras (Hilda, Lupita y Karla) al soltarles seis galafates de Guadiana, que sembraron el pánico y llenaron la enfermería.

De los toros indultados, solamente “Gibraltar” lo merecía. Los otros dos –“Sonajero” de Villacarmela y “Bombonicito” de Pepe Huerta, ambos de regalo– acudieron dócilmente a los engaños de Padilla y El Fandi, pero prácticamente no se picaron y acabaron soseando, lo que pone sus perdones en entredicho. Y de nueve reses de obsequio –ante escasos sobrevivientes al hartazgo– sólo tres llegaron al destazadero con las orejas en su sitio.