Lunes, agosto 15, 2022
- Anuncio -

Masacres, matanzas, genocidios indígenas

- Anuncio -

Relacionadas

Comando ataca palenque clandestino en Zinapécuaro dejando a 20 personas sin vida

El estado de Michoacán es uno de los focos rojos de violencia en el país desde hace ya varios...

Guadalajara, otra vez (II y último)

En la entrega anterior de esta columna mencioné que —como Jurado del Premio FEISAL del 36 Festival Internacional de...

Papeles de Pandora desnudan a neoliberales latinoamericanos

Se ha revelado una investigación periodística que ha desconcertado a la opinión pública. Se trata de la filtración más...

Destacadas

Una decena de huachicoleros se enfrentó con policías municipales de Xicotepec

Al menos 10 hombres fuertemente armados que estaban robando combustible en un ducto de Petróleos Mexicanos (Pemex), ubicado en...

Con restricciones Comuna condena a voceadores a la extinción: Elisa Molina

Con las restricciones que pretende imponer el ayuntamiento de Puebla capital a los voceadores de la ciudad los condena...

Extraen cientos de especies arbóreas de los cerros de Malacatepec para adornar áreas verdes de Lomas de Angelópolis, denuncian pobladores

Cientos de árboles, de las especies cuajiote y copalillo, han sido cortadas de raíz en los cerros de Santa...

Después de los horrores del denominado Holocausto nazi, se articuló en el seno de las Naciones Unidas, a través de la Convención para la prevención y la sanción del delito de Genocidio, una definición de Genocidio que es la que existe hasta la actualidad: “Según la Convención -siguiendo un documento de la ONU que promovió su ratificación en 2018-, el genocidio es un delito que puede cometerse tanto en tiempos de guerra como en tiempos de paz. El Artículo II de la Convención describe el genocidio como un delito perpetrado con la intención de destruir, total o parcialmente, a un grupo nacional, étnico, racial o religioso. No incluye grupos políticos o el conocido como «genocidio cultural». Esta definición fue el resultado de un proceso de negociación y refleja el compromiso alcanzado entre los Estados miembros de las Naciones Unidas mientras redactaban la Convención en 1948”. Por supuesto, pese a que como el mismo documento estipula, tanto la Convención como la definición han sido de mucha utilidad para integrar legislaciones locales, así como para enjuiciar ciertos genocidios realizados desde entonces, pareciera que queda corta pues deja fuera elementos fundamentales, como los factores políticos detrás de un acto como ese y, desafortunadamente, el llamado genocidio cultural. De acuerdo con el artículo “El concepto de genocidio y la ‘destrucción parcial de los grupos nacionales’. Algunas reflexiones sobre las consecuencias del derecho penal en la política internacional y en los procesos de memoria”, publicado por Daniel Fierstein en la Revista Mexicana de Ciencias Sociales de la UNAM en 2016, la aprobación de la Convención fue paradójica, pues por “una parte, dio cuenta de la voluntad de convertir al aniquilamiento sistemático de grupos de población en un delito imprescriptible y extraterritorial, buscando poner un límite a la impunidad de los genocidas a lo largo de la historia. Sin embargo, simultáneamente, la exclusión de diversos grupos de su propia definición -grupos políticos, de género, de identidad sexual pero, muy en especial, aquellos surgidos a partir de una motivación política- implicó que la convención se transformara en una herramienta inútil y sin aplicación en los cincuenta años posteriores a su sanción -y con muy escasa aplicación posterior-, pese a la reiteración persistente de genocidios en muy diversas latitudes de nuestro planeta. No es tan difícil explicar por qué: no es posible comprender ningún genocidio real -esto es, histórico, existente- sin su remisión a la causalidad política, de modo que la exclusión de dicha causalidad en la definición del delito de genocidio abrió la puerta para transformar a la Convención en un texto apenas formal”. De hecho, la propuesta central de su artículo es la de incorporar la idea de “destrucción parcial de los grupos nacionales”, lo que haría mucho más amplia la definición y contemplaría a su vez la voluntad política detrás del desarrollo de semejante acción deleznable, especialmente llevada a cabo por numerosas naciones americanas constituidas después de las revoluciones de Independencia y de su constitución como Estados nacionales. Regresaré a este punto más adelante.

