Sábado, octubre 16, 2021

¡Manzana… in corpore sano!

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Después de la Segunda Guerra Mundial, en los países industrializados que resultaron vencedores en la contienda, se creó una imagen “glamorosa” de una vida moderna equipada con electrodomésticos que aligeraron las tareas de “la reina del hogar”, se confeccionaron novedosas prendas hechas con materiales sintéticos (de esos que sacan chispas) y también se empezó a registrar un incremento de alimentos envasados que contienen aditivos para su “preservación”. Al cabo de algunas décadas se ha ido descubriendo que la industria alimentaria utiliza una gran cantidad de productos químicos no sólo para la conservación de los alimentos, sino para “saborizar” éstos y “mejorar” su apariencia.

Como reacción a estas maniobras poco escrupulosas de algunos “empresarios”, en ciertas personas se despertó una clara conciencia acerca de la naturaleza y calidad de los productos alimenticios que se ofrecían en el mercado, por lo que surgió la producción “orgánica” de alimentos, frescos y de temporada; aquellos que son obtenidos sin el uso de pesticidas, sin sufrir modificaciones genéticas y desprovistos de sustancias conservantes que los hicieran “mantenerse” durante largo tiempo en los estantes de las tiendas. Pero la preocupación por una alimentación saludable no sólo tiene que ver con la procedencia de los alimentos y los procedimientos para su obtención, sino también con los hábitos alimentarios de las personas, considerados a través de una perspectiva ética y de salud.

Debido a esto las formas culturales de la alimentación tradicional se han ido modificando o desechando, muchas veces sin mediar reflexiones, supuestamente en aras de la conservación del medio ambiente y del mejoramiento de las condiciones de nutrición de las personas. Sin embargo, esas formas tradicionales son el producto de una dilatada interacción de los grupos humanos con su entorno natural, con la disponibilidad de productos y con la capacidad de mejorarlos de manera natural. Por ejemplo, se ha descubierto que el consumo del maíz nixtamalizado (“vitamina T”) por sí solo no garantiza una buena cantidad de nutrientes, pero acompañado con frijolitos es un alimento muy completo. No es casual que en los hogares campesinos nunca falten ambos alimentos a los que se agrega el vitamínico chile y la calabaza “aflojatodo” lo cual conforma la “dieta de la milpa” que es de claro origen mesoamericano.

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Los estudios científicos no dejan lugar a dudas respecto de que el desarrollo de la ganadería para la producción de carne acarrea graves problemas como la degradación del suelo y del agua, el impacto negativo sobre la biodiversidad, la contaminación atmosférica por exceso de CO2 que los animales generan y que contribuyen al agravamiento del cambio climático como lo señala un documento de la FAO de hace poco más de 10 años. Un informe más reciente (2018) de la ong Greenpeace da a conocer cifras espeluznantes y ponen como límite el año de 2050 para tener oportunidad de revertir el problema. Más del 30 por ciento de todos los cultivos en el mundo sirven para forrajes y los animales criados para aprovechar su carne o su leche tienen una huella de gas de “efecto invernadero” 100 veces mayor que los alimentos de origen vegetal, lo cual deja de ser el proceso natural beneficioso que regula la temperatura de La Tierra para convertirse en un problema y contribuir al calentamiento global.

A partir de esas alarmantes investigaciones, algunas personas han adoptado otras formas de alimentación en la que se excluye la carne, así como cualquier otro producto de procedencia animal y surge el vegetarianismo, el veganismo, crudiveganismo, el flexitarianismo, por citar algunas otras maneras de alimentarse, repito, por razones del bien común y de mantenerse saludable. Algunas de estas personas han conformado un movimiento ofreciendo testimonios, evidencias y propagando ideas relacionadas con un proyecto de alimentación sana y de protección al planeta. Personas de niveles socio-culturales altos, principalmente, intervienen en muchos foros para promover “su causa” y tratar de ganar adeptos o convencer a las demás personas para modificar sus arraigadas costumbres alimentarias. No faltan algunos que han hecho de su vegetarianismo de “moda” un activismo respondón y alardoso.

Todo esto reza para países con un elevado nivel de vida o para ciertos sectores urbanos de naciones subdesarrolladas, porque para la gran mayoría de las personas de los países pobres el consumo de carne está fuera de su alcance. En el caso de nuestro país se tendrán que buscar alternativas para la correcta alimentación de los mexicanos más vulnerables y su adecuada nutrición, aunque algunos fervientes católicos que invocan a Dios en todo momento y que creen que somos “los reyes de la Creación”, pregonen que cada uno se debe “rascar con sus propias uñas” y critiquen rabiosamente los programas gubernamentales de asistencia social.

Comer carne ha trascendido la vida privada y las decisiones personales para irse convirtiendo en un asunto de preocupación pública que no solo tiene que ver con el estado de salud de las personas, sino también con el calentamiento global, la contaminación ambiental, la deforestación para transformar la selva o el bosque en potreros para ganado, un ejemplo reciente es la destrucción de la Amazonía brasileña facilitada por Jair Messias Bolsonaro; otro problema grave es el agua que parece un recurso infinito, pero no lo es. Para documentar el pesimismo: producir un kilogramo de carne de res se requieren 20,515 litros de agua. “Agua que no has de beber, por favor no la dejes correr”.

¿Qué podemos hacer? Si no nos “montamos en nuestro macho”, si somos un poco sensibles con nuestros prójimos y si queremos que nuestros hijos y nietos tengan una vida mejor, intentemos combinar para nuestra dieta diaria productos alimenticios de diferentes orígenes. No estaría mal que un día a la semana o más podamos sustituir la carne por vegetales, frutas y pescados. Sería una pequeña contribución al equilibrio ambiental y beneficioso para nuestra salud. La alimentación tendrá que estar relacionada con la nutrición, comer bien no es comer mucho sino comer los productos que nos sirvan al organismo: proteínas, grasas, carbohidratos, vitaminas y minerales.

Fino lector, deje de mirar por un momento “el canal de las estrellas” y tómese un tiempo para averiguar en qué alimentos están contenidos estos cinco nutrientes, elija aquellos que le gusten, pero que también lo nutran y lo hagan sentir bien. Para cerrar este escabroso asunto, les comparto una parte de la cita del poeta latino Juvenal, modificada con un sentido diferente al original, que es mens sana in corpore sano viene bien a nuestro propósito y también les comparto lo que un paisano, medio rasposo, la convirtió en “manzana in corpore sano”.

1 http://www.fao.org/3/a0701s7a0701s.pdf Organización de las Naciones Unidas para
la Agricultura y la Alimentación. [Consultado: septiembre 2020]
2 https://es.greenpeace.org/es/wp-content/uploads//sites/3/2018/03/buenoinforme.pdf
[Consultado: 14 dic. 2019 ]
3 No es una broma. Así se llama el político derechista brasileño, exmilitar y militante
evangélico.
4 [En inglés] Water Education Fundation. https://www.watereducation.org
https://www.projetwet.org [en español] Fundación Aquae
https://www.fundacionaquae.org — Agua.org.mx https://agua.org.mx/quienessomos/
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