Construyen un mapa que expresa los cambios en la distribución del guajolote mexicano

El investigador Eduardo Corona Martínez construyó un mapa que expresa los cambios en la distribución del Meleagris gallopavo, mejor conocido como guajolote, con base en el registro arqueológico en localidades mexicanas, el cual abarca desde hace 11 mil años, aproximadamente, hasta el siglo XVI. 

En el mapa que construyó se observa que, durante la etapa Lítica, la distribución tiende a ubicarse en el Altiplano de México, congruente con su distribución natural. Se sugiere además que fue parte de los escenarios ambientales que conocieron los primeros pobladores en el Pleistoceno Tardío. 

Para el Preclásico, determinó el investigador del Centro del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) en Morelos, los registros se concentran en la Cuenca de México, Puebla y Morelos: de este último se documentó un ejemplar completo de guajolote como parte de una ofrenda de entierro de un personaje femenino, mientras que de Puebla parecen estar asociados a las etapas tempranas de domesticación del maíz. 


Para este momento, señala en el texto El guajolote, una historia geográfica compleja que aparece en el número 963 del suplemento cultural El Tlacuache, ya está ligado a los contextos culturales, utilizado como alimento, al mismo tiempo que adquirió características simbólicas en los contextos de filiación olmeca en Morelos. 

La hipótesis es que estos grupos olmecas —en una etapa por determinar— fueron los primeros en llevar el guajolote hacia las zonas de vivienda, incorporándolos en su economía y modo de vida, lo que facilitó que se le atribuyeran elementos simbólicos, a diferencia de otros sitios donde solo se encuentra como resto alimentario. 

En el periodo Clásico, la presencia de esta ave se expande hacia toda Mesoamérica, y se le encuentra tanto en Teotihuacan como en otras localidades del centro de México, particularmente en Morelos, Puebla, Hidalgo, además del occidente, en estados como Jalisco y Michoacán y, por supuesto, en la zona maya. 

En el Posclásico se mantiene su presencia en la zona maya (Campeche, Yucatán, Quintana Roo), donde se registran tanto el guajolote ocelado como el norteño; su expansión se manifiesta en sitios del norte: Zacatecas y Chihuahua, con claras asociaciones hacia la región de los Cuatro Pueblos del suroeste de los Estados Unidos, donde también cobra importancia, aunque no se sabe con certeza si fue introducido desde Mesoamérica o fue un evento independiente. 

Para la época colonial, se cuenta con diversas crónicas, cuyos datos permiten asumir que a lo largo del periodo Posclásico y durante el proceso de Conquista, el uso de esta ave como recurso alimentario se fue extendiendo hasta llegar a las islas del Caribe, como señala Fernández de Oviedo, y hasta Costa Rica, en el sur. 

Gracias a esta información se sabe que los pueblos mesoamericanos, sobre todo los de filiación mexica, tenían una importante relación con el guajolote, aunque no era un objeto de consumo generalizado en la población, así como tampoco lo eran patos, palomas y codornices, puesto que estaban reservados para los personajes principales. 

También conocido como pavo, esta ave salió del continente en el siglo XVI y en ese lapso se convirtió en un elemento crucial de la alimentación cotidiana mundial, sobre todo procesada como fiambre en los refrigeradores de las tiendas, pero, para llegar ahí, su historia no es lineal ni sencilla. 

Eduardo Corona concluye que en México se produce y consume poco esta ave. En 2019 se calculaba que una persona comería cerca de kilo y medio, siendo el fin de año cuando se consume el 83 por ciento de la producción mexicana, sin embargo, no se cubre la demanda nacional y se importa lo que falta.