Río de Janeiro, 16 de julio de 1950. El maracanazo fue precedido, y luego trascendido, por una serie de hechos y leyendas aparentemente nimios, que sin embargo han marcado a fuego el anecdotario de un partido que debe su fama –un tanto siniestra– a la resonancia del desenlace, no esperado por nadie, incluidos en ese extenso nadie los uruguayos que tal día se coronaron. Veamos.
1) El estreno oficioso de Maracaná, a principios de 1950, lo jugaron los combinados de Brasil y Uruguay. Fue un partido agradable, libre de tensiones, que los locales ganaron con facilidad (3–1). Era lo esperable y lógico.
2) Los resultados previos obtenidos por los contendientes de la tarde histórica habían sido los siguientes: Uruguay integró un grupo de sólo dos selecciones, y se calificó a la ronda final derrotando 8–0 a Bolivia. Ya en finales empató a dos con España y venció con dificultad a Suecia (3–2). Brasil, por su parte, empezó derrotando a México 4–0, a Yugoeslavia 2–0 y, ya en finales, 7–1 a los suecos y 6–1 a los españoles. Su único tropiezo había sido un sorpresivo empate a dos con Suiza, en su segunda presentación. Se atribuyó a un exceso de confianza.
Ni qué decir que tales antecedentes arrojaban un favorito abrumador para la final. Final que no era tal, porque sería coronado campeón el vencedor de una ronda de todos contra todos entre España, Suecia, Uruguay y Brasil, que llegaba al tercer partido con un punto más que los charrúas, y por tanto habría ganado el mundial simplemente con empatar esa tarde.
3) Mientras en Uruguay nadie arriesgaba un céntimo por su selección, en Brasil la seguridad en la victoria era tan absoluta que los diarios tenían previstas desde la víspera las cabezas de sus portadas. Los de mayor tiraje incluso habían preparado ya suplementos especiales dedicados al inminente campeón y su histórica campaña, que rompía veinte años de vanas aspiraciones para un país donde el futbol había sido elevado a la categoría de religión laica.
4) Pero en vísperas del mundial, la prensa carioca en algo estaba dividida: unos apoyaban la titularidad como zaguero por la izquierda de Bigode –vigoroso defensor del Flamengo–; otros, al emergente Nilton Santos, surgido en el Fluminense y caracterizado por un estilo insólitamente fino para esa posición. Se cuenta que en uno de sus últimos entrenamientos, previo a la integración de la lista definitiva de seleccionados, estaba lustrando cuidadosamente sus zapatos de futbol cuando Flavio Costa, el seleccionador, le pidió verlos. Y al comprobar que no eran como los demás, exclamó con aspereza: mis jugadores no juegan con botas de punta blanda. Fue la sentencia de descarte que diferiría por cuatro años la presencia de Nilton en un mundial.
Ni que decir que su talento sería decisivo para el equipo inmortal que viajó a Suecia en 1958.
5) Flavio Costa, el entrenador de un Vasco da Gama histórico antes de dirigir a la Selección, era una figura tan popular y admirada por todos que el partido oficialista lo apuntó como candidato a diputado para las elecciones que se avecinaban. Nadie podía sospechar que muy pronto tendría que ser borrado de las listas, por temor a la furia del pueblo.
6) Luego de una tensa primera parte, justo en el minuto 47, Friaça rompió por fin el 0–0. Es fama que Obdulio Varela, capitán del once oriental, tomó entonces el balón, reteniéndolo contra la cadera sin ninguna prisa anduvo por ahí, conversando tranquilamente con sus compañeros, uno por uno, mientras Maracaná estallaba en un estruendo ensordecedor. Los brasileños, escamados, terminaron por apurar al árbitro inglés Ellis para que el partido, dos o tres minutos después, se reanudara.
Esta maniobra del cacique uruguayo se interpretaría después en dos sentidos, opuestos sólo en apariencia: por un lado, se ocupó de transmitir tranquilidad a los celestes; por otro, contribuyó a desconcentrar a los brasileños y cortarles de raíz el ritmo desquiciante que podría adquirir su juego, una vez conquistado ese primer gol.
El astuto líder de los celestes ya había contribuido de muchas maneras a conducir a su equipo hasta esa falsa final: por ejemplo, marcándole al español Ramallest, mediante un cañonazo de treinta y tantos metros, el decisivo gol que empataba a dos un partido que, a la larga, iba a representar una de las claves de la victoria uruguaya, al proporcionarles el primero de los cinco puntos con que al final se coronaron.
7) Protagonistas del lance decisivo: Moacir Barbosa, el sólido arquero negro del Vasco da Gama y Alcides Gighía, el esmirriado alero diestro de la celeste, cuyo remate, bajo y con escaso ángulo de tiro, fue insuficientemente manoteado por el primero, sin conseguir evitar que se colara hasta el fondo de su portería. Tras ese solo lance, Barbosa vio como el cariño popular se trocaba en un desprecio casi supersticioso: cuando iba a disputarse la final de EU 94, a un periodista se le ocurrió presentarse con el anciano exguardameta en la concentración de Brasil, finalista de la Copa. Pero los dirigentes le cerraron el paso y le prohibieron hablar con los jugadores, temerosos de que la mala sombra de Barbosa influyera en el resultado del partido contra Italia.
