Domingo, abril 11, 2021

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La trágica e indignante muerte de Mariana Sánchez, Pasante Médica que realizaba su servicio en la clínica de la comunidad de Nueva Palestina en Ocosingo, Chiapas, ha desatado la indignación de múltiples sectores entre los que se destaca el gremio médico, universitario y el feminista. No es para menos pues su caso se suma a una estadística macabra que trae tinta en sangre nuestra vida cotidiana. No es drama, no exagero y no considero que debemos pasar por alto el auténtico problema en que nos encontramos. Según palabras de Arussi Unda, vocera del colectivo feminista Las Brujas del Mar, en entrevista para el portal de la BBC publicada el pasado 3 de febrero, “México cerró 2020 con 3.723 muertes violentas de mujeres, sumando feminicidios y homicidios dolosos. Es una cifra casi igual a la del año anterior, cuando no había pandemia. Decir que solo poco más de 900 de estos casos fueron tipificados como feminicidios cuando hay miles de homicidios dolosos a mujeres es querer maquillar la cifra. Muchas familias luchan desde hace años para que se tipifique el asesinato de sus hijas o familiares como feminicidio. Colectivos pedimos que se revisen las carpetas y casos para que esto ocurra. Y eso sin contar la cifra negra, que es la cifra de mujeres desaparecidas. Así que no sabemos realmente cuántas hay. Si no hay cuerpos, no hay feminicidios”. El asunto es la violencia de género y la causa es el patriarcado en que vivimos que defiende con fiereza y violencia el espacio que está perdiendo. Sí, lo escribiré cuantas veces sea necesario: México es un país machista y colonizado, construido en el patriarcado occidental más hipócrita pues se atreve a criticar a aquellos países cuyos fundamentalismos hacen que las mujeres porten velos y tengan una vida pública mínima. Acá en México, como sucede con la enorme mayoría de nuestras “democracias modernas” bien occidentales, decimos que las mujeres (y para el caso, todas las demás expresiones de la sexualidad y la identidad) tienen igualdad de derechos. Aquí las mujeres no llevan velo o burka… pero si se niegan a obedecer, si no aceptan gustosas los acosos y toqueteos de familiares, parejas, exparejas, compañeros de trabajo, pasajeros del transporte público, transeúntes y un largo etcétera, simplemente se les mata. Al final, no hay problema, los victimarios suelen quedar impunes porque, o trabajan bien para borrar sus huellas o cuentan con el contubernio de ministerios, jueces, policías, compañeros de trabajo, amigos, vecinos, familiares, todos coludidos para arropar al victimario y su comportamiento, que, a final de cuentas, es el del patriarcado.

No pensaba escribir gran cosa con respecto a este asunto, pues ya he denunciado casos como este desde hace tiempo. Sin embargo, el lunes observé algo que me dejó sumamente preocupado. En el programa de opinión Primer Plano del Canal Once se abordó el tema en uno de los cuatro bloques que realizan para analizar los problemas más importantes de la agenda pública del país. Me sorprendió en verdad que sólo uno de los panelistas, José Antonio Crespo, atinara a puntualizar el problema de fondo detrás de la muerte de Mariana que no es otro que la violencia de género. Los demás tendieron a minimizar el caso centrándolo en las terribles condiciones que deben enfrentar los estudiantes de medicina cuando realizan prácticas o servicio, no sólo por las carencias en cuanto a insumos médicos o la dificultad de trabajar en lugares de difícil acceso, sin un lugar medianamente apropiado para pernoctar, sino que son enviados a lugares “calientes” donde el crimen organizado campa a sus anchas sin que las autoridades puedan hacer nada y viven unos riesgos enormes. Hubo incluso uno que argumentó que el sistema de salud llevado por la 4T está totalmente en crisis e incluso culpó a López–Gatell del problema. Sea por echarle la culpa al gobierno de la 4T o por disculparlo, el caso es que se desvió la atención de la violencia de género y se minimizó el hecho. En el caso de Mariana hubo acoso, hubo denuncia de su parte a las autoridades de Salud y de su Universidad y no se hizo nada. Eso nada tiene que ver con la repartición de insumos para combatir el Covid, eso es violencia de género, feminicidio, punto. Como relata la madre de Mariana, María de Lourdes Dávalos en entrevista con el diario El País: “En octubre o noviembre, no recuerda exactamente la fecha, su hija le envió un mensaje a un amigo. “Ese sujeto había forzado la puerta de su cuarto, la compañera enfermera con la que vivía no estaba. Y se metió el tipo. Se había subido a su cama mientras dormía, intentó manosearla. Ella se resistió y huyó”, cuenta Dávalos. Su madre reconoce que pudo haber sido peor de lo que su hija le relataba por teléfono, pero no quiso preocuparla. Desde entonces, Sánchez se reunió con la responsable del centro y le comentó lo sucedido. “Llegó a presentar una renuncia por lo que había pasado. Pero no fue aceptada, le dijeron que la necesitaban ahí. Le llevaron unos tamales y le dijeron que se tomara unos días de descanso para superar el trauma”, cuenta su madre. Las autoridades sanitarias y universitarias de Chiapas han enviado un comunicado rechazando que ellos tuvieran conocimiento de un caso de abuso sexual”.