Por otro lado, como dije antes, el concepto de Genocidio Cultural queda excluido de la definición, aunque su importancia es fundamental. Como afirman los autores Hayk Paronyan, Rogelio Meléndez Carballido y Marvelio Alfaro Matos en el artículo “El concepto de genocidio cultural: una perspectiva desde derecho internacional” para la Revista Universidad y Sociedad (2021) de la Universidad de Cienfuegos en Cuba, “Las acciones tomadas con el objetivo de destruir la cultura de cualquier pueblo o grupo étnico se denominan genocidio cultural. Aunque no es un crimen distinto según el derecho internacional y no está incluido en el Estatuto de Roma de la Corte Penal Internacional, la comunidad internacional ha elevado el estatus legal del genocidio cultural a su papel actual como prueba de una intención específica de cometer genocidio. Este trabajo con alcance descriptivo de tipo cualitativo tuvo como objetivo analizar la necesidad de un mayor desarrollo de las disposiciones conceptuales relacionadas con el problema del genocidio cultural, que sólo encontró calificaciones parciales en la Convención sobre el Genocidio de 1948. Los resultados mostraron que no existe una definición única y universalmente aceptada de este término. Se concluyó, que el problema del genocidio cultural no solo no ha perdido su relevancia, al contrario, en los últimos años se ha vuelto aún más significativo”. En efecto, el asunto es relevante cuando centramos la mirada en nuestros pueblos originarios americanos que, desde la llegada de los europeos a nuestras latitudes, viven bajo la destrucción constante, tanto de sus comunidades como de su cultura. Por supuesto, ya estoy viendo las caras desaprobatorias de aquellas personas que no están de acuerdo en denominar genocidio a la sistemática eliminación tanto de personas como de prácticas culturales sufridas por estas comunidades desde la llegada de la modernidad pues no se ajusta al término. No obstante, yo opino igual que Natividad Gutiérrez Chong, investigadora de la UNAM que afirma en su artículo “Violencia estructural y masacre genocida en los pueblos indígenas de Chiapas (1997) y Oaxaca (2002)”, publicada en la revista Estudios Sociológicos en 2004: “Otros tipos de exterminio (destrucción violenta de un grupo) se registran como efecto del sometimiento que impuso un dominio colonial prolongado. Aquí se incluye la destrucción (o intentos de ésta) de numerosos pueblos con el fin de dejar libres los territorios para efecto de la colonización europea, ocasionando que en las ‘Indias’ se registrara el mayor genocidio masivo de la humanidad (Stannard, 1992). Un tercer tipo de destrucción y daño, sin llegar al caso extremo de exterminio, como forma planificada de aniquilación es el resultado de la violencia ejercida por el Estado-nación hacia los pueblos indígenas”. Me interesa abordar el asunto de esa forma planificada de aniquilación producida por esos Estados nacionales desde el siglo XIX y hasta la fecha.