Habla Barbosa: “en mi país, la condena más larga por un crimen es de 30 años. Yo, que no cometí ninguno, he purgado la mía durante 44. Y seguirá durando mientras viva…” Moacir Barbosa Nascimento nació en Río el 27 de marzo de 1921, en condiciones de suma precariedad. Cuando falleció allí mismo, el 7 de abril de 2000, su situación económica no era mucho mejor.
8) Transcripción libre de las Memorias de Jules Rimet:
“Faltaría un cuarto de hora de partido cuando los organizadores pusieron la copa entre mis manos y me empujaron fuera del palco presidencial para encaminarnos hacia la cancha, por un laberinto de túneles y pasillos hasta el cual llegaban los clamores de la multitud. De repente, a medio camino, se hizo un silencio total, mientras nosotros seguíamos avanzando. Cuando llegamos al final del túnel pude ver, bajo la luz del sol y en la explanada para parados que circundaba el campo, a gente que gesticulaba con desesperación o lloraba en silencio. La confusión era total. El campo empezaba a ser invadido por fotógrafos y curiosos, y entre unos y otros me fueron arrimando hasta el capitán uruguayo, en cuyas manos puse la copa sin decir una palabra.”
Llevaba Rimet en el bolsillo del saco un papel arrugado, y escrito en él un elogioso discurso dedicado al pueblo, al gobierno y al equipo de Brasil por la excelente organización y brillante obtención del campeonato.
9) El minucioso conteo de faltas que el periodismo de la época llevaba a cabo arrojó este saldo sorprendente, que Eduardo Galeano recoge en su imprescindible Futbol a sol y sombra: 21 faules cometidos por los brasileños contra 11 de los celestes. En los buenos tiempos, la garra charrúa no consistía en golpear adversarios sino en pelear lealmente cada balón.
10) Escrito con toscos caracteres sobre una cartulina y fotografiada la noche de la multitudinaria recepción a los campeones, en Montevideo: “Uruguay 2, Macacos 1”.
¿Qué opinarían hoy los espíritus bienpensantes de esta desembozada alusión racista?
11) Los dirigentes uruguayos festejaron por todo lo alto la obtención de la Copa, embolsándose sin recato la mayor parte de los dineros del premio. Los jugadores, por su parte, se tuvieron de conformar con verse y saberse depositarios de una desbordante devoción popular, y esa memoria fiel que todavía los recuerda como los héroes del maracanazo.
12) El capitán Obdulio Varela contaba, con más ironía que pesar, que juntando la calderilla recibida de la Asociación de Futbol y de algunos particulares insuflados de patriotismo pudo adquirir un auto de segunda mano, un modelito bastante anticuado. A la semana, el coche fue robado, sin que jamás se haya dado con él ni con los ladrones.
13) Edsinho conserva en la memoria, grabada a fuego, la tarde en que las familias de Baurú se reunieron en torno a cada radio casero para seguir las incidencias de la final del 16 de julio de 1950. De cómo fueron pasando del júbilo a la angustia, de la fiesta a la desesperación. Y de la profunda tristeza que inundó a aquel pueblo polvoriento del estado de Sao Paulo, hundiéndolo en un crepúsculo silencioso y denso. En medio de aquel llanto, al chico de nueve años que era entonces sólo se le ocurrió pensar en la revancha. Y, de algún modo, en ocuparse de ella personalmente.
Ocho años después, en Gotemburgo y en Estocolmo, Edson Arantes do Nascimento, aquel garoto de Tres Coraçoes, emergía como la gran revelación del mundial. En la final contra Suecia, suyos fueron dos de los cinco goles brasileños.
14) Para que Pelé pudiera desquitarse de Uruguay tuvieron que transcurrir otros doce años. Hasta que el 17 de junio de 1970, en el estadio Jalisco, el propio Edson Arantes encabezó la victoria de 3 por 1 en semifinales. Fue el partido aquel en que estuvo a punto de anotarle a Mazurkiewics, previo engaño de gran originalidad e ingenio, el gol más asombroso de la tercera Copa que ganaba. La que lo consagró como El Atleta del Siglo, de acuerdo con una encuesta del deportivo parisino L’Equipe.
Brasil 1 (Friaca, 47’)
Uruguay 2 (Schiaffino, 66’; Gigghía, 79’)
Brasil: Barbosa; Augusto, Juvenal, Bigode; Bauer, Danilo; Jair, Friaca, Zizinho, Adhemir y Chico.
DT: Flavio Costa.
Uruguay: Máspoli; Matías González, Tejera, Gambetta; Varela, Andrade; Gigghía, Pérez, Míguez, Schiaffino y Morán. DT: Juan López.
Árbitro: George Reader (Inglaterra)
Estadio: Mario Filho (Maracaná). Asistencia: 200 mil.