El asunto no es menor, como lo he dicho en otros espacios, el problema es muy serio y si bien no se le puede atribuir a la 4T, sí podemos ya exigirle a este gobierno junto con los de los estados, sin importar el sello partidista que tengan, que tomen cartas en el asunto, tanto en la prevención, como en la efectiva persecución del delito y la auténtica impartición de justicia. Los clamores de organizaciones y movimientos feministas no son manipulaciones políticas ni conspiraciones en contra de AMLO y de su movimiento, son gritos desesperados, apartidistas y serios. Que haya gente que se monte de estas causas para tratar de enlodar el trabajo del Ejecutivo, bueno, eso es otra cosa, pero no podemos soslayar que los feminicidios existen, que hay contubernio de autoridades de todos los niveles y que nuestra sociedad no ha hecho lo que le corresponde para evitar que los casos crezcan en cantidad y crudeza, como hablar del tema en casa, generar mejores condiciones en las relaciones de pareja, desterrar pensamientos y acciones machistas en el hogar y la calle; por el contrario, contribuyen con la violencia al arropar al victimario, al  justificarlo victimizando más a la víctima y a su familia que no se hizo cargo de “cuidarla”, a esa que “seguro andaba de loca”; lo hacen al no denunciar esas conductas o al encubrir a acosadores y violadores. La práctica es patriarcal, pero como se ha visto, también las mujeres colaboran con el encubrimiento y la negación de justicia.

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Es muy importante recalcar que la violencia de género no depende de ideología, religión o condición socioeconómica. Madrea y mata tanto el panista como el priista y morenista; asesina y tortura lo mismo el cristiano que el católico o el musulmán; con dinero o sin dinero (ya lo dice la canción), el violentador “alecciona” a esa víctima que se sale del “guacal” y de paso lanza un mensaje a las demás mujeres, “para que no se pasen de la raya”. Sí, las condiciones para desarrollar cualquier trabajo en múltiples zonas del país son terribles, especialmente en las dominadas por el crimen organizado que persiste de manera escandalosa para la 4T y los gobiernos de los estados por igual y que sigue cobrándose víctimas pandemia o no. Pero el asunto de la violencia de género es algo que está montado en nuestro sistema hetero–patriarcal y trasciende actividades. De igual manera, tiende sus raíces en nuestro pasado, incluido el más reciente del que el priismo y el panismo, la empresa y numerosos sectores de la población han sido cómplices. El caso de nuestro “góber precioso” es tristemente célebre por ello. Para erradicarla hay que trabajar duro, desde la base, en casa, en la calle, en la escuela y en nuestra vida cotidiana. Se requiere penetrar hondo en las fibras más cerradas de lo social para poder modificar pensamiento y acción. Por supuesto, nuestras autoridades de los tres niveles, el ejecutivo, el legislativo y el judicial -sean del partido que sean- deben encabezar de forma decidida estas acciones y deben ser congruentes en todo momento. Pero es difícil cuando lo que importa es ganar elecciones y construir acuerdos económicos y políticos con candidatos de dudosa legalidad – contra los que existen denuncias y acusaciones de violencia de género. Hay tanto por hacer y tantas víctimas que lamentar. ¡Qué rabia y qué impotencia!

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