Lo que motivó en primer lugar esta entrega, fue una nota que leí hace unos días, publicada en el portal de la BBC que reportaba el inicio de un peculiar “juicio de la verdad” en Argentina, que, según recoge la nota, “instigado por la Unidad de Derechos Humanos de la Fiscalía Federal de Resistencia, capital de la provincia de Chaco, en el noreste argentino, busca determinar los hechos detrás de la matanza de más de 400 indígenas moqoit (o mocoví) y qom en ese territorio a manos de agentes estatales, en 1924. (…) La jueza federal de Resistencia Zunilda Niremperger ordenó que se realizara el inusual proceso tras determinar que ‘los hechos objeto de investigación exhiben características que permiten su inclusión dentro de la categoría de delitos de lesa humanidad, cuya imprescriptibilidad posibilita que a pesar del tiempo transcurrido se pueda investigar’”. En efecto, el acontecimiento conocido como la “Masacre de Napalpí” fue orquestado por empresarios y agentes gubernamentales para “aleccionar” a las comunidades que se declararon en huelga en ese momento exigiendo salarios y condiciones dignas para trabajar y la posibilidad de dejar la “reducción” -especie de reserva en que se reubicó a estas comunidades para ser explotadas- para ir a trabajar a otros sitios. Cuando se enteró el gobernador de la región, envió a las fuerzas de seguridad para reprimir el movimiento. Primero, utilizaron un avión que sobrevoló la zona arrojando alimentos para atraer a miembros de la comunidad que estuvieran dispersos y después 130 agentes armados los masacraron. “Muchas de las víctimas fueron enterradas en fosas comunes luego de ser mutiladas para obtener ‘trofeos’, como testículos, pechos y orejas -reporta la BBC-. (…) Pero la matanza no terminó allí. Los sobrevivientes fueron perseguidos y ‘cazados’ en los montes y los heridos fueron asesinados a machetazos. (…) En total se estima que más de 400 personas murieron ese día. (…) Y unos 40 niños que habían logrado escapar fueron entregados como sirvientes en las localidades cercanas o murieron en el camino. (…) Ana Noriega, de la Fundación Napalpí, dijo a BBC Mundo que entre el 70% y el 80% de la población de la Reducción Napalpí fue masacrada”. Este caso se suma, como lo dije con antelación, a una larga historia de aniquilaciones sistemáticas desde el poder, ya sea para arrebatar tierras o para “aleccionar” a las comunidades, algunas muy cercanas, como el genocidio perpetrado en Guatemala durante el gobierno de Gómez Mont – en el que fueron asesinados alrededor de 200 mil personas de origen maya-, la Masacre en Acteal de 1997, la Matanza de Agua Fría en Oaxaca en 2002, las matanzas de indígenas “no contactados” a manos de mineros en el Amazonas brasileño, los asesinatos constantes de indígenas que se niegan a entregar sus territorios para la explotación minera o del cultivo de estupefacientes, como sucede en Colombia; otras más lejanas, como el exterminio de los indígenas selk’nam en el sur de Chile a manos de estancieros de la región a principios del siglo XX, en disputas por las tierras de pastoreó para el ganado ovino que introdujeron en la región. En este caso particular, la historia oficial afirma que estos indígenas desaparecieron por sus hábitos alimenticios e ignorancia.

- Anuncio -

Es mi parecer que, si juntamos todas las muertes de miembros de nuestros pueblos originales acaecidas en América por causas violentas, explotación desmedida, enfermedad -sea traída por la invasión o producida por las agresivas políticas económicas modernas- o por masacres orquestadas por el sistema -incluidos aquí los empresarios y los agentes gubernamentales de cualquier nivel- debemos reconocer que, lo que se ha perpetrado en nuestro Continente, le guste a quien le guste, es un genocidio, aderezado por crímenes de lesa humanidad, acompañado por genocidio cultural y deliberadamente ocultado por las historias oficiales y los medios de comunicación que desde el siglo XIX, reportan el “sofocamiento” de rebeliones y su posterior pacificación – eufemismo para ocultar la persecución y asesinato de los sobrevivientes- y el “triunfo” de los gobiernos liberales, revolucionarios o del cuño que se les antoje, en traer a “civilización” a esos “bárbaros rijosos”. América toda, desde el norte hasta el sur, es profundamente racista y sus territorios están tintos en la sangre de las comunidades originarias que han sido y siguen siendo víctimas de un proceso “civilizatorio” que no sólo es petulante e inexistente, sino que oculta detrás de su hipocresía un vulgar latrocinio y la explotación desmedida de tierra, mano de obra y recursos, primero para España y después para cuanto gobierno de centro, derecha o izquierda que se ha aparecido en la región que, sustentado en el desarrollo y el progreso, masacran y despojan a su antojo. Meros maquillajes para ocultar el capitalismo agresivo y soez que se oculta detrás. Genocidio vil, sin más. Esperemos que el juicio en Argentina sea el antecedente claro para que las historias se reescriban y para que las conciencias se reconstruyan. ¿Será posible?

- Anuncio -

Ultimas

Una decena de huachicoleros se enfrentó con policías municipales de Xicotepec

Al menos 10 hombres fuertemente armados que estaban robando combustible en un ducto de Petróleos Mexicanos (Pemex), ubicado en...
- Anuncio -
- Anuncio -